El cisne amarillo de Francia

5 de febrero, 2019

 

Por Julián Doyle 

 

Dos meses y medio se cumplieron desde que los franceses comenzaron una nueva tradición los sábados. La fuerza y la resistencia del movimiento “Les Gilets Jaunes” nacido a través de una convocatoria masiva en Facebook lanzada por una joven trabajadora independiente, Priscillia Ludosky, donde explicaba entre otras cosas que era una madre de clase trabajadora de Seine-et-Marne y gastaba 320 euros al mes en combustible, de los cuales 60% de eso eran impuestos, fueron erosionando la capacidad del presidente Emmanuel Macron para aplicar las reformas planificadas de impuestos y recortes en servicios sociales, y golpearon seriamente su imagen pública.

 

Los manifestantes están marcados por su ambigüedad: cualquiera puede ser un chaleco, y si bien la potencia de las protestas es innegable, el peligro es que la extrema derecha pueda salir victoriosa en la batalla por la identidad política del movimiento. “Los primeros sondeos mostraban que al menos un 40% de los chalecos habían votado por Marine Le Pen en las elecciones presidenciales. Que no estén articulados en un partido ni en un sindicato no quiere decir que no estén politizados y no se los pueda identificar. Se trata a grandes rasgos de un movimiento de trabajadores pobres blancos que tienen muchos puntos en común con la base que llevó a Donald Trump al poder”, señala el Periodista radicado en Francia, especialista en política internacional, Alejo Schapire.

 

Esta ambigüedad permitió una participación más abierta de personas que no estaban involucradas en ningún movimiento de protesta, y hace que sea menos predecible y más difícil para el gobierno controlar o negociar. Pero también significa que no hay nadie que se responsabilice de los demás manifestantes, ni que los separe, cuando golpea a periodistas, hace gestos antisemitas o acosa a los conductores negros.

 

La intensidad de la violencia, tanto de los manifestantes como de la policía, es otra marca. Más de diez personas murieron durante el caos en rotondas y los Campos Eliseos, atropelladas por autos y camiones durante los piquetes. Sumado a miles de heridos y detenidos. En su pico más alto en diciembre, los manifestantes construyeron barricadas y quemaron cientos de autos y motos en la calle, además de saquear las tiendas de lujo. A un chef que denunciaba su violencia, los activistas le quemaron el restaurante. Durante la edición del 5 de enero, los manifestantes se apoderaron de un montacargas y abrieron la puerta de la oficina del portavoz de Macron, Benjamin Griveaux, obligándolo a huir por la puerta trasera, mientras un ex boxeador profesional fue filmado golpeando y pateando un gendarme. Algunos informes han declarado que Macron está preocupado por su seguridad personal.

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La violencia de las protestas en Francia, tanto de los manifestantes como de la Policía, preocupa a Macron.

 

Las protestas también han tenido un impacto masivo en la economía. El país tiene pérdidas en millones de euros en vehículos destruidos, tiendas incendiadas y mucho más, mientras que el pago de horas extras de los policías se ha disparado y los vuelos internacionales a París disminuyeron 10% en diciembre. Según el ministro de Trabajo francés, Muriel Pénicaud, la interrupción causada por las protestas obligó a despedir a 58.000 trabajadores, a suspenderlos temporalmente o a reducir sus horas de trabajo. El Gobierno ya gastó 32 millones de euros (US$ 36 millones) para seguros de su desempleo en virtud de una disposición de las leyes laborales.

 

Macron, cifrado de extremo a extremo

 

Para el especialista en Economía y Política Internacional, Francisco de Santibañes, “Macron y su movimiento liberal progresista están muy debilitados, la oposición tiene una oportunidad para crecer. Dentro de este núcleo duro, hay tres actores importantes: Les Republicans (conservadores tradicionales, gaullistas), Le Pen (derecha populista) y Jean-Luc Mélenchon (izquierda populista). Los primeros controlan el Senado y se han movido a la derecha recientemente, mientras que Le Pen y Mélenchon buscan sacarle provecho al fenómeno de los Chalecos Amarillos”.

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El auge de los extremos del ultraleft y ultraright, y el colapso de centro dominado por Macron es también motivo de análisis para el politólogo británico David Runciman en su podcast: “Macron juzgó mal la naturaleza de su mandato cuando ganó. La elección clave del sistema presidencial francés fue la primera ronda, no la segunda, cuando ganó el 24% de los votos. Ese es su apoyo. Todo lo demás tiene que ser una formación de coalición, y él viene gobernando como el tipo que ganó el 66% de los votos en la segunda ronda”.

 

Transformar la ira

 

Ante el caos en continuado, Macron intenta recuperar la empatía, desisitió del impuesto al combustible y a mediados de enero publicó una carta en los medios anunciando el inicio de una consulta nacional en la que se invitaba a los ciudadanos a dar su opinión sobre cuatro temas centrales: impuestos, la administración del estado, transición ecológica, y ciudadanía y democracia. Los foros públicos tendrán una duración de dos meses hasta el 15 de marzo. “Así es como pretendo transformar la ira en soluciones”, escribió.

 

Sin embargo, dijo que su agenda de reforma económica continuaría. “Es consecuencia de su debilidad actual. Se quiere mostrar cercano a los problemas de los ciudadanos comunes de la Francia profunda. Sin embargo no cambió sus políticas ni su discurso, con lo cual no creo que tenga un efecto duradero”, afirma de Santibañes.

 

Ante la debilidad de Macron, los Chalecos anunciaron que presentarán una “lista amarilla” de candidatos para las elecciones europeas.

 

Del otro lado, los Chalecos rechazaron la propuesta y anunciaron que presentarán una “lista amarilla” de candidatos para las elecciones europeas. “Paradójicamente sería una buena noticia para Macron, le quitaría votos al partido de Le Pen y a la izquierda radical. En cualquier caso, habrá un antes y después de los chalecos amarillos, que pusieron en duda un modelo de democracia representativa dominado por unas élites que parecen cortadas de las realidades de una gran parte de la población francesa”, remata Schapire.

 

Mientras tanto, los manifestantes se están preparando para el próximo sábado.

 

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