Buscando un veranito sin fracasar en el intento

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Por Fabio Rodriguez  Director M&R Asociados

 

El Gobierno se encuentra asediado por una suerte de efecto pinzas, de un lado está en niveles piso de popularidad (en la imagen y gestión del presidente) y del otro en una coyuntura signada por recesión, inflación y volatilidad cambiaria. Lo económico le estrecha el horizonte político y este le devuelve peores datos mes a mes en una suerte de iteración que acelera el deterioro.

 

El mal dato de inflación de marzo (del 4,7% mensual con pico de 54,7% anual) que sorprendió al más pesimista precipita la reacción del Gobierno en dos sentidos. En primer lugar, lanza una suerte de plan reactivación, que no posee ningún instrumento vigoroso, sino apenas algunas medidas “keynesianas” pero en dosis homeopática. Sin mucha convicción en la efectividad de este tipo de medicina (gran parte de todo esto no servía en el discurso oficial hasta hace apenas meses) y con márgenes muy escasos (ya que el FMI pone límites fiscales y monetarios muy estrictos), esta búsqueda de un veranito en la economía real se dirige a tratar de recuperar parte de los votos de una clase media decepcionada que en las encuestas (por el momento) está abandonando a Cambiemos y busca otra oferta electoral.

 

La otra pata de los anuncios va en búsqueda de un veranito cambiario-financiero y consiste en la modificación de la banda cambiaria manteniendo congelado el piso y techo de la misma en los valores actuales de $ 39,75 y $51,50 respectivamente hasta fin de año. Esta medida viene a sumarse a otras que impulsó el BCRA para contener sucesivos rounds cambiarios que aparecieron tempranamente a mediados de febrero (se extendió el congelamiento de la base monetaria hasta noviembre 2019, subió la tasa de interés al 67% anual y se fijó un piso en el 62% durante abril).

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Este nuevo congelamiento, ahora de las bandas, persigue el objetivo de sumar otra herramienta para contener la inflación con algo de apreciación del tipo de cambio real y tratando de aplacar las expectativas devaluatorias más que nada de cara a los meses más calientes de incertidumbre electoral donde aumentará la dolarización de carteras. Adicionalmente al eliminar la posibilidad de comprar dólares si el tipo de cambio perfora el piso de la banda (hasta fines de junio) está descartando inyectar pesos por esta vía y reforzando la contracción monetaria.

 

Resulta probable que a corto plazo (hasta promediar junio) tengamos un dólar más calmo que se deslice entre el piso y el medio de la banda pero sin “saltos discretos” que tanto complican las expectativas de inflación. Pero esto será producto más de un mercado con mayor volumen de oferta (aproximadamente US$ 120 millones diarios entre las ventas del tesoro y la liquidación de la cosecha) que de la confianza lograda con estos anuncios.

 

Es que más allá de la efectividad de las medidas en el corto plazo (que veremos con el curso de las semanas), subyace un proceso de pérdida de credibilidad tanto en el accionar de la autoridad monetaria como de la política económica en general.

 

El esquema más de fondo que nos rige el plano económico es el programa acordado con el FMI, con sus dobles ceros (para el déficit y para la base monetaria) más los US$ acordados en el stand-by para evitar el default, y el mismo ha ingresado en una etapa de rendimientos decrecientes. En lo monetario la brutal contracción real de pesos en la calle junto con tasas de interés en las nubes no aplaca un fenómeno inflacionario que tiene una inercia peligrosa y muy lanzada que no responde a la medicina recetada por el FMI. En lo fiscal, ha entrado en un cono de sombras el “logro” del segundo cero, producto de una recesión prolongada que afecta con distinta intensidad las fuentes de recaudación de impuestos. El reciente mini paquete para reactivar también tiene costo fiscal que habrá que imputar a dicho desvío. Y en lo financiero el índice de riesgo país se sostiene en los máximos desde que se lanzó el programa en octubre de 2018, producto del riesgo creciente de insostenibilidad de la deuda a mediano plazo.

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Nos encontramos en un punto donde el marco fiscal y monetario aplicado desde octubre de 2018 no logra los resultados previstos, más aún en un contexto dominado por la incertidumbre político-electoral donde la elección es a todo o nada, con enfoques de política económica diametralmente opuestos entre los contendientes que tienen mayor chance hasta el momento.

 

Buscar instalar “veranitos” (económico y financiero) puede ser una respuesta lógica y defensiva de corto plazo ante un presente de malos resultados. Pero de ninguna manera resultará un camino para ofrecer soluciones de fondo al tema inflacionario y a la ausencia de crecimiento, sino simples atajos para ganar tiempo y repensar el esquema de política macroeconómica de manera más integral y sostenible.