Entre bienestar y malestar

18 de marzo, 2019

Por Carlos Leyba

 

Entre 1944 y 1974 rigió en nuestro país el modelo de Estado de Bienestar. En ese período, el gasto público y la presión tributaria orillaban 20% del PIB. La mitad que hoy, a pesar de que en ese entonces el Estado administraba parte del transporte, el teléfono y la energía, así como la mayor parte de la salud y la educación. La deuda externa era mínima y mínima la desocupación y la pobreza. El Coeficiente de Gini fue el más bajo de las mediciones que siguieron y el ingreso per cápita fue superior al de los siguientes 20 años. Se asistía al comienzo de una transformación industrial exportadora y la tasa intercensal de expansión (1964-1974) de la industria fue del 7% anual acumulativo.

 

A principios de Siglo XX, nuestro PIB por habitante representaba 75% del de Australia. En 1974 también. Entre 1944 y 1974, el PIB por habitante creció al mismo ritmo que el estadounidense. Después el derrumbe.

 

El Estado de Bienestar era fiscalmente “barato” y, por eso, la presión tributaria fue la mitad de cuatro décadas después. ¿Por qué?

 

Martín Lagos y Juan Llach, ejecutor de la Convertibilidad menemista, señalan, entre 1870 y 2008, siete “etapas del desarrollo respecto del mundo avanzado”. La etapa de mayor crecimiento fue la de 1963-1975 (3,32% anual del PIB por habitante), superior a la de los países avanzados y lejos de la de 1870-1910 (2,72% anual).

 

“Lo mejor del pasado argentino” fue el período del Estado de Bienestar (datos Lagos y Llach dixit) que pudo haber nacido, en la crisis de los ‘30, con Raúl Prebisch y Federico Pinedo.

 

Pero, a fines de los 60 del Siglo XX ese modelo fue cuestionado por la “revolución armada para el socialismo nacional”. Muchos de sus miembros de entonces hoy militan en el neoiberalismo que finalmente se impuso e instaló el Estado de Malestar en el que penamos hace cuatro décadas y que nos amenaza con días peores.

 

La guerrilla quería derogar el Estado de Bienestar porque “retrasaba la revolución socialista”.

 

Del otro lado, el miedo a la irracional guerrilla hizo que los promotores del “mercado” como conductor de la economía y de la apertura comercial como disciplinador social; procuraran el “colapso” del Estado de Bienstar que, durante la Dictadura de Agustín A. Lanusse, atravesaba por el estancamiento de la actividad y la aceleración de la inflación que, en mayo de 1973, fue 80% anual.

 

Ambas minorías sectarias, incapaces de convivencia democrática, recibieron una masiva respuesta de los partidos tradicionales, organizaciones obreras y de empresas nacionales, que lograron una salida democrática para solidificar el modelo del Estado de Bienestar que llevaba 30 años de vigencia con logros en términos absolutos y comparados con el resto del mundo.

 

Recuperada la democracia, en 1973, era necesario recomponer la distribución progresiva del ingreso. La productividad había crecido de manera extraordinaria. La distribución del ingreso estaba en retroceso, limitando al mercado interno. Se acordó (partidos, sindicatos, empresarios) un combate a la inflación (80% en mayo de 1973) y al aumento del desempleo. Era la “estanflación”. La vía civilizada para superarla era una politica de ingresos por consenso, basada en una estrategia de desarrollo a largo plazo. Se hizo.

 

Había que romper el estancamiento en las exportaciones, incorporando las exportaciones industriales y la expansión de la frontera agropecuaria.

Te puede interesar:  Treinta años no es nada

 

Es que toda vez que existe un proceso de incremento de la productividad, como el verificado en la década del ‘60, es imprescindible dar una “salida” a la misma por la expansión del consumo y de las exportaciones, pero controlando la presión inflacionaria.

 

Los resultados positivos de 19731974 fueron destacados por el FMI en su informe de diciembre de 1974.

 

Pero en 1975, en un escenario debilitado por el asesinato de José Rucci, la crisis del petróleo y la muerte de Juan D. Perón, la política generó un vacío en el que creció –en un operativo de pinzas no programado– la acción por la derogación del Estado de Bienestar. Para instalar el socialismo –la guerrilla– o para entregar el gobierno de la economía, de manera excluyente, al mercado, era necesario desmantelar las herramientas del Estado de Bienestar.

 

Así se construyó el Estado de Malestar que nos rige hace 40 años. Paradojicamente, hoy, el peso del Estado supera 40% del PIB.

 

La consigna fue desmontar la industrialización, cerrar la diversificación y retroceder en la distribución del ingreso. La doctrina, “achicar el Estado es agrandar la Nación”.

 

Duplicaron el peso del Estado y achicaron la Nación. Un tercio de la población es el ejército de los excluidos de la Nación. Privatizaciones y declinación absoluta de la calidad de educación, seguridad, justicia, salud. No hay ejemplos de semejante daño autoinflingido.

 

La doctrina del malestar prescribió la interrupción del todavía incompleto proceso de industrialización sustitutiva de importaciones, el abandono de la estrategia de desarrollo de largo plazo y de la política de ingresos consensuada; desmanteló un programa de exportaciones de desarrollo creyendo que el progreso derivaría de liberar las importaciones perforando las cadenas de valor nacionales. Ese es el discurso de la “economía cerrada”. La realidad es que, en 1974, 90% de un automotor se producía en el país y ahora importamos el 90% de un auto.

 

La apertura financiera (cultura del pedal), la excluyente tasa de interés fijada por el mercado y la apertura comercial con tipo de cambio retrasado para reprimir la inflación, son las herramientas del Malestar. La consecuencia: desempleo, pobreza y construcción de la cultura de una economía para la deuda externa.

 

“Desde la puerta de La Crónica, Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: … ¿En qué momento se había jodido el Perú?” (“Conversaciones en La Catedral” de Mario Vargas Llosas). ¿En qué momento se desencadenó esta decadencia en la que estamos atrapados? No hay percepción de decadencia sin una memoria previa de progreso.

 

Preguntar “¿en qué momento se había jodido…?” supone aceptar que, previamente, hubo una trayectoria de progreso. ¿Cuándo esa trayectoria cambió de signo?

 

“Argentina se encuentra ya en proceso de dividirse en dos naciones, una privilegiada y próspera, y la otra herida por la pobreza, pero con memorias frescas de días mejores” (Buenos Aires Herald, 1978). Destaco “memoria fresca de días mejores”.

 

En 1978 llevábamos dos años de Dictadura genocida que fue la condición necesaria para instalar un modelo que requería de violencia.

 

El parte aguas de 1978 divide a la sociedad en “dos ciudades”. Los 800.000 habitantes que sobrevivían bajo la línea de la pobreza en 1974 (EPH) se convirtieron hoy en más de 12 millones. ¿Cómo empezó?

Te puede interesar:  Se deterioran las perspectivas económicas en Brasil

 

Todo empezó con los hombres del Rodrigazo (1975) que reaparecieron durante la Dictadura y volvieron con Carlos Menem, algunos con la Alianza y otros en Cambiemos. Según ellos, “el futuro” obligaba a destruir las bases de 30 años de progreso sistémico, es decir, acabar con el Estado de Bienestar. Ese es un discurso dominante desde 1975 hasta el presente.

 

El PRO es su versión extrema. Pero, en la práctica, los K mantuvieron la ausencia de inversiones transformadoras. No ha habido política industrial desde 1975. En su lugar se instaló la promoción discursiva de los recursos naturales y se expandió el sector de no transables. El PRO en la práctica deroga la diversificación. Imagina un país primario. No se ocupa de un país productivo y ha instalado un sistema de premios ilimitados a la especulación financiera. País de consumidores, pero endeudado.

 

Para el PRO “el arte” es un dólar controlado por tasas de interés estratosféricas que garantizan la renta especulativa.

 

Todos los procesos de apertura con tipo de cambio bajo (Dictadura, menemismo, gran parte del kirchnerismo, el PRO) apostaron a las ventajas comparadas naturales. Mauricio Macri especifica Vaca Muerta, el viento, el sol, el agro y el litio: en su planteo son los ejes del subdesarrollo primarizante.

 

El Estado de Malestar es el desempleo y la capacidad ociosa de la actividad industrial; la pobreza del 33% de la población y del 50% de los jóvenes menores de 14 años.

 

José Hernández dijo “ningún pueblo es rico, sino se preocupa de la suerte de sus pobres” (Instrucción del Estanciero, C. Casavalle, 1882).

 

La pobreza, que encoge a la Nación, es consecuencia de una organización de la economía incapaz de crear trabajo y atraer inversiones, que privilegia la suerte de las finanzas y el corto plazo. Es la entrega del futuro a la soberanía del mercado y al dominio irracional de la apertura. Es empujar barranca abajo.

 

¿Signos cotidianos de la decadencia? No todos los alumnos han comenzado las clases. Sí en las escuelas de gestión privada.

 

El dólar se dispara y para calmarlo garantizamos, a los especuladores, la tasa de ganancias más alta del planeta.

 

La inflación se pretende combatir con una tasa de interés que destruye la producción y se la atiza con una estrategia tarifaria al servicio de la oligarquia de los concesionarios que se quedaron con los bienes del Estado.

 

Signos vitales de nuestra decadencia presente y futura. Unos pagan y otros cobran.

 

En 1978 el Buenos Aires Herald avisó: “Argentina se encuentra ya en proceso de dividirse en dos naciones”. Una buena respuesta para Vargas Llosas. Nos “jodimos” cuando abandonamos la trayectoría del Estado de Bienestar.

 

¿Hay acaso en oferta un diagnóstico y una propuesta que aliente la esperanza de que abandonemos el canon del Estado de Malestar? No por ahora. Esa es la angustia que nos desvela. Hay dos caminos: uno el Estado de Malestar en el que estamos; y otro el Estado de Bienestar que hemos extravíado.

 

El del malestar hace 40 años que repite el fracaso: agranda el Estado y achica la Nación.

 

El de Bienestar, durante 30 años nos brindó el mayor crecimiento, la mayor justicia, la mayor prosperidad colectiva. “Lo nuevo es lo que se ha olvidado”, decía Francis Bacon.

Dejá un comentario