La fuerza del engaño

26 de febrero, 2019

Por Julián Doyle 

 

Parece mentira, pero hace tan solo dos años el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, dejaba en claro que sus ambiciones iban más allá de su red social y salía de gira por todo Estados Unidos. Viajaba de norte a sur y de costa a costa. El 3 de enero de 2017, publicó una actualización de estado en su fanpage: “Cada año me enfrento a un desafío personal para aprender cosas nuevas y crecer fuera de mi trabajo. En los últimos años, corrí 587 km, construí una IA simple para mi hogar, leí 25 libros y aprendí mandarín. Mi reto personal para 2017 es haber visitado y conocer a personas en todos los estados de EE.UU. para finales de año”. Al escuchar más voces, escribió, “me ayudará a dirigir el trabajo en Facebook y la Iniciativa Chan-Zuckerberg”.

 

Contrató a un ex fotógrafo de la Casa Blanca, con capturas que lo situaban como Barack Obama y como un hombre del pueblo. Un grupo de expolíticos lo ayudaba a organizar reuniones de bienvenida y “Zuck” se mostraba con adictos a los opioides en recuperación en Ohio, con operarios en una línea de montaje en Detroit, en Dakota del Norte aprendiendo sobre el fracking, con familias de la América rural y un largo etcétera. Pero después…

 

Las confrontaciones políticas con el sector tecnológico, y con Facebook en particular, dominaron la discusión pública en los últimos dos años, con denuncias de interferencia extranjera, noticias falsas, discursos de odio, violaciones masivas a la privacidad y la presentación de Zuckerberg ante el Congreso de Estados Unidos por el escándalo de Cambridge Analytica. Lo que se suponía que era una de red social para el reencuentro de viejos compañeros de escuela se fue convirtiendo en un monstruo de varias cabezas y en una herramienta de inmenso poder político: todos los pequeños detalles (emojis, noticias falsas, filtros de odio, opciones de privacidad, etcétera) vienen con valores políticos y culturales incorporados, con usuarios cada vez más politizados organizando acciones políticas, difundiendo propaganda partidaria y atacando a sus enemigos. Así, la orientación política de la compañía se volvió muy relevante.

 

Llegando los monos

 

En el verano de 2014, Facebook Inc. anunció que había adquirido el servicio de mensajería WhatsApp por la suma de US$ 19.000 millones. WhatsApp, fundada en 2009 por ex empleados de Yahoo (Jan Koum y Brian Acton) se hizo un nombre por sí misma como una empresa que prestaba especial atención a la privacidad del usuario y se oponía a los anuncios, todo lo contrario del modelo de su nuevo comprador. El conflicto de valores llevó a cierta tensión en el proceso, y al final los cofundadores Koum y Acton se fueron de la empresa. Pero a pesar de estas diferencias en puntos de vista y perspectivas, los últimos cinco años de WhatsApp con Facebook fueron impresionantes.

 

Ahora tiene 1.500 millones de usuarios en 180 países y WhatsApp dice que está recibiendo aproximadamente 1.000.000 de nuevos usuarios cada día. India es el país con su mayor base, 200 millones el año pasado, y el número sigue en ascenso. Pero hay algo que podría frenarlo todo allí: el Gobierno de India se encuentra actualmente presionando a WhatsApp después de que el servicio fue utilizado para incitar a la violencia y difundir material pornográfico. Los funcionarios del Gobierno están pidiendo más supervisión, yendo tan lejos como para exigir acceso a conversaciones encriptadas. En Alemania, un fallo antimonopólico histórico a principios de este mes ordenó a Facebook a que redujera sus prácticas de recopilación de datos sobre los usuarios sin su consentimiento. Los reguladores criticaron particularmente a Facebook por agrupar datos de apps, incluidos sus otras dos compañías: WhatsApp e Instagram.

 

Macumba y balcanes

 

Cada tipo de comunidad religiosa, cada Iglesia evangélica, taxistas, conductores de Uber, estudiantes, amigos, maestros, familias, todos tienen un grupo y usan WhatsApp, la aplicación más utilizada en Brasil, un país de 200 millones de personas donde más de la mitad la tiene en su celular (y luego viene Facebook).

 

Brasil es el más reciente de una serie de países donde la marea de desinformación en las redes se utilizó para influir en el comportamiento del mundo real. En India, la propagación de noticias falsas terminó en linchamientos en varias partes del país. En Myanmar, Facebook derivó en una herramienta del Ejército para ayudar en la limpieza étnica de miles de personas. Y en Estados Unidos, la desinformación ya supera a la Segunda Enmienda.

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Para la campaña que llevó a Jair Bolsonaro al poder, se editaron fotos y videos fuera de contexto, hubo historias que exageraban el heroísmo del actual presidente y difundían rumores falsos sobre sus rivales. También desde sus oponentes hubo múltiples teorías de conspiración que promovieron el rumor de que había fingido sus propias lesiones como parte de un truco planificado de antemano. Incluso hubo acusaciones de que George Soros, el multimillonario húngaro, estaba financiando los intentos de interferir en las elecciones, generando el callejón sin salida hacia una hiperpolarización.

 

En diálogo con El Economista, Natalia Zuazo, directora de la agencia de comunicación política digital, dijo: “Hay una radicalización de algunos mensajes para captar mayor atención en un ecosistema de noticias que tiende a la escandalización y polarización de los mensajes y que en las campañas, donde la atención lo es todo, las noticias falsas ayudan mucho. Pero para posicionarse en una campaña hace falta dinero, y no se llega al poder por una fake news nada más”.

 

Hace un año, un estudio de investigadores del MIT reveló que las noticias falsas viajan más rápido que las historias reales (70% más) y son los seres humanos, no los robots, los principales responsables, debido a que retuitean o comparten las noticias engañosas.

 

Martín Becerra, doctor en Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador principal del Conicet, analiza: “No creo que se pueda llegar al poder a través de la viralización de fake news. En todo caso, las fake news forman parte de campañas políticas que tienen muchos otros condimentos y algunos de ellos, de gran peso en la decisión de los electores. Pero esto no es novedoso: basta con pensar en elecciones en Argentina y en otros países en las décadas de 1930, 1940 o 1990 para advertir que fake news en contextos electorales hubo siempre, y que tampoco entonces un político resultaba electo presidente como producto principal o exclusivo de fake news”.

 

Tomás Balmaceda, doctor en Filosofía de la UBA y periodista en temas de tecnología y cultura pop, coincide con Becerra en que no hay nada tan nuevo bajo el Sol aunque los rayos ultravioletas ya no son lo que eran. “La Historia nos muestra cómo desde tiempos antiguos se creaban rumores o datos falsos para perjudicar a los que se considera ba el enemigo. Desde los chismes y mentiras en ‘La Odisea’ de Homero a los artículos en diarios del Siglo XIX con información mentirosa, ese tipo de campaña siempre existió. La diferencia con lo que sucede hoy es que la inmediatez y el alcance son mucho mayores y sus consecuencias, por lo tanto, pueden ser devastadoras. Vivimos en un mundo en el que la comunicación se balcanizó y ya no hay pocas fuentes de información sino muchísimas maneras de informarse: redes sociales, videos de YouTube, portales organizados con pocos recursos… y mensajes de WhatsApp. La curiosidad humana, que hace que nos interese aquello que ‘es secreto’ o ‘que no quieren que sepas’ nos llama la atención y hace que lo queramos compartir”.

 

La grieta y el mono

 

“Lo que sabemos de las campañas por WhatsApp es que convencen a los ya convencidos. Sólo tenemos evidencia de que no cambia opinión sino que la confirma. Funciona además en campañas previamente polarizadas. No conozco gente del ambiente que esté haciendo más contenido para WhatsApp que el que se hizo para otras campañas. Estamos haciendo, eso sí, más contenido para Instagram que nos da muchas opciones de segmentación”, remarca Zuazo.

 

En los últimos meses, la carrera electoral en Argentina tiene a lo digital como su principal meta para llegar rápido a más gente. Tanto Cambiemos como Unidad Ciudadana van por la caza de celulares. “Banquemos”, el grupo de activistas 2.0 del oficialismo en las redes que pone el foco en WhatsApp, nació este verano con el objetivo de sacarse de encima el mote de trolls. “Compartí este mensaje con 10 de tus contactos que apoyen a Mauricio y equipo”, dice la invitación. El equipo ya administra unas 40 cuentas de Twitter, 50 páginas de Facebook y 5 de Instagram, con cientos de miles de fanáticos.

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Desde el otro lado de la grieta, Unidad Ciudadana lanzó su campaña “Unite”, un registro web para fortalecer su red de militantes digitales y conseguir números de teléfono. El Frente Renovador anunció una Academia de formación digital para encarar la campaña con clases y explicaciones a través de un grupo de WhatsApp.

 

A la vez, la Comisión de Comunicaciones e Informática del Congreso, que preside el cordobés Juan Brügge (aliado de Juan Schiaretti), arma un congreso sobre redes sociales y fake news para el 4 y 5 de abril, y quieren crear un registro de apps que funcionan en el país. También llegarán expertos de Chile, Paraguay, Uruguay, Perú y Ecuador, con un cronograma que abordaría cuestiones sensibles para la campaña electoral como las noticias falsas, el primer punto del temario.

 

En este sentido, hubo señales de las tormentas que se aproximan. En Mar del Plata se mandaron mensajes por WhastApp a 600.000 teléfonos en 5 minutos con una nota falsa que decía que el candidato de Cambiemos, Guillermo Montenegro, se corría de la carrera por la intendencia, lo que luego fue desmentido.

 

También por estos días, el rumor de una serie sobre corrupción de Jorge Lanata desató una campaña anti-Netflix en las redes con epicentro en Twitter donde los usuarios kirchneristas empezaron una campaña para darse de baja con el hashtag #ChauNetflix, mientras que la empresa se desvinculó oficialmente de esa noticia y afirmó que no tuvo ni tiene vinculación con el producto. Para entender el alcance, en una columna de opinión del diario Página/12, el periodista Mempo Giardinelli escribió que “sostiene desde hace años” que Netflix “es actor principal en la tarea de manipular a los pueblos”.

 

Ante ese estado de situación, el ambiente político considera que en la Cámara Nacional Electoral (CNE) no cuentan ni con la capacidad ni con la tecnología necesarias para prevenir esta situación. A finales de enero, Alberto Dalla Vía, juez de la CNE, decía en una entrevista que “el sistema electoral argentino es un Falcon que funciona, pero hay que hacerle reformas”.

 

En una nota publicada en el diario La Capital, el periodista Hugo Alconada Mon ponía todas las fichas al juego sucio y al abaratamiento. “Las campañas van a ser mucho más baratas. Por la devaluación, por un lado; por la recesión, no hay un mango y, además, porque investigaciones como el Lava Jato en Brasil y los cuadernos de la corrupción en Argentina llevaron a que muchos de los donantes habituales de las campañas en ciclos anteriores no puedan poner nada. La Justicia los tiene en la mira y si en este momento sacan los pies del plato y llegan a sacar de las cuentas de las empresas US$ 1.000.0000, se cae el acuerdo cooperación y van en cana”.

 

Para finalizar, dice Balmaceda, aunque hay una evolución de la Internet de Las Cosas en la política vernácula, el proceso se da con mucho jet lag. “A veces me cuesta pensar en WhatsApp como un mensajero instantáneo porque evolucionó hacia una suerte de red social, por sus grupos y la posibilidad de hacer stories y compartir audios y videos. Sin embargo, a diferencia de Facebook, es más difícil señalar aquella información falsa. Así que no me sorprendería que sea el terreno prolífico para 2019. Igualmente, acciones como las de (Sergio) Massa ‘cantando’ en su auto para subirlo a las redes muestra que el tipo de comunicación digital política aún está en pañales, muy lejos de lo que hacen los dirigentes o candidatos en otros países”.

 

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