Obituario para un gran economista

26 de marzo, 2019

Alan Krueger

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la FCEUBA

 

El mundo de los y las economistas no es fácil. En una disciplina donde existen tantas escuelas de pensamiento, tantos potenciales intereses y tanta diversidad ideológica, que no resulta fácil ser reconocido por la mayoría. En ocasiones incluso sucede que los galardones, en lugar de consensuar el respeto, actúan como un desprestigio, como cuando los críticos resaltan el origen espurio del Premio Nobel de Economía al ser otorgado a un economista cuyas ideas no comparten. Los economistas modernos más conocidos tampoco han logrado una aceptación general. Paul Krugman, Joseph Stiglitz o Robert Lucas son a menudo vilipendiados por sus ideas por varios colegas.

 

Aun así, es posible seguir buscando candidatos al reconocimiento amplio, o al menos detectar posibles colegas que no sean tan criticados. Alan Krueger, un economista de 58 años que falleció la semana pasada, podría ser uno. Sus antecedentes académicos son impecables. Se doctoró con honores en Harvard y pronto comenzó a destacarse por sus trabajos relacionados con el mercado de trabajo. Publicó en revistas especializadas más de 140 artículos y escribió o editó 8 libros relacionados con su especialidad. El más curioso de ellos investiga las raíces del terrorismo, siendo Krueger uno de los primeros en proveer evidencia que derriban el mito de que estos movimientos se alimentan de la pobreza o de la falta de educación de sus integrantes. Su próximo libro, ya finalizado y por publicarse en unos pocos meses, estudia en detalle el mercado de la música popular, un trabajo que Krueger etiquetó en un paper anterior como Rockonomics.

 

Dos aportes teóricos centrales se asocian con su nombre. Uno tiene que ver con un trabajo empírico junto al economista laboral David Card que mostró, contrariamente a lo que indica la teoría tradicional, que las subas del salario mínimo no reducían los empleos precarios. La otra contribución es conocida como la “Curva Gran Gatsby”, que ilustra con el título de la obra de Scott Fitzgerald su tesis de que las naciones con elevada desigualdad tienen menor movilidad social, y por lo tanto menos oportunidades para las clases bajas.

 

En cuanto a su trabajo aplicado, Krueger trabajó como servidor público asumiendo como jefe de asesores del expresidente de Estados Unidos Barack Obama justo en el momento en que el mundo sufría de una de las peores crisis desde los ’30: la Gran Recesión de 2009. Participó entonces de la reacción keynesiana que promovió políticas expansivas para reducir el desempleo y recuperar la actividad, reacción coordinada globalmente que seguramente evitó al mundo sufrir otro episodio de depresión como el de 80 atrás.

 

Krueger fue mencionado más de una vez por sus colegas como un candidato al Nobel, y ciertamente tenía mucho talento y varios años por delante para lograrlo. Pero para sorpresa de muchos, a los 58 años decidió él mismo interrumpir su vida. Irónicamente, parte de su trabajo lo dedicó a estudiar los determinantes de la felicidad humana. Con o sin consensos, mi opinión personal es que se nos fue demasiado pronto un gran economista.

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