Netanyahu espera retener el sillón de primer ministro

23 de abril, 2019

bibi netanyahu Israel

Por Atilio Molteni Embajador

 

Tras una campaña electoral durísima e intensa, el pasado 9 de abril se realizaron en Israel elecciones generales en las que parece atornillarse en su actual sillón, por quinta vez, el primer ministro Benjamín Netanyahu (Bibi).

 

Este sería su cuarto período consecutivo para tal investidura, un hecho sin precedentes en ese joven Estado. Fueron comicios en los que el partido Likud obtuvo 36 bancas parlamentarias (Knesset), 6 más que en la anterior votación, un activo que le otorga mayores posibilidades de formar un gobierno estable bajo el mandato que, según las normas en vigor, le sería reconocido por el presidente Reuven Rivlin. Dentro del marco legal existente, tendrá un plazo de cuarenta días, prorrogables, para completar el necesario equipo y estructura de gobierno. El nuevo Poder Ejecutivo deberá obtener el respaldo de la mitad más uno de los legisladores, o sea 61 sobre un total de 120. Es previsible que Netanyahu intente formar un gobierno de coalición con cinco partidos de derecha, en un proceso que habitualmente obliga a realizar malabarismos y sortear enormes dificultades. Si lo logra, podría contar con el apoyo relativo de 65 miembros en la Knesset, una bancada que le facilitaría mucho la gobernabilidad dentro de su mandato. Tal mayoría guardará una parecida proporción con la que tuvo con el gobierno que está concluyendo, pero el nuevo ciclo será, de hecho, un arreglo con características diferentes ante las exigencias de la consolidación numérica de la nueva gestión y por estar dominada por una tendencia política más derechista y religiosa (Shas y Yahadut Hatorá obtuvieron 15 votos en total), mientras Kulanu, la Derecha Unida e Yisrael Beiteinu disminuyeron su representación en el Congreso.

 

Tales acuerdos suelen lograrse mediante entendimientos acerca de las políticas y el sensible reparto de los cargos ministeriales. Algunos de esos partidos tienen una posición marcadamente opuesta a la creación de un Estado palestino y están a favor de la absorción de los asentamientos que se encuentran cercanos a la línea de cese del fuego de 1967, idea en la que parece haber embarcado al Jefe de la Casa Blanca y a la cúpula del Departamento de Estado, sin que resulte fácil establecer el alcance real de semejante apoyo.

 

La principal oposición al Likud en las elecciones estuvo representada por el partido Azul y Blanco, que está identificado con la centro-izquierda, y es presidido por un ex comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el general Benny Gantz, e integrado por otros exmilitares de alta jerarquía, quien obtuvo un muy buen resultado por tratarse de una fuerza política de reciente creación, pues fueron elegidos 35 de sus candidatos a la Knesset. Pero el desempeño electoral no le permite soñar con la opción de recibir por sí sólo el encargo de formar un gobierno estable y equilibrado.

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Aun contando con el apoyo de otros cinco partidos de la misma tendencia, Azul y Blanco sólo podría contar con 55 miembros para una eventual coalición, entre los cuales se encuentran el Laborista que, en distintas versiones, como en su momento fue Avodá, gobernó el país repetidamente desde la creación del Estado (en esta votación sólo obtuvo 6 bancas, pues muchos de sus seguidores optaron por Azul y Blanco); Meretz -liberal de izquierda- alcanzó 4 escaños y, los partidos de la minoría árabe Hadash y Raam Taal, los que captaron 6 y 4 bancas respectivamente.

 

La reciente formación política llamada Nueva Derecha, que es de tendencia conservadora y nacionalista -creada por dos ministros del anterior gobierno de Netanyahu- no superó el 3,5%, que es un umbral más alto que el anterior fijado por la Ley Electoral de 2014, una meta para la que resulta necesario conseguir representación parlamentaria y favorecer a los partidos mayoritarios. Esta agrupación -que esperaba hacer una gran elección-, alegó irregularidades en el recuento de votos tras notar que sólo le faltaron 1.461 para saltar el umbral, un balance que dio lugar a una investigación por la comisión electoral, sin que tal cosa afecte el proceso de formar un nuevo gobierno. Otros dos partidos que representan a la minoría árabe tampoco superaron dicho umbral, un obstáculo que tiende a ningunear ciertos enfoques de extrema derecha.

 

El proceso eleccionario tampoco consiguió llevar la discusión al examen de los temas prioritarios que caracterizan a la política israelí. Más bien reflejó una polarización entre dos corrientes de opinión: una que defendió a Netanyahu por su experiencia y decisión; y otra que criticó el simple hecho de que todavía preserve la ambición de conducir el país. Estos últimos rechazan su cuestionamiento a las instituciones, la agresividad de sus acciones políticas y electorales, así como la existencia de tres investigaciones sobre corrupción presentadas por la policía al procurador general, quien en los meses próximos se propone lanzar un complejo proceso judicial, pues los operadores imaginan que el actual primer ministro utilizará sus apoyos políticos en la Knesset para limitar las consecuencias de la investigación. Como diría un político de nuestro país, tiende a apostar a la noción de que “los votos permitirán legitimar cualquier cosa”.

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A pesar de esta olla a presión, tres factores incidieron en el caudal electoral de Netanyahu. El primero, la relativa seguridad existente en la región más difícil del planeta, en la que por ahora los peligros que representan para Israel las acciones generadas por Irán, el Hezbolá y Hamas, fueron contenidos por una acción militar eficaz y por un acercamiento evidente con países árabes sunitas y hasta con la Federación Rusa de Vladimir Putin en cuestiones referentes a Siria. También por el buen ambiente creado por una economía con signos de fuerte expansión, más un muy notable progreso en el campo de las nuevas tecnologías y el apoyo manifiesto del presidente Donald Trump a las estrategias israelíes algo que, más allá de la relación estratégica tradicional entre ambos países, indujo a Washington a reconocerle derechos al Estado judío de absorber las Alturas del Golán (a pesar de no ser un tema que se esté negociando actualmente); limitó los apoyos financieros a la Administración Nacional Palestina y dio algunos signos positivos acerca de la eventual política del nuevo gobierno de asimilar unilateralmente, en una etapa próxima, los asentamientos que se encuentran en territorio que era considerado palestino en las negociaciones diplomáticas que se registren entre las partes.

 

Por otra parte, una vez que se constituya el nuevo gobierno israelí, es muy posible que el presidente Trump presente su anunciado Plan de Paz para la región. Los especialistas especulan con que la reacción inmediata de Netanyahu será apoyar el menú que Washington ponga sobre la mesa, no obstante la probabilidad de que ciertos aspectos no sean difíciles de digerir para su opinión pública. La sociedad supone, y uno estima que supone bien, que los palestinos no van a optar por quedarse cruzados de brazos ante semejantes jugadas, hecho que ya fuera anticipado en diversas declaraciones de los grupos concernidos. Tal situación le permitiría a Netanyahu actuar unilateralmente en los puntos que considere aceptables de la propuesta norteamericana, una jugada que puede incluir la absorción territorial de los mencionados asentamientos y los problemas serios y ciertos que todo ello traerá acarreado.

 

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