Un informe afirma que programas como la AUH no generan dependencia

14 de febrero, 2019

 

“¿Es verdad que los programas de ayuda sociales, como la AUH, crean dependencia?”, se preguntó Diego Vera-Cossio en una columna publicada en el portal del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

 

“Durante décadas esta pregunta ha sido objeto de agitadas discusiones puesto que quienes apoyan estos programas los consideran una línea de asistencia esencial para los pobres, mientras que los críticos los condenan alegando que incentivan la pereza y generan dependencia”, explica el autor. Más allá de sus éxitos en reducir la pobreza o aumentar la escolarización, “los escépticos sostienen que estos programas corren el riesgo de crear una cultura de dependencia, del ocio y un desempleo crónico”, dice Vera-Cossio.

 

  • El caso de Bolivia. Su investigación demuestra que esos temores pueden ser infundados y, en realidad, que los programas de Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC) aumenten la participación en la fuerza laboral. “He analizado un programa a nivel nacional en Bolivia que a partir de 2006 otorgó una TMC a todas las familias con hijos en la escuela pública, con la condición de que éstos asistieran a clases el 80% del tiempo. Constaté que, en Bolivia, donde las tasas de matriculación escolar ya superaban el 90% antes de la implementación del programa y donde, por ende, las condiciones ya se cumplían, las transferencias monetarias no aumentaron la inactividad de los adultos”, dice Vera-Cossio y añade: “Por el contrario, crearon oportunidades para que las madres de los niños que recibían las transferencias comenzaran sus propios negocios, ingresaran en el mercado laboral y empezaran a adquirir independencia. En otras palabras, el denominado ‘dinero gratis’ producto del programa de TMC de Bolivia no perpetuó el ciclo de dependencia sino, más bien contribuyó a ponerle fin”.

 

  • Las mujeres son las grandes beneficiadas. La TMC Bolivia no está focalizada a los hogares más pobres. Aunque son elegibles para participar en el programa, también pueden hacerlo los hogares que están en condiciones relativamente mejores, que habrían mandado a sus hijos a la escuela aunque el programa no existiera y que podrían utilizar el dinero para encontrar una manera de ingresar en la fuerza laboral. “Dado que el 95% de los hombres cabezas de hogar en Bolivia ya tenían algún tipo de empleo –en comparación con el 70% de las mujeres cabezas de hogar – los recursos extra beneficiaron a las mujeres que se encontraban en una situación más favorable al permitirles ingresar en la fuerza laboral. Los recursos del programa les ayudaron a superar las restricciones monetarias que les impedían tener acceso al empleo”, dice.

 

  • ¿Cómo? La TMC en Bolivia eran sólo 200 bolivianos (US$ 25) anualmente por cada niño. Poco. “Aun así, una mujer con cuatro hijos que recibiera US$ 100 tendría suficiente para comenzar un pequeño negocio, como comprar ropa o comida en una ciudad grande y revenderla en zonas rurales. Y ese dinero extra puede hacer una diferencia”, dice el autor. En rigor, encontró que la TMC aumentaba en cuatro puntos porcentuales la probabilidad de que las mujeres de los hogares trabajaran, sobre todo a través del autoempleo, y que aumentara el número semanal de horas trabajadas en 2,5 horas.

 

  • Un estudio de varios economistas del Banco Mundial muestra que otorgar ayudas monetarias a los empresarios pobres les permite ampliar sus negocios y, de esa manera, aumentar sus horas laborales. A la vez, otro estudio reciente llegó a la conclusión de que las transferencias monetarias a grupos de jóvenes ugandeses que participaron en una formación profesional y en la puesta en marcha de nuevos negocios generaron aumentos del 17% en el número de horas trabajadas.

 

  • Los programas de transferencia condicionada y el crédito. El estudio de Vera-Cossio sobre Bolivia tiene otra conclusión. “La gran mayoría de los aumentos del empleo gracias al programa se producía en zonas donde los bancos y otras instituciones financieras tenían muy pocas o ninguna sucursal. El acceso al crédito en estas zonas fundamentalmente rurales era limitado, o en el caso de los prestamistas informales, prohibitivamente caro. Si bien los resultados de mi estudio subrayan la efectividad de los programas de TMC para ayudar a las mujeres que carecen de acceso al crédito, también ponen de relieve un cuadro que dista mucho de ser el ideal cuando se trata del desarrollo financiero”, dice y sugiere: “Los programas de lucha contra la pobreza, al igual que las TMCs, deberían centrarse en zonas pobres con escaso acceso a los servicios financieros. Como se debate actualmente en algunos círculos políticos, las TMC incluso podrían utilizarse como garantías en los préstamos. La clave reside en ayudar a los receptores a conseguir el dinero que necesitan para comenzar un negocio”.

 

  • La evidencia parece clara, entonces. “Los programas de TMC como el de Bolivia no promueven la dependencia. Sus beneficiarios no utilizan la ayuda extra para abandonarse al ocio o derrochar dinero en bienes de lujo. No abandonan voluntariamente el mercado laboral. Al contrario, cuando reciben un poco de ayuda monetaria, es probable que comiencen su propio negocio y busquen una manera de salir de la pobreza por sus propios medios para el propio bien y el de sus familias”, expresa.

 

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