El sabotaje de Trump al comercio global y regional

29 de abril, 2019

Trump

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Martin Wolf, el prestigioso columnista del Financial Times, no parece haber realizado una gran lectura de los hechos al identificar al presidente Donald Trump y al reincidente candidato presidencial Bernie Sanders, el único ejemplar de la socialdemocracia o el socialismo que anda suelto por las calles de Washington, como protagonista y referente de la ola mercantilista y populista que azota al planeta, una cultura con la que por ahora nos fuerzan a convivir. La columna nos brinda un relato atractivo pero ajeno a los hechos que uno vio crecer en la trinchera.

 

Aunque nadie puede restarle a esos personajes el mérito de promover los desbarajustes que vienen frenando el desarrollo del comercio global (cuyo crecimiento entre 2018 y 2020 se acaba de estimar en sólo 3%, 2,6% y 3%, respectivamente), son actores que no exhiben los reflejos o la educación requerida para entender, o siquiera para que les importe el daño que generan sus decisiones a la economía global, a los habitantes de su propio país y al equilibrio geopolítico del planeta.

 

El actual ciclo de simpatía mercantilista y proteccionista que prevalece en Washington nació con Bill Clinton durante el último quinquenio del siglo pasado y al que ninguno de los líderes que lo sucedieron intentó revertir seriamente. Las reales novedades que el mundo de hoy está obligado a procesar se refieren a qué pasará con la cantidad de fuerzas políticas que hoy adhieren al populismo berreta (el Brexit, Polonia, Hungría, Italia, Brasil, Catalunia y otros ensayos que dan escalofrío); con la renovada vocación aislacionista que caracteriza a la primera potencia militar del mundo y con la falta de recetas creíbles para restaurar la sanidad mental, económica,comercial, tecnológica, climática y ambiental del planeta. En semejante escenario asoma con fuerza la necesidad de hacer un serio debate sobre comercio y seguridad nacional, para el que pocos líderes y profesionales están debidamente equipados.

 

Para los que no saben de qué se trata, puede resultar exagerado imaginar que las secuelas de tal debate alcancen para voltear los cimientos de la OMC. Además, el 27 de mayo sabremos si el Parlamento Europeo será o no copado por la onda populista y mercantilista que ya tiene una sólida cabeza de playa en la sala de debates de ese foro legislativo, al que llegan por elección directa cada uno de sus representantes. Empecemos por repasar y evaluar otros datos de contexto.

 

Como el mundo se acostumbró a tolerar sin motivo, o por falsa corrección política los habituales desplantes de Trump, o de sus apóstoles, en el G7, en el G20 y en todos los organismos multilaterales de verdadero interés contractual o político como el FMI y la OMC, la gente no alcanza a percibir la gravedad de las acciones rupturistas que ya instaló la Casa Blanca. La respuesta de Trump fue siempre unívoca e inspirada por reacciones hepáticas o por energúmenos como Steve Bannon (un exasesor clave) y John Bolton (su actual asesor en materia de seguridad). Estas llevaron a que Washington aprobara el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, de la Unesco y, en las últimas horas, de la Conferencia sobre Desarme de Naciones Unidas (Folha de San Pablo), lo que está en línea con la reciente denuncia del Acuerdo sobre Misiles de alcance intermedio con Rusia, la temprana salida de la Asociación Transpacífica y muchas otras decisiones de tono similar, un paquete que incluye pero no se limita a la frivolidad con que se manejan temas de volátil sensibilidad como el conflicto con Corea del Norte, las negociaciones y el acuerdo con Irán y la política de paz en el Medio Oriente.

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Tanto Washington como la Unión Europea (UE) llevan décadas haciéndole mimos y alimentando distintas versiones del proteccionismo regulatorio y ciertas formas de populismo, cuyos predicadores oficiales no se limitan a sabotear la competencia extranjera en el intercambio agrícola o en las supuestas deficiencias de la bioenergía. En tales condiciones, la retórica populista resumida en el slogan “América, primero” deviene en un peligroso y carísimo relato infantil.

 

En el caso particular de Estados Unidos, la alergia a la liberalización del comercio se notó al ver las ideas que aplicó el gobierno de Clinton para organizar y presidir la anárquica y fracasada Conferencia Ministerial de la OMC que se realizó en Seattle (fines de 1999) y los argumentos que se alegaron para torcerle el brazo al gobierno mexicano de Salinas de Gortari con el objeto de reformar la primera versión del Nafta. Una maniobra similar volvió a la palestra de la mano de Trump el año pasado, con el ilegal enfoque que hizo posible insertar el rebalanceo del comercio automotriz en el nuevo Nafta. Hoy la batalla de fondo por la sobrevida y expansión de ese sector y de los aranceles especiales al acero y el aluminio puede quedar atada a la antedicha conexión entre comercio y seguridad nacional (sección 232 de la Ley de Comercio estadounidense de 1962), cuyas derivaciones podrían darle un golpe de gracia a la existencia de la OMC, un proceso muy difícil que nuestro querido colega Roberto Azevedo, director general de esa organización, debería manejar con mayor sabiduría. Por este sendero el mundo volvió a poner el acento sobre el puño de hierro del unilateralismo estadounidense, otra polémica ilegalidad. La iniciativa del Jefe de la Casa Blanca al crear nuevas barreras arancelarias por razones de seguridad nacional, disparó nueve casos (paneles) de solución de diferencias contra Washington en el Sistema Multilateral de Comercio, en los que muchas de las naciones afectadas objetan el irregular y hasta donde llega mi saber ilegal incremento de los aranceles de importación del acero y el aluminio dispuesto por Estados Unidos, así como la idea de crear una cuota arancelaria sin respetar las reglas de juego para renegociar concesiones, aplicar salvaguardias comerciales o crear cuotas arancelarias.

 

Washington alega con bastante ligereza, o suponiendo ligereza en los gobiernos que presentaron sus quejas ante el Organo de Solución de Diferencias, que el Artículo XXI del GATT (la Excepción sobre Seguridad) le da carta blanca para no tener que explicar sus acciones fundadas en cuestiones de seguridad nacional, ni estar obligado a judicializar el tema. Olvida que el tema ya está judicializado y será el mecanismo de solución de diferencias el que tendrá que determinar cuál de las partes tiene razón. Si yo tuviese en mis manos el tema aconsejaría a mi gobierno que tampoco olvide leer con atención las reglas sobre administración de cuotas y los párrafos b y c del Artículo XXIII:1 del mismo GATT (menoscabo de concesiones). Además, que miren la jurisprudencia sobre el tema en el Indice Analítico y le presten cierta atención al trabajo denominado Multilateralismo Comercial y Seguridad Nacional. Antinomias en la historia de la Organización Internacional de Comercio, de Mona Pinchis- Paulsen (marzo de 2019) y se pregunten qué podría ocurrir si a los panelistas les da el antojo de tomar como referencia la historia legislativa, lo que nunca está de más. El trabajo se refiere a las discusiones internas de la delegación de Estados Unidos.

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El problema de subsistencia de la OMC no habrá de surgir de la lógica conclusión del diferendo legal, sino de las reacciones que pueda tener el Jefe de la Casa Blanca si el mecanismo de solución de diferencias le da la razón a los que objetan las conductas de su administración. Trump no ofrece el perfil de un buen perdedor.

 

El Jefe de la Casa Blanca tampoco se cansa de amenazar al gobierno mexicano, mezclando problemas reales o inventados de política migratoria, y tráfico de drogas, con el chantaje de aplicar nuevas e ilegales restricciones a la importación de automóviles y partes automotrices de México, hecho que se caracteriza por un innecesario patoteo (bullying) hacia su socio comercial y por atentar contra la solvencia de la industria norteamericana, las fuentes de trabajo de sus propios trabajadores y por la evidente sinrazón de castigar a los consumidores estadounidenses. Sin duda ese no es el mejor de los climas políticos para ratificar el Nuevo NAFTA negociado y suscripto a fines del año 2018, por parte de los Congresos de Estados Unidos, México y Canadá.

 

A esta altura nadie espera una solución duradera o mágica de aprobarse el proyecto de acuerdo de unas 150 páginas que discuten China y Estados Unidos para salir de su guerrita bilateral de comercio, cuya existencia no evitó el agravamiento del déficit bilateral de intercambio que tanto preocupa a Washington. La Casa Blanca no hace nada para aglutinar a Europa y Japón en los esfuerzos orientados a forzar una corrección profunda de la política económica china que introdujo enormes distorsiones en el comercio global y cuyos platos rotos habrán de recaer sobre el resto del mundo, hacia donde tienden a derivarse los saldos exportables del comercio asiático que no pueda acceder al mercado estadounidense.

 

Es también ilusorio suponer que el mamarracho bilateral concebido a fines de julio de 2018 entre Trump y Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión de la Unión Europea (UE), quien hace pocos días consiguió mandato del Consejo Europeo para negociar, llegue a un miniacuerdo bilateral sin incluir al comercio agrícola. El aludido mandato sólo autoriza a gestionar dos acuerdos, uno acerca de la liberalización del comercio de bienes industriales sin incluir al sector automotriz y otro sobre la equivalencia de normas técnicas y de calidad. El tiempo apremia, pero nadie corre.

 

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