Macri y Cristina ante el “menosmalismo”

4 de febrero, 2019

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Por Nicolás Solari Poliarquía

 

En el laboratorio de campaña del macrismo se destacan por sobre todas las lides electorales tres hechos notables que explican buena parte del surgimiento y apogeo del partido amarillo. En la prehistoria de Cambiemos, el equipo de comunicación de Mauricio Macri se encontró en 2003 con el primer gran desafío que afrontaría el PRO. Tras perder el balotaje de la Ciudad de Buenos Aires a manos de Aníbal Ibarra, Marcos Peña y compañía comprendieron que sin morigerar los niveles de rechazo a Macri les sería imposible ganar el Gobierno de la ciudad. El aporte de Jaime Durán Barba fue fundamental y permitió desacartonar la figura de un Macri frío y desalmado mediante su asociación con el fútbol y con figuras como Gabriela Michetti, primero y María Eugenia Vidal, después. El trabajo fue exitoso y en 2007 Macri superó la prueba de fuego al ganarle el balotaje a Daniel Filmus. Se habían sentado las bases del proyecto político que años después terminaría con la hegemonía de peronistas y radicales en la Casa Rosada.

 

Si el primer gran éxito de PRO fue ablandar la imagen de Macri, el segundo fue focalizar la comunicación partidaria más sobre la gestión que sobre la política. El Pro disimuló desde siempre sus posiciones ideológicas de la centroderecha y, en su lugar, resaltó la completa adscripción a la gestión de las problemáticas públicas. En el Metrobus yace el emblema de esa gestión desideologizada que acudió al encuentro del porteño, y que incluye también pasos bajo nivel, canales aliviadores, plazas, parques y veredas, luminarias Led y el desarrollo del sur de la Ciudad. La política de obras públicas inaugurada por Macri y perfeccionada por Horacio Rodríguez Larreta sigue en buena medida blindado el dominio del PRO en la Ciudad de Buenos Aires pese a los avatares políticos que sacuden al país.

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Más cerca en el tiempo, la decisión de polarizar con el kirchnerismo se erigió en la piedra angular del proyecto nacional de Cambiemos. Tras doce años de Gobierno, ya sin posibilidades de reelección, el cristinismo se exhibía vulnerable para conservar el poder. En un ajustadísimo balotaje, Macri se hizo con su primera victoria nacional al reunir una estrecha mayoría del 51%. La explicación del triunfo macrista se haya insolublemente ligada el alto rechazo que la exmandataria generaba en un sector mayoritario de la sociedad.

 

En 2017, la ingeniería PRO volvió a alinear los tres elementos centrales de su estrategia. Nuevamente la buena imagen pública de Macri, el rumbo de la gestión apuntada a la obra pública y la confrontación directa con el cristinismo –sobre todo en el campo de la lucha a la corrupción- redituó en una victoria nacional que, en palabras de Macri, invitaba a pensar en 20 años de hegemonía cambiemita.

 

Ahora, en la recta final hacia la campaña presidencial de 2019, el modelo macrista se resquebraja peligrosamente. Es que si bien la confrontación con el cristinismo sigue definiendo la dinámica de la campaña, los elementos accesorios que cerraban el círculo virtuoso del macrismo se han ido diluyendo. La crisis económica de 2018 se llevó puesta buena parte de la obra pública mientras que el acercamiento al FMI y el ajuste fiscal empujaron a Cambiemos lejos de la órbita de la gestión y cerca del fárrago ideológico.

 

De todos modos, la transformación más importante es la que aconteció con la imagen personal de Macri. En efecto, como en un juego de espejos, el Presidente ha ido asimilando su posicionamiento público al de Cristina Kirchner. La “cristinización” de la imagen de Macri hace así referencia a un proceso que incluye proporciones e intensidades. Por un lado, hay un deterioro de la imagen neta como resultante del debilitamiento de la imagen positiva y el crecimiento de los niveles de rechazo. Por el otro, hay una intensificación de la animadversión, no ya en su extensión sino en su profundidad. Así, el odio visceral de algunos sectores a Cristina ha sido neutralizado e incluso desbordado por el rechazo que provoca la figura del actual mandatario. Las encuestas de opinión pública registran el primer proceso mientras que los focus groups confirman lo segundo.

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En estos poco auspiciosos términos tendrá lugar la elección presidencial de 2019. La yegua y el gato, las dos figuras más denostadas de la política argentina son también los más convocantes de cara al proceso electoral. El Gobierno tiene a su favor el manejo del Estado; el cristinismo, el mal humor social y la posibilidad de señalar los muchos desaciertos de una administración deficitaria en su gestión y sus promesas.

 

Lejos del ideal democrático del debate de ideas, el servicio público y la competencia meritocrática, la elección del menos malo definirá la contienda. Como en todo duelo, el que imponga las armas gozará de la ventaja inicial. Cambiemos quiere que el menos malo sea medido con la vara de la lucha contra la inseguridad, el narcotráfico y la corrupción. Para el kirchnerismo, el malómetro debe tener como unidad de medida el consumo y la económica personal. Mal de muchos, consuelo de tontos, pero el menosmalismo no es una anomalía de Argentina. Como una pandemia que amenaza la salud democrática del globo, basta mirar a Estados Unidos o Brasil para entender la clase de encrucijada a la que se enfrentarán muchos de los votantes argentinos.

 

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