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El “populismo” y la restricción externa


7 de febrero, 2019

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Por Fabián Amico y Mariano de Miguel 

 

En el análisis de las cuentas externas de Argentina y los resultados de su balanza de pagos, es habitual deducir de una proposición primaria contable, proposiciones secundarias que refieren a relaciones de comportamiento que adolecen de sustento lógico fuera de determinados supuestos que la evidencia no parece confirmar.

 

La proposición verdadera reza así. “Un déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos expresa necesariamente un exceso del gasto sobre la producción interna”. Esta proposición es incontrovertible desde el punto de vista contable en la medida en que el gasto bruto interno es la suma de los gastos en consumo privado y público, la inversión y las exportaciones netas de importaciones. Si esta última resta es negativa, el gasto interno en consumo (privado y público) e inversión debe superar a la producción (efectiva) interna de bienes y servicios. Si suponemos, para simplificar, que la cuenta corriente de la balanza de pagos solo registra transacciones en la balanza comercial, el saldo negativo de esta última se corresponde con un déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

 

Pero de la anterior proposición suelen, como dijimos, derivarse otras a modo de corolario, sobre la base de los cuales se sacan conclusiones que validan interpretaciones controvertidas. Veamos esto un poco más de cerca.

 

Cuando existe un déficit en la balanza comercial, el gasto es mayor que el producto, esto es, el país gasta más de lo que produce. Por otro lado, cuando la balanza comercial es positiva (es decir, las exportaciones son mayores que las importaciones), tenemos un exceso de producto sobre el gasto.

 

Sin embargo, de ello no se infiere, en ningún caso, que la economía esté operando en el nivel de pleno empleo de los “factores” y que, por ende, no pueda ampliar su producción. Lo único que indica aquel déficit externo es que la economía no logra generar todas las divisas que el crecimiento requiere.

 

Ello puede deberse a cuestiones estructurales vinculadas al comercio exterior, y no a un “exceso de gasto” sobre las posibilidades potenciales de producción domésticas. Es decir, la economía puede contar con abundantes recursos ociosos (muy bajos niveles de utilización de la capacidad productiva, alto desempleo) y aun así tener un déficit externo creciente. Dicho de otro modo, el déficit externo no es el resultado de la pretensión de “vivir por encima de los propios medios”.

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En el supuesto de pleno empleo, el déficit externo se debe forzosamente a un exceso de gasto sobre la producción potencial interna. En esta hipótesis, el exceso de gasto puede deberse a que el consumo, la inversión o el gasto público (componentes internos) son muy altos en relación con el producto potencial. Paradójicamente, puede ocurrir que, si la economía está en pleno empleo, un exceso de gasto puede provenir del aumento de las exportaciones (ya que la economía no puede producir más).

 

Curiosamente, el diagnóstico habitual siempre asume que el “exceso” proviene del gasto público y el déficit fiscal, aun cuando la economía muestre claramente la existencia de abundantes recursos ociosos. El diagnóstico subraya además que existiría un “consumo excesivo”, es decir, insostenible, asociado a una política de sesgo populista. En particular, se supone que los gobiernos populistas, a los efectos de acumular poder electoral, y sin preocuparse por sentar las bases para el crecimiento de largo plazo, fomentan el consumo “artificialmente” mediante alzas “arbitrarias” de salarios, aumentos de las jubilaciones y transferencias sociales, apreciación cambiaria o subsidios a las tarifas. Estas políticas expanden la demanda de consumo, generando inflación y aumento de las importaciones. Luego, más inflación supone un tipo de cambio real más apreciado, lo que refuerza la tendencia al déficit externo.

 

En algún punto, sea por reversión de los términos de intercambio o porque los mercados internacionales de crédito racionan los préstamos, la “fiesta” no puede seguir financiándose y sobreviene el ineludible ajuste interno, que comienza necesariamente por el déficit fiscal y el gasto público. Así, en este enfoque se considera que una crisis de balanza de pagos es la manifestación de un exceso de gasto interno (usualmente fiscal), en línea con la hipótesis de los “déficits gemelos”. De modo que no existe realmente una restricción externa al crecimiento en este enfoque.

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Sin embargo, si se suprime el supuesto de pleno empleo, todo el análisis previo cambia sustancialmente. El gasto interno (consumo, inversión y gasto público), aunque crezca en niveles bien por debajo del pleno empleo, puede generar un volumen de importaciones que resulte incompatible con la base exportadora del país.

 

En este caso, el país está viviendo por debajo (y no por encima) de sus posibilidades potenciales a causa de una escasez relativa de divisas. Basta con que los precios internacionales de (o la demanda por) sus exportaciones aumenten, para que el país reanude el proceso de crecimiento sin problemas, sencillamente porque ahora cuenta con más divisas.

 

En los hechos, se redujeron los déficits gemelos aumentando la subutilización de recursos, cada vez más lejos del pleno empleo, y sin perspectivas ciertas de comenzar alguna recuperación, todo lo que desenvuelve un escenario dramático e insostenible en el mediano plazo.

 

Por ello, es vital cambiar el diagnóstico y las políticas. El déficit externo (verdadera restricción) no expresa el sesgo populista de la política económica sino la dependencia tecnológica y comercial del país (su necesidad de importar crecientes cantidades de insumos y bienes de capital cuando crece) y el hecho obvio, pero crucial, de que no emite la moneda internacional de reserva.

 

Si se sigue considerando que el déficit externo es simplemente la manifestación de un desequilibrio doméstico (es decir, un “exceso de gasto” en una economía que fluctúa en torno al pleno empleo) la solución seguirá siendo la misma: dolorosa e inútil.

 

Si, por el contrario, el déficit externo es una restricción que comprime las posibilidades de crecimiento y fuerza a tener más desempleo y recursos ociosos, entonces el diagnóstico anterior no solo no resuelve el problema, sino que lo agudiza. El problema real es desplazar la restricción externa, en vez de adaptarse recesivamente a ella.

 

 

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