Las tribus radicales se definen entre Macri y Lavagna

23 de abril, 2019

radicales

 

Por Oscar Muiño

 

Esta semana siguen las reuniones del Gobierno con radicales de diversas tribus. Cercanos, intermedios, lejanos. Empezarán con los más díscolos: Federico Storani y Ricardo Alfonsín.

 

Federico Storani llevó la voz cantante de los partidarios del pacto con Macri en la decisiva Convención de Gualeguaychú, hace cuatro años. A pesar de tal vocería, fue ignorado por la Casa Rosada. Ricardo Alfonsín nunca ocultó sus diferencias con el PRO y participó de la coalición derrotada en Gualeguaychú. Tampoco fue contenido ni recibido. Alguna vez le ofrecieron cargos, que sólo lograron enfurecerlo, al sentirse tratado como cazador de canonjías.

 

Martín Lousteau fue convocado. Algunos imaginan que Macri le ofreció la vicepresidencia, otros que le sugirió el Ministerio de Economía. Sus amigos susurran que puso como condición una ampliación de Cambiemos. Para confirmarlo, Lousteau acaba de proponer desde Infobae que “el radicalismo debe revisitar la Convención de Gualeguaychú para convertirse en el puente entre espacios que hoy parecen distantes pero que tienen la responsabilidad de construir lo que hace falta. Cambiemos, con su experiencia, debe ser parte importante de ello. Pero lo mismo vale para los radicales que no se sienten dentro de ese espacio, para Roberto Lavagna, para el socialismo de Santa Fe, para muchos gobernadores peronistas o de partidos provinciales, y también para sectores independientes y de la sociedad civil”.

 

Su oferta: una confluencia de Cambiemos con socialistas pero sobre todo peronistas. Lavagna es el eje. Lousteau cree que Cambiemos está perdido si no amplía la coalición.

 

El destrato

 

Los conquistadores españoles le dieron a la nobleza incaica títulos y honores pero ningún poder real. El objetivo: domesticarlos para que tranquilicen a la indiada. Así se sienten diversos radicales. Tratados por
el PRO como personal auxiliar. Algunos espacios de figuración vaciados de poder. Nunca se ha formado un espacio de debate regular.

 

La modorra ofrece algunas comodidades. Uno no está obligado a pensar, analizar ni mucho menos decidir. Incluso permite cierta reflexión quejumbrosa. Hasta ahora.

 

El radicalismo crítico, muy pequeño en 2017, está creciendo, aunque su fuerza mayor radica en los militantes y simpatizantes rasos y los cuadros medios. En la cúpula, reinan los cálculos. Desde la mirada abierta sobre la Argentina deseable hasta cuantos diputados, qué chance de conservar su intendencia, su banca, su decreto…

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El combo es el fracaso del Gobierno, la sensación de agotamiento del esquema de poder y, naturalmente, la creciente protesta de cada vez más sectores sociales que el radicalismo representa o aspira a representar. Reapareció el encono por la ausencia de una mesa común, la falta de diálogo y espacio para tomar decisiones que se espera de toda coalición y que la Casa Rosada esquiva con la excusa que hay una coalición electoral y no de gobierno. Audaz invento argentino. Para colmo, la percepción que Macri está más cerca de la derrota que de la victoria.

 

El alejamiento radical es parte de un proceso. Tras la victoria de Cambiemos en 2015 y 2017, fue el desacierto macrista con el tema jubilatorio en ese lejano diciembre el que prendió la alarma. ¿Quería realmente el macrismo enterrar los restos del Estado de bienestar? La crisis de 2018 y la incapacidad para gestionarla quitaron argumentos “resultadistas”.

 

Hace unas semanas se difundió la idea de una candidatura a vicepresidente, presuntamente ofrecida por Macri al radicalismo. La versión salió de la Casa Rosada y ningún radical admitió haber recibido tal convocatoria. ¿Fue una oferta, una ofensa o una simple manipulación mediática oficialista? Los optimistas creen que Macri ha tomado nota del riesgo de una fuga de la UCR –o parte de la misma– hacia una coalición centrista e intentan llegar con “efectividades conducentes”. Los desconfiados ven la supuesta oferta una maniobra comunicacional de Marcos Peña para intentar crear la impresión de la supuesta avidez de la UCR por los cargos. Una ofensa.

 

Amarillos y otros tonos

 

Los llamados radicales amarillos aceptan la conducción de Macri. Nunca fueron mayoritarios, pero sí muy movedizos. La cercanía al poder les permitió abrir algunas puertas de palacio y diversas designaciones (que conllevan funcionarios convencidos de la corrección de un gobierno que los incluya a ellos). Hoy los radicales amarillos están en retroceso.

 

Primero, porque no se han cumplido sus pronósticos. Vaticinaban una recuperación de la economía, una mejoría de la situación social y una recuperación política que dejaría a la UCR con varias gobernaciones más. Ninguno de estos vaticinios se ha cumplido.

 

También ha habido una distracción en la redacción final del documento de las fundaciones oficiales del PRO, la Coalición Cívica y la UCR. Coinciden que ““los primeros tres años de gestión del Gobierno muestran avances notables” y que “hay una infinidad de conquistas y mejoras”. Sin autocrítica. “Como ningún otro en las últimas décadas, el Gobierno dio pasos fundamentales para prevenir y evitar la corrupción”. El párrafo no deja de sorprender teniendo en cuenta que la transparencia de Alfonsín no ha sido igualada. Que algún afiliado radical haya aceptado este párrafo exhibe la confusión vigente entre los radicales-amarillos. Y su pérdida de sentido de realidad interna.

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Este sector confluye con Lilita Carrió en rehusar la ampliación de Cambiemos. Y el líder aislacionista Marcos Peña, quien acaba de dar una directiva: los candidatos de Cambiemos podrán criticarlo a él, a Macri o a quien sea, con tal de garantizar un buen resultado. El fútbol diríamos bilardismo ortodoxo. Todo vale para ganar, hasta insultar al propio DT y al jefe de la institución.

 

Para algunos radicales, el justicialismo es la madre de los males y es mejor cualquier no peronista. Por eso seguirán con Macri.

 

Para otros, la sensibilidad social debe definir. Se consideran más cerca de Lavagna –que fue funcionario con Juan D. Perón, con Raúl Alfonsín, con Eduardo Duhalde y el primer Kirchner- antes que la postura conservadora que ven en Macri, al que vinculan con la tradición de los equipos económicos de José A. Martínez de Hoz y los días menemistas.

 

Los resultados electorales son elocuentes. El PRO, que había vencido a los radicales en la última interna en La Pampa, esta vez fue derrotado. Cambiemos fue barrido en provincias de estructura moderna –en teoría, más gentil con Macri- en Neuquén y Río Negro y en las PASO de Chubut.

 

Otro disparador, la torpeza de entrometer al gobierno en la interna radical de Córdoba. El 12 de mayo Córdoba habrá de votar. Pocos días después, todo habrá de definirse. Se dice que después habrá de hacerse la Convención de la UCR. Podrá decidir seguir en Cambiemos, poner condiciones, irse con Lavagna o dejar libertad de acción. Y hasta podrá no reunirse. La ruptura del partido acecha, amenazante. Cuando la licuadora deje de girar, podrá verse cuánto quedó de líquido, cuándo de sólido y qué parte se disuelve en la espuma de superficie.

 

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