La inflación, un relato descarnado

28 de febrero, 2019

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Por Guido Lorenzo Economista Jefe de LCG

 

Una de las dudas que empieza a surgir es si la inflación puede bajar más de 20 puntos en 2019, como estaba previsto en el Presupuesto. La pregunta es algo engañosa porque en la punta de diciembre puede ser que veamos una inflación interanual de 32% – 34%, una desaceleración bastante fuerte respecto al 47,6% que vimos en diciembre de 2018.

 

Sin embargo, la inflación interanual, lejos de desacelerarse, llegará al 54% interanual para el mes de mayo. Aún más, en el promedio superará el 40%, cuando el año anterior la inflación promedio fue inferior: 34,2%.

 

Independientemente del número, alguno podrá ser más optimista y otro más pesimista, pero la inflación sigue siendo un problema. Ahora la carne aparece como el culpable y pronto empezarán a salir índices de inflación “descarnados”, y así tendremos una inflación sin precios regulados, sin estacionales, sin carne y demás. Eso estaría perfecto si sacándole todos los componentes llegamos a algo cercano a 0% de inflación. En ese caso podríamos hablar de ‘tariflación’ o ‘carneflación’, pero lo que es descarnada es la realidad. La inflación sigue siendo alta. ¿Por qué sucede esto, entonces?

 

El crecimiento de la base monetaria cercano a 0% y las consecuentes tasas de interés elevadas, en el mejor de los casos, reducen el PIB nominal, pero no sabemos con qué intensidad eso puede ser menores aumentos de precio y menor actividad. En el medio, incluso, la demanda de circulante (velocidad de circulación del dinero) juega un rol fundamental. Una variable que el BCRA proyecta históricamente debido a la estacionalidad pasada, independientemente de que haya cambiado el programa monetario. Los efectos de la política monetaria dura sobre la inflación tardarían más de un año en verse efectivamente y el proceso que se transita puede ser costoso en términos sociales y políticos para el oficialismo.

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El canal del tipo de cambio actualmente está ayudando, las tasas altas están conteniendo el tipo de cambio y, con ello, la inflación no toma más impulso. Los contrafactuales son difíciles de realizar en economía, pero creo que el consenso es amplio en que una aceleración del tipo de cambio redundaría en una aceleración de la inflación. Hasta qué punto se puede utilizar ese canal lo marcarán los datos de las cuentas externas. Argentina no puede seguir pretendiendo financiar un déficit externo de US$ 25.000 o 30.000 millones como el del último año cuando el crédito se frena.

 

El canal de las expectativas está deteriorado y el sobrecumplimiento de la base monetaria ya no causa efecto en las expectativas de inflación, algo que se va a reflejar casi con seguridad en el próximo REM. Esta relación, incluso, es peligrosa y las expectativas de mayor inflación terminan siendo profecías autocumplidas cuando se van verificando en los datos.

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Anunciar una inflación de 23% es poco creíble, no verificable y la consecuencia es la misma que cuando existía inflation targeting: no se coordinan expectativas hacia ese valor. Por el contrario, al concentrar todos los aumentos de regulados en el primer trimestre, le darán un impulso a la inflación de los trimestres posteriores y a la inflación núcleo de principios de año.

 

En la decisión de aumentar precios no sólo entra la inercia sino también lo que se espera que aumenten los precios en el futuro, y lo que esperan que hagan otros debido a que esperan que se acelere la inflación. Es un fenómeno bastante más complejo que la mera inercia.

 

La discusión de la inflación en nuestro país está atravesada por el tipo de cambio. Para desacelerar lo más posible se atrasa el tipo de cambio real. Cuando recupera terreno el dólar, la inflación se acelera. Aún resta pasar a precios minoristas la depreciación del peso del año pasado y, mientras más dinámica sea la actividad, más rápido es el pass-through. El dato positivo de actividad de diciembre indica que la actividad podría haber tocado piso y, con ello, se reavivará la inflación.

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