La lista de uno

22 de abril, 2019

macri_boletoDigitalInmobiliario

Por Jorge Bertolino Economista

 

 

En nuestra última nota en El Economista nos referimos a las predicciones de eventos económicos disruptivos que pueblan los medios de comunicación.

 

Los colegas más consultados explican con argumentos empíricos y teóricos el devenir de los acontecimientos futuros en ausencia de medidas por parte del Gobierno para detener la inercia de los mismos.

 

La tiranía del tiempo en las emisiones televisivas conduce, en la mayoría de los casos, a que se titule catastróficamente la inminencia de crisis que, supuestamente, anuncian los economistas declarantes.

 

Decimos “supuestamente” porque al interior de las notas, se menciona con claridad que el default y/o la hiperinflación se esperan para 2020-2021. Recientemente, Carlos Rodríguez fue más alarmista, anunciando una corrida cambiaria y un “Plan Bónex” para antes de las elecciones, y constituye la excepción a lo que describiéramos anteriormente.

 

En todos los casos, el supuesto implícito es que las autoridades no modifican un ápice sus políticas, y que el avance inexorable de los gruesos desequilibrios monetarios y cambiarios eclosionan, provocando una crisis mayúscula de consecuencias graves e impredecibles.

 

En el hiper-conectado sistema financiero actual, con dimensiones internacionales, el papel de las expectativas es crucial. Los inversores avezados avanzan más allá de los títulos y se informan sobre la totalidad del contenido de las notas mencionadas.  Son los que deciden la tendencia de los precios de bonos y acciones e, indirectamente, el crucial indicador de malestar financiero, popularmente conocido como “riesgo país“. Su obligación, por una sencilla cuestión de defensa de la rentabilidad y seguridad de sus inversiones, es comprender acabadamente los riesgos y beneficios potenciales implícitos en los diferentes escenarios posibles.

 

Es así que su información es amplia y, por tal motivo, los indicadores de crisis que cotizan en el mercado, si bien son elevados y con una tendencia creciente, no alcanzan las alarmantes dimensiones de otras épocas.

 

La medición más sencilla de riesgo país (EMBI+), alcanzó 854 puntos básicos (pp) en la última rueda de los mercados, muy lejos de los 4.500 pp que alcanzó en febrero de 2002.

 

Como puede verse, estamos aún lejos de un desenlace inminente de la crisis, aunque no por ello debería ignorarse su avance, ya que siempre está latente el riesgo de una aceleración brusca e inesperada de los acontecimientos, sobre todo por los temores de los mercados al regreso del populismo más virulento y vengativo al poder luego de las próximas elecciones.

 

En contraposición al cauto pesimismo del inversor informado, el argentino medio se limita a captar la espectacularidad de los títulos informativos y repite como un mantra resignado que “se viene la crisis”. Como dijimos anteriormente, ésta no es inminente sino a mediano plazo y existe, además, la ilusión y la esperanza de que la asunción del próximo Gobierno, sea del color político que sea, incluyendo una posible reelección del presidente Mauricio Macri implique el anuncio y la concreción de un conjunto de medidas que aleje definitivamente los peligros hoy latentes de eventos disruptivos.

 

La opinión pública da todo por perdido. Desinformada por los medios y presa de su desinterés y su falta de conocimientos económicos y financieros, da por sentado que en cuestión de semanas vuela todo por los aires.

 

Si bien no puede decirse que esto no pueda ocurrir, las probabilidades son moderadas. Acontecimientos inesperados,  tanto locales como internacionales, podrían generar el caos, aunque lo más lógico y deseable es que no se produzcan.  A rezar entonces. ¿Será suficiente para llamarle así al “plan económico” actual? Plan Rezar. Cruel pero descriptivo.

 

Las inconsistencias son tan grandes que estamos a merced de cualquier brisa que derrumbe el castillo de naipes de esta suerte de Plan Primavera recargado. El aditamento “recargado” obedece a las hiper-tasas de interés. Nunca nadie se animó a tanto. Ni José A. Martínez de Hoz ni Paul Volcker fueron capaces de mantener tasas tan elevadamente positivos con respecto a la inflación esperada durante tanto tiempo. Y todavía falta mucho para el desenlace electoral, que debería disminuir la incertidumbre y tranquilizar las aguas. Otra buena pregunta es, además, si aguantará la economía real sin derrumbarse definitivamente, generando cierres masivos de empresas y una crisis social sin precedentes.

 

Desde esta columna, quizás impulsados por un primitivo instinto de preservación social, intentamos no contribuir al pesimismo generalizado. Pero resulta harto difícil mantener el equilibrio entre seriedad profesional en el análisis de la situación y el deseo de no aportar a la ya de por si elevada sensación de desesperanza  y resignación de la opinión pública.

 

Desinformar, negando la difícil situación es profesionalmente degradante. Alarmar, el otro extremo, sin dejar siquiera una luz de esperanza al lector es, en nuestro caso, imposible de aceptar. Por tal motivo es que en todas nuestras notas hemos intentado escribir sobre las posibles soluciones que desde la teoría económica y la evidencia empírica es posible imaginar para los males económicos que nos aquejan. Esto no encierra una crítica a quienes optan por algunas de las posiciones descriptas anteriormente. Cada uno tiene razones para adoptar la línea de transmisión de sus ideas que mejor se adapta a su personalidad y respetamos eso sin cuestionar la seriedad y la buena fe.

 

Dicho esto, intentaremos aportar, una vez más, al esclarecimiento de las asechanzas de la economía actual y también sobre los posibles remedios contra las mismas, identificando en primer lugar los factores desencadenantes de los indeseados acontecimientos que se predicen fervientemente en estos días.

 

Una lista de uno

 

Varios son los desequilibrios que, habiendo sido heredados de la irresponsable administración anterior, el actual Gobierno ha conseguido mejorar sensiblemente. Lo hizo tardíamente y urgido por la crisis. No hay virtud sino desesperación, es cierto. Además, la mayor parte del trabajo no lo hizo el equipo económico sino “el mercado”. La disminución de varios preocupantes indicadores fue fruto de la licuación impuesta por el brusco incremento en el valor de la divisa, en la que nada tuvo que ver el gobierno. Más bien, intentó contenerla, aunque infructuosamente, durante varios meses.

 

El salto cambiario permitió una mejora significativa, aunque con grandes costos, del déficit primario del Tesoro Nacional  y del déficit de cuenta corriente del sector externo. El último impuestazo, en cambio, en nada ayudó. Vino Laffer y se lo llevó, dejando con las manos vacías al ávido recaudador.

 

Se respira además, un clima de menor corrupción, y se nota un afán por generar un clima de negocios favorable a la inversión, que pueda hacer realidad una economía que crezca sostenidamente de la mano de una mayor producción destinada al mercado externo. Hubo poca convicción y energía puesta en este empeño, y por eso el éxito ha sido minúsculo. Pero en el discurso el énfasis fue categórico, abriendo una luz de esperanza para que el año próximo coincidan las palabras con los hechos, y los cambios sean concretos y palpables.

 

Como puede verse, si bien somos sumamente críticos del esquema general de política económica del gobierno, no nos anotamos en la larga lista de negacionistas que pretenden medir con la misma vara al populismo exacerbado de la “década ganada” con este “populismo de bajas calorías” en que hemos caído hoy, más por abulia e inacción que por convicción ideológica.

 

En síntesis, hubo algunos avances innegables y la situación no es tan grave como la pintan. Hay, en realidad, “una lista de uno” que contiene a los factores potencialmente generadores del desastre que se vaticina ocurrirá en algunos meses o años. No se trata de otra cosa que la tan mentada “montaña creciente de Leliq“.

 

Eliminar este factor aleja definitivamente la posibilidad de una crisis mayúscula. La hiper, el corralito y el Plan Bónex serían, si ocurrieran, hijos del desenlace inevitable al que conduce la acumulación de los intereses devengados al stock de estas letras en poder de los bancos.

 

Descartamos la ocurrencia del otro factor de crisis también mencionado insistentemente: el default de la deuda externa. Somos el “cliente” más importante del FMI. Algo así como el 60 % de su “market share”. Ellos están más interesados que nosotros en solucionar el “problema argentino”, y pondrán toda la que tengan que poner durante muchos años para evitar el peor desenlace. Un esquema similar al que tuvo que atenerse Grecia hace algunos años.

 

Desde la creación del BCRA hasta mediados de la década de 1970, las sucesivas crisis de balanza de pagos en que incurrió el país fueron sorteadas con una devaluación, políticas fiscales restrictivas y subas de tasas de interés. El costo, en términos de inflación, desempleo y caída de la actividad fue generalmente moderado. Pero a partir de la reforma financiera de Martínez de Hoz y de la aparición de la Cuenta de Regulación Monetaria a la que emula la política de encajes vía Leliq, las viejas crisis de balanzas de pagos dieron paso a un fenómeno mucho más grave y costoso en términos de las variables que citáramos anteriormente.

 

Se trata, ni más ni menos, de lo que algunos autores denominan “crisis macrofinancieras“. Ya no es solo un problema de faltante de divisas para financiar los pagos externos, sino también la aparición de una virtual imposibilidad de los bancos de devolver los depósitos a sus clientes debido a la indisponibilidad de los fondos, invertidos obligatoriamente en las letras del BCRA. Esto genera potenciales quiebras de bancos, que el BCRA, prestamista de última instancia debe ocuparse de evitar.

 

Si los ahorristas desean convertir en divisas el dinero colocado a plazo fijo, los bancos, para poder entregar ese dinero, deberán venderle al BCRA una parte de las letras que tienen colocada allí. En realidad, lo que harían sería renovar una porción menor en el siguiente vencimiento. Pero ese es un tecnicismo que no interesa a los efectos de que el lector comprenda que en este caso, habrá una emisión monetaria para pagar el plazo fijo no renovado.

 

Si una porción considerable de inversores acudiera simultáneamente a este mecanismo, la “máquina de hacer billetes” debería trabajar a destajo. Se abren aquí dos alternativas. Si el BCRA desea esterilizar este monto, debe subir nuevamente las tasas de interés, algo imposible de sostener políticamente y destructivo de la actividad económica, además. Si no lo hace, debe emitir, generando inflación y presión de demanda en el mercado de cambios.

 

Si este fenómeno se generaliza, ante la inminente caída del sistema financiero, no queda otra que emitir todo lo necesario, permitiendo que se sincere el mercado cambiario y que se espiralice la inflación. Por este medio se licua el stock de Leliq y también el gasto público. Cuando logre detenerse el fenómeno hiperinflacionario, la economía estará más equilibrada y con posibilidades de retomar el crecimiento.

 

¿El costo? 70% de pobres. Caída estrepitosa del salario real. Cierre de empresas. Desempleo masivo.

 

En la nota que mencionáramos al principio de estas líneas esbozamos una solución que evite este terrorífico e indeseable escenario que acabamos de describir. Si no es esta que sea cualquier otra que sean capaces de imaginar, pero hay que remediar urgentemente los problemas de esta “lista de uno” antes que venga el lobo y se los coma. ¿Lobo está? Estoy distraído jugando a la política.

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