Cristina y Macri en la hora de la duda

9 de abril, 2019

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Por Oscar Muiño

 

Algunos creen que Mauricio Macri afrontará en los próximos días una última ofensiva de algunos amigos cercanos. Le mostrarán los números de las encuestas que no se publican, los muy malos resultados de Cambiemos en Neuquén y Río Negro, pero sobre todo en Chubut (la provincia ajena que veían con más chance de ganar y en cuyas PASO sacaron apenas 15% de los votos). Hablarán de la poca viabilidad de su reelección y le suplicarán que elija un delfín: Horacio Rodríguez Larreta o María Eugenia Vidal. Macri se negará. Seguirá hasta el final y, como todo jefe, intentará ganar e imponer que lo suceda Marcos Peña en 2023, el único en quien confía plenamente para conservar su legado.

 

Otros consideran improbable que, conociendo a Macri, alguien cercano se atreva a formularle una idea que supone la admisión del fracaso de su gestión. Casi una traición. Macri y Peña siguen creyendo que pueden aspirar a la victoria por el temor al kirchnerismo de muchos ciudadanos y la desconfianza hacia el justicialismo. Otros fieles están por pedirle que siga siendo candidato, pero ruegan la puesta en marcha de un fuerte golpe de timón: un nuevo plan económico o una redefinición política.

 

Nada es seguro: el macrismo, el kirchnerismo, Lavagna y los peronismos carecen de certezas sobre el porvenir

 

Son diferentes las dudas de Cristina. Hasta hoy, la frenaba la idea de una victoria macrista. La opción era bajarse para facilitar la derrota del actual Presidente. Las derrotas en dos gobernaciones consideradas ganables (Neuquén y Río Negro) en la Patagonia, su hinterland. Y otros nubarrones.

 

Primero, la convicción que sus votantes esperarán un retroceso de las tarifas de transporte y servicios esenciales a los niveles de 2015. Ella sabe que no será posible y percibe la enorme decepción que causaría a sus seguidores.

 

La UCR, como en 2015, cree que será la que defina quién ganará la elección, aunque sabe que no será uno de ellos

 

Segundo, pero no menos importante,  la conciencia –que le ha trasmitido algún economista- que una previsión de su victoria produciría el retiro de fondos de los bancos, una corrida con efectos terminales para la política y la economía.

 

Sergio Massa apuesta a que Cristina se baje y designe un candidato para competir en la interna peronista. ¿Felipe Solá? ¿Agustín Rossi? Por lo tanto, no quiere ofender a los cristinistas, cuyo voto necesitará en caso de ganar esa supuesta y vidriosa interna dentro del PJ.

 

Roberto Lavagna tampoco las tiene consigo. Promete un Gobierno de transición de cuatro años. Sabe que si llega al ballotage tendrá la victoria garantizada, tanto contra Macri como contra Cristina. Sería el camino para la creciente franja social que no quiere macrismo ni cristinismo. Pero su fortaleza es su debilidad. Carece de aparato propio y las encuestas no lo muestran –al menos, no todavía- como una opción ganadora capaz de engrosar decisivamente su caudal. Los plazos complican el armado. Depende de una carambola a varias bandas, que sólo podrá realizar en el momento preciso. Un minuto antes o un minuto después, todo se desvanecerá antes de materializarse.

 

¿Y los radicales? En plena ebullición, creen que hoy, igual que hace cuatro años en Gualeguaychú, serán los que definan quién habrá de ganar la elección. Aunque saben que no será uno de ellos.

 

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