El debate de la semana: ¿Argentina es un país rico?

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Por Sebastián Senlle

 

“Argentina es un país rico”. Como que tenemos “la calle más larga y la avenida más ancha”, en referencia a las porteñas Avenida Rivadavia y la nueve de Julio, la frase es uno de esos mitos arraigados que se transmitieron de abuelos a nietos y calaron hondo en la cultura popular. Por cierto, la creencia sobre el carácter récord de la Avenida Rivadavia es ciertamente falsa, pero el de la nueve de Julio es discutido, según como se considere al Eje Monumental de Brasilia.

 

Dotada de llanuras fértiles, recursos minerales en la cordillera, yacimientos petrolíferos y una diversidad de climas, fauna y flora envidiable, la sensación extendida es que Argentina es un país indudablemente rico, donde por alguna razón se vive mal o peor de lo que se podría esperar. Alguna razón que a priori desconcierta hasta a los economistas. Es conocida la frase atribuida al Nobel, Simón Kusnetz, clasificando a los países en cuatro categorías: desarrollados, en desarrollo, Japón… y Argentina.

 

El debate volvió a tomar fuerza la semana pasada, tras la entrevista al economista y expresidente del BCRA, Mario Blejer, publicada en La Nación. “Que la Argentina es un país rico es otra fábula, porque no lo es”, sentenció. “Los países ricos son los que pueden ofrecer un nivel de vida alto a sus ciudadanos. Porque si ser rico significa tener recursos naturales, entonces Suiza sería pobre”, agregó.

 

La frase coincide con un análisis usual en economía, que es el de separar la disponibilidad de recursos naturales del nivel de desarrollo de un país. Al respecto, el querido y recordado Tomás Bulat escribía en su libro “Estamos Como Somos”: “La riqueza tiene poco que ver (muy poco, la verdad) con los recursos naturales que posee un país. Cuando uno toma nota de ese listado de bondades que pueblan la Argentina (la llanura pampeana, las montañas con minerales, el agua), enseguida piensa: ¡guau! ¡Tenemos de todo! ¡Somos ricos! En realidad, para que un recurso natural se convierta en un producto o una riqueza, o sea, en algo que se pueda vender, tiene que intervenir el hombre y transformarlo con su trabajo”.

 

De manera muy general, en la literatura se habla de la “maldición de los recursos naturales (RR.NN.)” para referirse al impacto negativo que muestran los países en el desarrollo y el crecimiento económico como consecuencia de la dependencia en los recursos naturales. Las funciones de producción usuales no contabilizan a un recurso como algo negativo (a lo sumo, su sobreabundancia, dado algún otro factor fijo que actúa como limitante, va llevando su producto marginal a niveles que tienden a cero). Pero, desde un ángulo de economía política, la sobreabundancia de RR.NN. puede complicar el asunto propiciando el desarrollo de instituciones mucho más apuntadas hacia la extracción que hacia la generación de cadenas de valor.

 

Pero esta semana, al debate se le sumó la respuesta a las declaraciones de Blejer del politólogo Andrés Malamud, quien, desde Twitter, puso en duda la segunda parte de la aseveración: que Argentina sea abundante, comparativamente, en recursos naturales. Malamud acompañó el tuit de un gráfico, con información del Banco Mundial, que muestra que (a dólares constantes de 2005), la riqueza natural per cápita de Argentina se valúa en unos US$ 10.000, por debajo de los US$ 15.000 de Brasil, los US$ 20.000 de Chile y representando una cuarta parte de la marca de Australia y Canadá y una quinta parte de la de Nueva Zelanda. La cuenta sumaba el valor tanto de las tierras de pastoreo y cultivo como de los recursos del subsuelo y los forestales.

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Varias voces avalaron sus comentarios. “Según el Banco Mundial, en 2014 tenemos menos recursos naturales per cápita que Brasil y Chile”, señaló Eduardo Levy Yeyati. “Las exportaciones de recursos naturales y sus transformaciones medidos en dólares corrientes son en Argentina un séptimo que en Canadá o Australia. Inversiones en Vaca Muerta pueden corregir un poco esa brecha. Un poco”, convalidó el economista Pablo Gerchunoff.

 

Parte de esta visión se ve validada en un informe incluso más reciente del Banco Mundial (“The Changing Wealth of Nations”: 2018), en el que coloca al país a la cola de la región en riqueza natural per cápita, por debajo de casis todos sus vecinos. En igual sentido, en 2016, la FAO no ubicaba al país como principal productor de ninguno de los más de 100 productos primarios que releva. Apenas aparecía en el podio de algunos pocos productos, como limón, miel, maíz, soja y pera. Esta narrativa, por tanto, implicaría reconfigurar la idea de Argentina como un país rico en RR.NN. y cuya trayectoria, por tanto, puede ser comparada con la de Australia o Nueva Zelanda.

 

Estos países, aunque en ubicaciones climáticas similares a las nuestras, tienen una población menos numerosa, por lo que stocks similares redundarían en valores per cápita decididamente más altos. Y aún así, estas estimaciones del Banco Mundial comentadas le asignan una riqueza en valores absolutos mucho mayor.

 

De todos modos, estas cifras resultan cuanto menos, dudosas. El Banco Mundial estima valores tan llamativos como que todo el capital natural argentino es similar en valor al de un país como Irlanda (cuya superficie es similar a la de Formosa o San Luis) y tres veces más chico que el de Chile (“es un drama esto de las cordilleras con minerales de un solo lado”, ironizó el tuitero @ AnimalSpirit).

 

En teoría, el valor de un activo debería reflejar el flujo de ingresos futuros que podemos esperar de él. La estimación, obviamente, es difícil en un mundo de precios volátiles en las commodities y producción primaria atada a los vaivenes de un clima cada vez más difícil de prever. Pero resulta difícil pensar a la Argentina como un país relativamente pobre en RRNN, cuando combina la extensión de sus llanuras fértiles en el área pampeana con los recursos minerales, aún muy subexplotados, en la región norte cordillerana, las reservas de shale oil y gas en Vaca Muerta (se calcula que es el segundo principal yacimiento no convencional del mundo en reservas estimadas), las reservas de litio más grandes del continente (ubicadas mayormente en Jujuy y Catamarca) y amplias posibilidades de avanzar en el aprovechamiento de sectores como el forestal (especialmente en el Litoral), la energía eólica, el biodiésel y el sector pesquero (en su amplia plataforma marina), entre otros.

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Lo cierto es que el punto a observar no parece ser tanto el del stock de RR.NN. con los que se cuenta, sino el de la capacidad de convertirlo en un flujo creciente de producción y de exportaciones.

 

Sobran ejemplos en uno y otro sentido. Países que han logrado desarrollarse sin tener recursos naturales particularmente abundantes (además del caso obvio que viene a la mente, de Japón, vale como ejemplo que en el top5 de exportadores mundiales de alimentos aparecen economías como Holanda, Alemania y Francia, por caso) y países que han hecho un uso inteligente de sus RR.NN. como plataforma al desarrollo (como son los casos, con diferencias evidentes, de Noruega, Emiratos Arabes, Australia Canadá y Nueva Zelanda). Por el contrario, Venezuela se hunde en la miseria, pese a estar asentada sobre las reservas petroleras más importantes del mundo y numerosos países de África se ubican en áreas fértiles, pero no logran producir alimentos para pasar el nivel de subsistencia.

 

En suma, la disponibilidad de RR.NN. por sí sola no garantiza el éxito económico, pero tampoco lo impide. En un país con una población en torno a los 45 millones de habitantes y demandas materiales de la sociedad muchísimo más altas que las asiáticas, resulta muy difícil pensar que el camino al desarrollo de Argentina puede venir de la competitividad manufacturera. Las posibilidades locales están íntimamente relacionadas con el desarrollo de la agroindustria (especialmente, en la producción de alimentos, vino, jugos, biocombustibles, entre otros) y el aprovechamiento de sus ventajas en sectores que se ubican muy debajo de su potencial (pesquero, forestal, minero, energético, turístico), todos sectores que, obviamente, requieren de un marco macroeconómico menos hostil (en términos de acceso al financiamiento más simple –lo que requiere, claro, de una bancarización mayor de ahorros–, infraestructura de calidad, logística más barata, facilidad para exportar, menor presión impositiva, regulaciones laborales menos estrictas, menor litigiosidad judicial, menor carga burocrática exigida).

 

Mientras la única apuesta a la competitividad sean las devaluaciones cambiarias, es poco lo que podemos esperar. Los RR.NN. no son una maldición, pero tampoco una panacea. Queda en nosotros convertirlos en posibilidades reales de riqueza, lo que implica necesariamente intervenirlos, trabajarlos y transformarlos. No hay una riqueza que “está ahí”. Hay que salir a ganarla.






Diario EL ECONOMISTA

martes 19 de noviembre, 2019
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