El grito

18 de abril, 2019

el grito

Por Carlos Leyba

 

La conferencia de prensa debería haber sido presidida por la imagen de “El Grito” de E. Munch.

 

Imagino esa expresión, en Marcos Peña y Mauricio Macri, ante la derrota electoral que presagia la encuesta de Jaime Durán Barba.

 

Pasamos del Gobierno de la soberbia al Gobierno del miedo.

 

Cuando la inflación superó largamente el 50% anual y el consumo derrapó 9%, ¿no se dieron cuenta de que conducían a su Gobierno, y a todos nosotros, a un precipicio interminable?

 

Hizo falta que el gurú les informara que la sociedad sí se había dado cuenta para una reacción.

 

El espanto electoral, que “El Grito” ejemplifica, hizo que abandonaran -parcialmente- la irracional idea que “el mercado todo lo resolverá”.

 

Se trasladaron transitoriamente, con miedo, al territorio desprolijo de congelamiento “voluntario”, créditos “blandos”, subsidios tarifarios. Arenas desganadas de heterodoxia amateur y control vergonzante.

 

Esta poco consistente política, de apariencia heterodoxa, podría haber sido útil antes del contagio estanflacionario. Siempre tarde.

 

Ahora, después del hielo constipante, tejen una frazada para la noche helada.

 

Mauricio, en su “video espontáneo”, dijo son “medidas para un alivio”. ¿Hasta septiembre?

 

“Eso es lo que va a ocurrir”, un “acuerdo de caballeros” dijo Nicolás Dujovne. Mientras la mejor de todos, Carolina Stanley, señalaba a “un Presidente presente”…que no estaba.

 

En política económica hay “sectas” que prescinden del tiempo y del espacio. Abandonan la ideología cuando se acaba el tiempo y se achica el espacio. Cuando los atosiga la realidad.

 

Hasta ese momento insisten, urbi et orbi, en la misma receta. Este es el caso de nuestro “mejor equipo de los últimos 50 años”.

 

Los economistas, trabajadores del bien común, tenemos un conocimiento que se valida a partir del pensamiento situado en el momento histórico, con una visión de destino y el trazado cuidadoso del camino que lleva del punto de partida a la proximidad del destino.

 

¿Tiene sentido una definición no compartida del destino? La soberbia no comparte, el miedo huye.

 

En todo viaje debe haber certidumbre de la dirección. La certidumbre nace y se alimenta del consenso del pasaje. ¿Van a insistir en el aislamiento purificador?

 

¿Y el camino? Caminos diferentes pueden llevar al mismo destino, pero deben garantizar la llegada de todos. Unos conducen, los demás acompañan.

 

Una lección es la de los peregrinos de San Cayetano, los movimientos sociales, los “franciscos”, el movimiento obrero, intelectuales y empresarios, que sintetizan: “Paz, Pan y Trabajo”.

 

La paz, en libertad, despeja el horizonte; el pan, las condiciones dignas de vida y el trabajo, la participación de todos en la construcción de la Historia. No hay una cosa sin la otra.

 

Nada que altere esa paz, que niegue ese pan y el protagonismo del trabajo, constituye un camino.

 

Esta revisión transitoria del programa de ajuste, apertura y mercado, ¿nos acerca a la pazy crea trabajo?

 

En la Semana Santa, en la que hay tiempo vacante más allá de las creencias, sería sanadora una reflexión acerca de la paz, el pan, y el trabajo de los otros.

 

¿La política se comprometerá en esa búsqueda?

 

¿Cómo podríamos encaminarnos sabiendo que, aquí y ahora, la mitad de los menores de 14 años viven en la pobreza? En esas carencias de paz, pan y trabajo se está construyendo nuestro futuro.

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Un “acuerdo de caballeros” por seis meses, es un disimulo, un analgésico, una renuncia explícita a encaminarnos.

 

El destino del bien común nunca se alcanza. Toda utopía es un horizonte que se desplaza y que debe hacer del economista un crítico permanente del presente, que nunca es el lugar de destino.

 

Justamente uno de nuestros grandes déficits, en esta situación más que grave, es la ausencia de pensamiento crítico de los propios, que no es la diatriba del contrario que abunda. El silencio de los propios no es inocente.

 

La ausencia crítica es reemplazada por la justificación, el cierre de los ojos, a pesar de la evidencia. Esta es una lamentable coincidencia cultural  del kirchnerismo y el macrismo. Ambos  disfrazaron y disfrazan, esta decadencia que profundizaron y profundizan, porque está ocurriendo en cámara lenta. Sin la crítica se pierde el más baqueano.

 

El kirchnerismo, desde el primer día, dilapidó una oportunidad de largo plazo. Unica. Agotó stocks para comprar tiempo en el poder. Ni por asomo un paso por el bien común: 30% de pobreza.

 

De ese tiempo escandalizan las súbitas fortunas de la política  y de los “concesionarios” que los acompañaron.

 

Esa Justicia, que no es la de la Constitución sino la de los bastardos de la política, el fútbol y los espías, seguramente terminará, en los hechos, por indultar a todos en nombre de “la lucha contra la corrupción”.

 

Un ejemplo. La decisión judicial “ejemplar” en el caso Oderbrecht, ¿castiga a los sobornados y exculpa a los sobornadores?

 

Otro. Las declaraciones de Laura Alonso (Oficina Anticorrupción) justificando su silencio sobre los pecados del Gobierno. El marco.

 

¿Cómo califica el silencio, o la crítica liviana, de economistas simpatizantes o no, del oficialismo, sabiendo que este tren monetarista y fiscalista, inexperto e inescrupuloso, iba a descarrilar, como ocurrió, que además no iba y no va, a ninguna parte y que ahora corre el riesgo de aniquilar el pasaje porque quemó los frenos?

 

Ahora, inspirados por las desesperanzas electorales, alaban la “chapa y pintura” para una economía sin motor: ese es el problema de larga data que se inicia con el paradigma de la economía del malestar.

 

Estos desaguisados no se remontan ni a 100 ni a 80 ni a 70 años como repite, tratando de patear las culpas, el precario, desinformado e inútil discurso de Mauricio Macri.

 

Argentina, dice el oficialista Federico Sturzenegger, comienza su derrumbe en 1975, cuando las ideas hoy dominantes se hacen del poder.

 

Hasta entonces y desde principios del Siglo XX, nuestro PIB por habitante era 75% del de Australia. Hasta 1975 la economía crecía al mismo ritmo de la admirada Australia.

 

Desde 1975 hasta hoy, el declive es sistemático y es producto de la ausencia de motor que “el modelo económico dominante”  ha sustituido por la “magia del mercado”.

 

Desde 1975, los que gobernaron han destruido las bases del aparato productivo y distributivo. Lo están haciendo.

 

Todos desde 1975 renunciaron a la estrategia de inversión reproductiva como método de expansión y a la estrategia exportadora de creciente valor agregado, como método de transformación del patrón productivo.

 

Unos agotando stocks para alentar el consumo. Otros alentando el consumo a base de endeudamiento externo.

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Unos tratando de adelgazar con anfetaminas que destruyen el cerebro y construyen una “estabilidad aparente”, destruyen la industria con las importaciones financiadas con deuda externa: apertura con atraso cambiario. Dos default en 40 años. ¿Qué es lo que no entienden?

 

¿Nadie le advierte al Presidente lo mentiroso, e inútil, de sus cifras del pasado para exculparse del fracaso presente? ¿Cuál es la diferencia moral entre mentir sobre el presente o sobre el pasado?

 

Cuando gobiernan sectas ideológicas (M o K) que fracasan en el presente, no los queda otra alternativa que inventar el pasado como culpable.

 

Cuando los responsables de la administración económica brindan un buen diagnóstico es porque tienen formación “clínica”, es decir, una visión general.

 

No es el caso del presente. No por nada no hay “ministro de Economía” sino consultores financieros. “Especialistas” que, en el arte de curar, sólo miran una parcialidad.

 

Lamentablemente, los “clínicos” no forman parte del “mejor equipo”

.

Los economistas clínicos administran vacunas para evitar caer en estanflación. Una enfermedad macro de compleja curación. Vacunar y no recetar remedios clásicos aptos para otras enfermedades.

 

Por ejemplo, en “inflación”, con economía en crecimiento, son lícitos remedios que desaceleren la demanda hasta que la oferta crezca de modo de equilibrar el sistema de precios.

 

Y si, por el contrario, la economía goza de estabilidad de precios, pero la demanda ha declinado con oferta excedente, promover la demanda será exitoso y no perturbará la estabilidad.

 

Pero cuando hay inflación y caída de la actividad, los remedios clásicos o keynesianos son inútiles y perturbadores.

 

Es lo que están haciendo. No aplacan la inflación y recrudece la recesión.

 

Esta administración del corto plazo es pésima y el rumbo de largo plazo va en la dirección equivocada, repite desinversión productiva, apuesta a la especialización y al trabajo improductivo.

 

Cosechan fracasos porque han sembrado errores.

 

¿Pueden estas medidas transitorias y parciales modificar lo esencial?

 

Cuando asumió el PRO inflación y recesión dominaban el panorama. Para no entrar en estanflación era necesario aplicar la vacuna de la concertación. No lo hicieron y con estas medidas siguen sin hacerlo.

 

La inflación permanece y creció en marzo hasta 4,7% y se repetirá en abril. Los brotes verdes se marchitaron y, lo que es peor, la recaudación tributaria declina al compás de la reducción provocada de la actividad.

 

Los objetivos de minimización de la inflación se alejan al mismo tiempo que se alejan los objetivos de reducción del déficit fiscal porque crece de manera vertiginosa el déficit financiero (sin contar el cuasi fiscal del BCRA) a pura deuda. Un esfuerzo hasta ahora inútil: continuidad de la recesión o del estancamiento y crecimiento del desempleo, que se ha venido matizando gracias al empleo público y los subsidios de supervivencia.

 

Mientras aumenta la proporción de ingresos en sectores de baja o nula productividad, no hay manera de salir del circulo del estancamiento y se desvanece toda imagen de confianza en la economía.

 

El grito, el de la soberbia, “estoy enojado” o el del miedo, “medidas para un alivio”, no sirve.

 

La civilización es hija de la palabra y ella genera el diálogo: sin él no hay consenso y sin consenso no hay futuro.

 

¿Tan difícil de entender?

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