Un intento de reflotar el eje Washington-Brasilia

25 de marzo, 2019

BOLSONARO Y TRUMP

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

El Presidente de Brasil, Jair Messías Bolsonaro, no ahorró elogios, propuestas o significativas concesiones para demostrar, en su primera visita a la Casa Blanca, la profunda admiración que siente por Donald Trump y por el estilo de vida de esa nación. Algunos calificaron el encuentro como una expresión simbólica de la extrema derecha, una etiqueta posible si existiese un plan global además de una negociación que todavía no se extiende mucho más allá de las relaciones bilaterales. Hace tiempo que el habitante de Planalto es conocido como el “Donald Trump tropical”, un apodo que parece enorgullecer a su natural destinatario. Ello también explica la prioridad que dio, en los comentarios previos al diálogo presidencial, a la noción de enfatizar que su gobierno venía con el mismo espíritu que Brasil puso de manifiesto al ser el único del continente en sumarse a Estados Unidos cuando el Presidente Franklin D. Roosevelt le declaró la guerra a la Alemania de Adolf Hitler. El nuevo Gobierno vino a cambiar, dijo, el enfoque anti-estadounidense que prevaleció por largo tiempo en la política exterior de su país.

 

Entre las diversas concesiones que se definieron en la visita, se advierte la creación de una cuota tarifaria preferencial de 750.000 toneladas (arancel cero) para la importación de trigo estadounidense a Brasil (acordada originalmente en la Ronda Uruguay del GATT), la que había caído por decisión de gobiernos de ese país que antecedieron a Bolsonaro (a lo que me referiré en detalle en una próxima columna).

 

El Comunicado Conjunto emitido el 19 de marzo, tras el diálogo de práctica, destaca que ambos Presidentes decidieron crear una nueva Asociación orientada a aumentar la prosperidad, fortalecer la seguridad, promover la democracia, la libertad y, por último, aunque no lo menos importante “la soberanía nacional” (lo que incide sobre el valor real de las acciones y medidas de apoyo aplicables en el marco de la OCDE y la OMC). A continuación los mandatarios destacaron su respaldo al Presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó y a la Asamblea Nacional de ese país, mientras trabajan pacíficamente con el objetivo de restaurar el orden constitucional en esa nación. El concepto de hacerlo en forma pacífica, suena a rebajar un cambio la noción de tener todas “las opciones sobre la mesa” que había lanzado unilateralmente Trump.

 

También acordaron profundizar los esfuerzos de asociación en el marco del foro bilateral sobre Seguridad destinado a combatir el terrorismo, el tráfico de armas y narcóticos, los crímenes cibernéticos y el lavado de dinero. En ese contexto, el presidente Bolsonaro se dispone a eximir del requisito de visa a los turistas estadounidenses, antes exigido por Brasilia debido a la falta de reciprocidad de Washington, en tanto ambos decidieron hacer lo necesario para que Brasil participe del Programa del Ministerio (Department) de Seguridad Doméstica a fin de que sus ciudadanos gocen del status de Visitante Global Confiable (Trusted Traveler Global).

 

El presidente Trump dejó constancia que su país intentará lograr que se designe a Brasil como aliado mayor extra NATO, un status que se asemeja al concedido por Washington a Argentina en la época del expresidente Carlos Menem. Paralelamente, el texto enfatiza el hecho de que Brasil suscribiera el Acuerdo sobre Salvaguardias Tecnológicas, lo que permitirá que Estados Unidos utilice la base espacial de Alcántara, un negocio en constante crecimiento que puede originar para ese país, no sólo por parte de Estados Unidos, ingresos anuales estimados en unos US$ 10.000 millones. Según Trump esa plataforma tiene una ubicación privilegiada y permitiría reducir sustancialmente el costo operativo de ciertos programas de la Nasa.

 

Ambas naciones acordaron encaminar, a través la Comisión Bilateral de Comercio, el estudio de iniciativas que faciliten el intercambio y las buenas prácticas regulatorias (sin aclarar la definición aplicable a ese concepto). El texto del comunicado tampoco alude ni excluye en forma directa a un Acuerdo de Libre Comercio, algo que el doctor Paulo Guedes, Ministro de Finanzas de Brasil, se aventuró a mencionar en la Cámara de Comercio de los Estados Unidos. Según politólogos brasileños, aún no está resuelto el consenso interno sobre el particular entre los Ministerios de Hacienda y Relaciones Exteriores.

 

En adición a ello, Brasil aceptó aplicar un enfoque científico para aprobar o desaprobar la importación de carne porcina de los Estados Unidos, lo que ya existe como obligación legal bajo las reglas de la OMC (aclaración mía). Paralelamente Washington adoptará criterios espejo para evaluar el reingreso de las carnes rojas brasileñas al mercado estadounidense, con el objetivo final de aprobar un Acuerdo de Reconocimiento Mutuo en materia sanitaria y la aplicación del Programa Trader Confiable (Truster Trader). Enfoques similares se contemplarán para el desarrollo conjunto de inversiones en el sector energético. El paquete incluye el compromiso del presidente Trump de respaldar el esfuerzo de Brasil por iniciar las negociaciones destinadas a convertirse en miembro pleno de la Ocde, algo que el jefe de la Casa Blanca vino haciendo en los últimos tiempos en favor de nuestro país.

 

Sobre eso último conviene tener en cuenta tres cosas. Primero, el titular de la Oficina del Representante Comercial (USTR), embajador Robert Lighthizer, no estaría muy entusiasmado con la decisión de brindar tal apoyo por considerar que Brasil aún tiene un aparato comercial muy proteccionista y la OCDE carece de mecanismo de solución de diferencias como el existente en la OMC, lo que suena un poco raro debido a que esa entidad siempre operó en base a los compromisos y acciones voluntarias de las partes. Segundo, porque si se aplicaran las mismas exigencias que recaen sobre los candidatos a Miembro, a quienes ya son sus Miembros tradicionales, la mayoría no pasaría el examen. Y tercero, se le pidió a Brasil que renuncie a su condición de país en desarrollo en la OMC, requisito que el gobierno de Bolsonaro está dispuesto a aceptar sin reservas, lo que obviamente no es noticia en la política exterior del vecino país. Según los observadores, aspectos psicológicos aparte, tal decisión tampoco iría muy lejos debido a que la actual propuesta estadounidense para la reformulación del modo de adquirir el status de desarrollo no parece cosechar una significativa corriente de apoyo en Ginebra. Mi opinión, ya publicada, es que ninguno de los enfoques resuelve el problema de fondo.

 

A quienes se apuran en aceptar esta clase de propuestas, es bueno recordarles que renunciar al status sólo aumentan las obligaciones del país sin ninguna ventaja tangible, lo que no implica simpatía alguna de mi parte con el actual mecanismo de elección del status de desarrollo (mis propuestas sobre el tema pueden encontrarse en columnas recientes publicadas en El Economista).

 

El otro problema que ven los estudiosos del crecimiento económico brasileño, incluidos los del FMI, guarda similitud con la clase de estrangulamientos observables en la Argentina. Modificar el complejo y carísimo mecanismo de pensiones de ese país requiere, entre otras cosas, algún ajuste constitucional y apoyo legislativo, una decisión nada fácil para el gobierno de Bolsonaro, quien aún no cuenta con adecuado respaldo en esa área del poder.

 

Los indicadores económicos de Brasil son, excepto la relativa estabilidad de precios y la solvencia de su balanza de pagos, bastante inquietantes. La política comercial es en esencia cerrada, impera el proteccionismo regulatorio y ello incide claramente en su tasa estructural de crecimiento. De hecho, la Ocde espera que la expansión de 2019 no alcance el 2% (1,9%). Tampoco resulta alentador el desenvolvimiento de la deuda pública, cuyo nivel alcanza a casi 90% del PIB y llegaría al 100% en 2023. La tasa de desocupación ronda y se mantiene, desde hace tiempo, en alrededor del 12%.

 

Contra lo que suele decirse, los indicadores globales sugieren que Brasil se ubica en el puesto 109 entre 190 países, en lo que respecta a la facilidad de crear negocios, tema que suele ser opinable.

 

El FMI se pronunció en favor de reformas fiscales inmediatas destinadas a modificar aquellos gravámenes que no requieran tratamiento legislativo para su concreción. Sus técnicos entienden la dificultad de reformar una estructura de gasto público donde la mayor parte de las erogaciones son salarios y pensiones, una tendencia que convive con una bajísima tasa de inversión.

 

Los dos puntos que se escondieron bajo la alfombra durante la visita del presidente Bolsonaro a Washington son el déficit comercial de Estados Unidos con Brasil, el que ronda los US$ 27.000 millones anuales (algo que suele herir la sensibilidad mercantilista de Trump y sus apóstoles), y el conflicto, por el momento en suspenso, del aumento unilateral de los aranceles de importación al aluminio y el acero que Washington decidió aplicar unilateralmente el año pasado.

 

El ministro de Hacienda de nuestro vecino país entiende a la perfección que Brasil no puede, a pesar de este sustantivo proyecto de alianza, poner todos los huevos en una sola canasta. Lo que aún no está claro es el cómo y con quien desea explotar el fruto del esfuerzo que proviene de sus maravillosas gallinas, el por el momento indescifrable gobierno de Bolsonaro.

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