La hoja de ruta de las devaluaciones

18 de febrero, 2019

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Por Ramón Frediani Economista de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC)

 

La hoja de ruta o protocolo de las devaluaciones del tipo de cambio en Argentina tiene sesenta años y, a pesar del fracaso en su reiterada instrumentación, se ajusta estrictamente a un libreto aplicado al pie de la letra y en forma mecánica desde octubre de 1958 –Gobierno de Arturo Frondizi– cuando se produjo la primera gran devaluación (68%), consecuencia de un fuerte atraso cambiario acumulado entre 1954 y 1957, que generó en 1959 una inflación del 114% y una caída del PIB del 6,5%.

 

En general, sus efectos siempre fueron los mismos: inflación, fuga de capitales al exterior o a la economía informal, caída en términos reales de la recaudación fiscal, los salarios y las jubilaciones, licuación de ahorros en pesos en el sistema bancario, recesión y caída del PIB, cierre de pymes, aumento de la desocupación y la pobreza y aparición de las más diversas bicicletas financieras desalentando la inversión productiva.

 

Dejando de lado varias docenas de pequeñas devaluaciones ocurridas desde 1959 hasta nuestros días, otras devaluaciones relevantes del tipo de cambio con iguales resultados negativos fueron las de abril de 1962 (devaluación del 64,5%), marzo de 1967 (40%), junio de 1975 (99,3%), marzo de 1981 (226%), febrero de 1989 (61%), todo el 1989 (2.038% de devaluación), febrero-marzo de 1991 (66%), enero de 2001-marzo de 2002 (200%), enero de 2014 (19%) y 2018 (100%).

 

Durante la postdevaluación, se intenta por todos los medios de congelar al dólar, identificándolo como el malo de la película, ya sea su valor presente (Plan Austral congelando su valor en 80 centavos de austral y, poco después, hiperinflación y caída del Gobierno). Amordazando su sendero futuro mediante una tablita cambiaria (José A. Martínez de Hoz en 1978-1981). O frizándolo por una década (convertibilidad) con un final de terror (default). O cepo cambiario aplicado por Cristina Kirchner a la semana de haber ganado las elecciones presidenciales en octubre de 2011, o retrasando su valor mediante diversos métodos indirectos: promoción de variados carry trade, ventas futuras del BCRA, desdoblamientos cambiarios, persecución a cambistas informales (cuevas), campaña de rumores de que en la city circulan dólares billetes falsos, aumento de controles a las casas de cambio, impuestos a la compra de moneda extranjera, exigencias de validación y permiso previo de la Afip a los compradores (Axel Kiciloff en enero de 2014), etcétera. En general, estos métodos tienden a desalentar la compra de dólares y promover la pesificación de carteras dolarizadas.

 

Así, se aguanta lo más posible ese atraso forzado y artificial del tipo de cambio, pretendiendo torcerle el brazo a la inflación, aunque en realidad ésta no cede. Sólo se la mantiene reprimida mediante múltiples métodos: congelamiento de precios de alimentos y productos básicos de la canasta familiar; campañas de luchas contra el “agio y la especulación” (gobiernos peronistas); distorsión de datos del Indec modificando metodologías de cálculo del índices de precios (gestión kichnerista) o la eliminación de la carne de ese índice, cuando su precio sube excesivamente (método del exministro Martínez de Hoz en 1979-1980). Finalmente, otro método frecuente para combatir la inflación posdevaluación, fue abrir transitoriamente la libre importación de aquellos productos de la canasta familiar que subían demasiado sus precios (ingreso de pollos y cerdos desde Brasil, yerba mate desde Paraguay y/o manteca y lácteos desde la Comunidad Europea).

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La tercera etapa, cuando el atraso cambiario es más que evidente, se apela a obligar a los exportadores a ingresar las divisas en tiempo perentorio, para aumentar su oferta en el mercado interno. Esto ocurrió en los últimos años de Cristina con Guillermo Moreno (exsecretario de Comercio), quien llegó al extremo de exigir a los exportadores el ingreso de divisas a un plazo máximo de 15 días corridos desde el día de embarque de la mercadería.

 

El proceso continúa a fuego lento, hasta que finalmente la leche se derrama, el dique de contención se rompe y no hay forma de evitar que la demanda de dólares supere a la oferta, pues la inflación termina devorando al tipo de cambio reprimido. Poco a poco, los oferentes de dólares desaparecen del mercado, los compradores hacen fila para comprar, los exportadores demoran la liquidación e ingreso de divisas, el campo retiene los granos en silos bolsa sin enviarlos al puerto y así docenas de conductas individuales para proteger sus patrimonios e ingresos, sin darle tiempo a los funcionarios de turno, pues el mercado siempre fue, es y será más rápido que el reflejo de los funcionarios. En respuesta, éstos apelan a medidas aún más drásticas como la pesificación de depósitos en dólares en el sistema bancario (Eduardo Duhalde en enero de 2001) o su confiscación mediante un canje compulsivo por un bono a diez años (Carlos Menem en enero de 1990). El resultado es más que obvio: el tipo de cambio brinca como un resorte y no lo para ni el BCRA con sus reservas (muchas de ellas alquiladas) y mucho menos las apelaciones ingenuas al patriotismo por parte de los más altos funcionarios, exhortando a la población a que confíen en la moneda nacional.

 

La mejor experiencia fue durante la presidencia de Arturo Illia (1963-1966), que adoptó pequeños ajustes periódicos del tipo de cambio (crawling peg), para no atrasarlo respecto a la inflación y así mantener su valor real. El resultado fue exitoso: expansión sostenida de las exportaciones, superávit en balanza comercial, reducción de la deuda pública externa, y un gran crecimiento del PIB: 10,3% en 1964 y 9,2% en 1965. Era simplemente lo que hoy hacen la mayoría de los países normales: sus tipos de cambio nominales, aunque libres, siguen por lo general (+ o – 2% a 3% anual) un sendero de cotización actualizado diariamente por la inflación interna, corregida a su vez por la variación del valor internacional del dólar (índice USDX: media geométrica de cotización del dólar respecto a la canasta de las seis monedas más importantes del mundo, que son el euro, el yen, la libra esterlina, el dólar canadiense, la corona sueca y el franco suizo). De esta forma, no se atrasa en términos reales ni tiene saltos extremos su valor nominal.

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Al reflexionar sobre la docena de grandes devaluaciones del tipo de cambio ocurridas en Argentina en los últimos sesenta años (19592019), se observa que no fueron fruto de decisiones racionales deliberada y fríamente concebidas como instrumentos dentro de programas de estabilidad y crecimiento a largo plazo, sino que en todos los casos fueron fruto de decisiones improvisadas, apresuradas y a los empujones causadas por una reiterada mala praxis: usar al tipo de cambio como ancla antiinflacionaria, olvidándose que la inflación no es un fenómeno causado por cuestiones monetarias ni cambiarias sino que en su raíz o esencia es un problema fiscal (déficit financiado con emisión o con deuda) aunque a la superficie emerja y se nos presente visualmente como un fenómeno de origen monetario y/o cambiario.

 

Desde mediados del siglo pasado lo sufrimos y lo sabemos de memoria: una docena de veces se intentó aplicar ese fallido protocolo u hoja de ruta para atrasar al tipo de cambio usándolo como ancla antiinflacionaria, sin obtener resultados positivos en materia de estabilidad, crecimiento y empleo. Siempre resultó un fracaso retornándose al poco tiempo a nuevos saltos bruscos en su valor que a su vez generaron inevitables recesiones e incendios inflacionarios. Pero lo más grave ha sido el hecho de que en Argentina ni la clase política ni la dirigencia gubernamental, cualquiera sea su orientación ideológica, aprenden la lección de esta historia de sesenta años de fallidas devaluaciones, confirmándose una vez más la eterna vigencia de aquella famosa frase: “La principal lección de la Historia es que nunca se aprende la lección de la Historia”.

 

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