“Quisieron enterrarnos y no sabían que éramos semillas…”

24 de abril, 2019

genocidio armenio

Por Diana Dergarabetian 

 

La frase del título, puesta en boca de uno de los personajes de la película “La Promesa” sintetiza el sentir de los armenios y sus descendientes, a 104 años del Primer Genocidio del Siglo XX

 

Abril en armenio significa vivir, pero en castellano designa a un mes del año, que tuvo muy poco de vida para el pueblo armenio. Más aún, fue el mes de su destrucción casi total a manos de un verdugo implacable: el imperio turco otomano, que ya venía practicando matanzas desde fines del siglo anterior, por orden del sultán Abdul Hamid.

 

De hecho, por disposición del llamado“Sultán Rojo” entre 1894 y 1896 en distintos puntos del imperio, murieron 300.000 armenios.

 

Seguiría a esta acción una segunda etapa de masacres que comenzó en 1909, con un saldo de 30.000 víctimas.

 

 

Un año antes, había estallado una revolución bajo el mando del partido de los Jóvenes Turcos, que desplazaría al sultán.

 

En 1913, asumió el poder la dictadura militar integrada por tres hombres fuertes, Yemal, Enver y Talaat, ministros de Marina, Guerra e Interior, los que pusieron en marcha el programa panturquista de unificar cultural y políticamente a todos los pueblos residentes en Turquía, entre ellos los armenios, que vivían en sus territorios históricos.

 

Así, el 24 de abril de 1915, se puso en marcha el plan de exterminio total de la población armenia. La noche del 24 de abril fue la más oscura de la historia armenia y de la historia mundial de comienzos del Siglo XX. Amparado en el marco de la Primera Guerra Mundial, en esa interminable noche, el Estado turco decapitó a la cúpula intelectual armenia con el propósito de dejar a los armenios sin conducción: políticos, intelectuales, eclesiásticos, comerciantes, maestros u hombres que pudieran tener influencia en los demás fueron arrestados, separados de sus familias y ejecutados.

 

Concluida la misión con los hombres, fueron por las mujeres y los niños. Con la excusa del inminente peligro que representaba la invasión extranjera, las mujeres y los niños fueron trasladados a supuestos lugares seguros. Pero ese lugar seguro fue el desierto de Der Zor, que transitaron en marchas forzadas, muertos de hambre, bajo torturas, denigrantes vejaciones y violaciones atroces. La mayoría murió en el camino.

 

En ese camino de la muerte, el sadismo del yatagán llegó a extremos espeluznantes, insospechados, hasta la locura de apostar para conocer el sexo de un bastardo guiavur (*) abriendo el vientre de la embarazada. De esa manera, asesinaban a madre e hijo y se aseguraban la no continuidad del ser armenio. En otros casos, los hombres relegados a trabajos forzados eran destinados a cavar profundas fosas, en las que luego serían arrojados sus propios cuerpos…

 

 

Hoy, si uno transita por el desierto de Der Zor, a escasos centímetros del suelo aparecen los huesos de esos armenios torturados hasta morir. Hay documentales realizados en los Estados Unidos por historiadores no armenios, que ofrecen este testimonio.

 

Además de la muerte de un millón y medio de connacionales entre 1915 y 1923, los armenios sufrieron el saqueo de sus propiedades y la apropiación ilegítima de sus bienes para que no quedaran rastros de su existencia en Turquía. Entre esos bienes, estaban lasviviendas particulares, los comercios, los centros culturales, escuelas y principalmente, el signo identitario más evidente de la minoría armenia: sus iglesias. Sin respeto alguno por la fe de la minoría étnica armenia, se quitaron las cruces, se despojó a las iglesias de sus ornamentos y rasgos distintivos para convertirlas en establos o baños, en pasos concretos y certeros de lo que es conocido como “genocidio cultural” o el genocidio postgenocidio.

 

Otra de las terribles consecuencias que dejó el genocidio fue la islamización de muchos armenios que sobrevivieron, escondidos o auxiliados por vecinos. La apropiación de niños que habían quedado huérfanos fue una de las maneras. Otra, la apropiación de jóvenes mujeres, rápidamente convertidas al Islam, a las que se tatuaba como se marca al ganado, en signo de pertenencia y subordinación.

 

Hoy vemos películas que nos conmueven: “Ararat”, “Los tatuajes de mi abuela”, “La promesa”, “Una historia de locos”, “El destino de Nunig”, Mayrig”, para nombrar algunas. Leemos libros como “Subasta de almas”, la historia de Aurora Mardiganian (la Ana Frank armenia) entre otros y escuchamos historias de testigos y sobrevivientes. Pero nada es más atroz y más real que la propia realidad; esa que el Estado turco actual aún se niega a aceptar, a pesar de que en la misma Turquía hay intelectuales, investigadores y políticos que reconocen los hechos e instan a su país a hacer lo propio para construir su historia sobre la base de la verdad.

 

Los valientes turcos de hoy que se preocupan por conocer y divulgar la verdad, no tienen mucha suerte en su país. Son perseguidos, condenados a prisión gracias a una ley vigente desde julio de 2017 que prohíbe el uso de la expresión “genocidio armenio” y preve que se castigue a legisladores que violen la ley “insultando la historia y el pasado del pueblo turco utilizando la expresión genocidio armenio”. Muchos han debido exilarse, desde donde siguen su lucha por la supremacía de la verdad.

 

Genocidio y negación

 

Abril de 1915 fue un “abril” (vivir) para morir…pero las semillas florecieron. Con el viento, llegaron a tierras ajenas, donde se afirmaron y desarrollaron. Muchos sobrevivientes del genocidio que lograron escapar del horror, se refugiaron en Argentina, promisoria tierra de paz.

 

Entre ese abril de supervivencia y el abril de hoy hubo 104 abriles de resurgimiento, de aprendizaje en tierras nuevas, de construcción, de afirmación, de desarrollo y compromiso, de lucha por la verdad, de vida en tolerancia y respetuoso disenso, que nos encuentra a la comunidad armenia de la Argentina en un país en el que los tres poderes del Estado han reconocido y condenado el genocidio de armenios.

 

Este es un abril de demanda de Justicia y reparación moral; un abril de compromiso con la verdad, de solidaridad y de prevención de genocidios en todo el mundo para que nadie nunca más sea víctima de la irracionalidad.

 

Y mientras se reclama que el Estado genocida reconozca su culpa y repare los daños, las semillas siguen brotando…

 

(*) Término despectivo, similar a infiel aplicado a los cristianos

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