Acerca del consenso

11 de febrero, 2019

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Por Carlos Leyba

 

“En un artículo publicado en La Nación, el destacado politólogo José Nun señala la necesidad de “un gran debate acerca de un conjunto de temas de mediano y largo plazos largamente ignorados o postergados para que sea luego la propia ciudadanía la que le exija a sus representantes que negocien una concertación”.

 

La de Nun es su respuesta propositiva a lo que, críticamente, llama “idea voladora” que sería la prédica de un acuerdo nacional sin poner en debate el contenido del mismo.

 

Nun lleva razón porque, en los últimos tiempos, se ha abusado de las palabras consenso, acuerdo y concertación, sin referirse siquiera a las bases de ese consenso, a las condiciones de ese acuerdo y a lo que implica concertar.

 

A esta altura de la “grieta” que nos devora (generada irresponsablemente ayer por el kirchnerismo y alimentada hoy irresponsablemente por el macrismo) es necesario recordar que acordar significa, aunque suene kitsch, aunar corazones. Que consenso implica hacer común un sentido y una dirección y, finalmente, que concertar es hacer cierta, por ser en común, una manera de construir.

 

Preparar los ánimos (acordar), proponer la dirección (consenso) y diseñar como construir el camino (concertar) es aportar al “sugestivo proyecto de vida en común” que José. Ortega y Gasset señalaba como “fundamento histórico de toda nación bien constituida”.

 

Pecisamente de eso se trata “la política” mayúscula: ideas claras para, desde el Estado, construir Nación. Es nuestra principal carencia.

 

No es este el lugar para hacer inventario de las claves no debatidas por la política pero, a manera de ejemplo, nuestra demografía, nuestro vacío territorial, nuestro retroceso en la producción urbana, nuestra fragilidad organizacional, que va de los límites fronterizos a la administración pública, son parte del océano de preguntas que la política no se formula.

 

La potencia creadora de la política depende de la profundidad de las preguntas y de la capacidad de proponer y lograr que ese ánimo, dirección y camino, sean diseñados en común. Se trata de empezar ahora.

 

No importa cuál de los comprometidos en el diseño es elegido para ponerlo en marcha sino la densidad del compromiso compartido.

 

Que sea en común no significa “todos”, sino mucho más que la busqueda de una mayoría ocasional. Tampoco significa “todo”, sino concertar la mayor parte de lo “esencial”.

 

Ese consenso, producto de debate y negociación, sea “sin aristas punzantes” para que, acerca de él, sea posible el diálogo con las minorías que no acordaron ¿Quién puede no coincidir?

 

Sobre el tema del acuerdo, Vicente Palermo, en Clarín, comienza una nota con una crítica a lo que llama “la palabrería destinada a los grandes acuerdos nacionales (…) pasada de moda”.

 

Pero, sin embargo, a poco de andar, pega un giro saludable y señala: “Nosotros sí podemos soñar (…) fuerza política para dar batallas a través de acuerdos de mediano alcance, limitados, pero efectivos, que puedan ir creando una comunidad de intereses novedosa, y de largos plazos, entre actores diversos”.

 

Palermo, si bien no sabemos a quien incluye en “nosotros”, a pesar de la calificación de “palabrería”, propone acuerdos, comunidad de intereses, largo plazo y actores diversos.

 

A pesar del arranque crítico, ambos columnistas vuelven a proponer la idea que al principio repudian. No ignoran que, en la “grieta”, no hay alternativas. Que es vivir eternamente en el “Día de la Marmota”: Cristina no puede evitar invitar al pasado y Mauricio pretende seguir, que en 2020 será volver al pasado. Un pasado de ambos fracasos: la economía por habitante está debajo del nivel de 2011, el número de pobres no deja de crecer y seguimos siendo vulnerables a cualquier viento.

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La “grieta”, el escenario de la ausencia de alternativa, es una fisura histórica, un foso al que, macristas y kirchneristas, quisieran arrojar al otro para que desaparezca de la superficie visible. En la grieta, “el otro” sólo alimenta el odio y desvanece la verdad.

 

Para Jaime. Durán Barba y Marcos Peña, en ausencia de meritos gubernamentales para generar confianza o proyectos de futuro para generar esperanza, alimentar la grieta es la manera más eficiente de generar temor al otro y es un método para conservar el poder aunque genere desesperanza.

 

Para Cristina, en el otro territorio aislado, alimentar el odio es la manera de cegar la mirada sobre su pasado y blindarlo, y de esa manera reescribirlo, como cuando gobernaba, en términos de sensaciones. Aceptar la dicotomía Mauricio versus Cristina es consagrar la grieta y es un punto de partida negativo para acometer tiempos futuros que, es muy probable, sean peores que los que hoy vivimos, por la simple acumulación de problemas sin resolver. La gran encrucijada nacional es: cultura política de la “grieta” o transitar la cultura del consenso, del acuerdo, de la concertación para resolver nuestra crítica situación política, social y económica.

 

No hay la menor duda que sin ánimo, sin debate y sin “ceder”, que está en el ADN de la concertación, nos domina la “grieta”.

 

¿Cuál es el método? Enfrentar a la grieta “in totto” a partir de propuestas concretas para todos los campos de la vida social. Hacerlo ahora. No hay demasiado tiempo.

 

La política que quiera crecer generando propuestas debe enfrentar los términos de la grieta. Pregunta, nada descolgada, ¿cómo vamos a educar a la mitad de los niños que crecen y viven en la pobreza? Sin duda no es la escuela que forma a los hijos de la clase media. Debe ser una escalón muy, pero muy superior a causa de la necesidad. Un tema.

 

La “grieta” es la consecuencia y la causa, de la crisis política de la inexistencia de partidos y de propuestas. “Partidos” remite a “parte” de un todo. La moda política habla de “espacios”: lo que revela la vocación de delimitar territorios sin puentes. Las partes no se comprenden sin el observar el todo y viceversa. Los espacios son totalidades aisladas. Así se piensan.

 

Un ejemplo. Ricardo Estévez, en La Nación, dice que el PRO, que se define como “espacio”, está “identificado con una visión de establishment” y “pedirá un sacrificio concreto a un sector para un supuesto beneficio que sería general para toda la sociedad y con el que en primera instancia ganarían los empresarios”.

 

En el “espacio”, la política no es una respuesta a los problemas, que son sistémicos, sino la resolución de los problemas de “mi espacio”. Luego vendrá el derrame. Es un método de consolidación de la grieta cuando la crisis social condena a un tercio de los argentinos y a la mitad de los menores de 14 años a la pobreza y cuando el PIB por habitante de 2019 será menor que el de hace una década.

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Las voces políticas que salen de ambos lados de la “grieta” impiden el diálogo: hablan de lo que necesitan.

 

En general los que hablan de acuerdo se remiten al Pacto de la Moncloa. Hace dos años, en el Senado, Ramon Tammames, un ex comunista devenido en liberal, firmante de La Moncloa, compartió debate sobre acuerdo y consenso con Federico Pinedo (conservador); Ernesto Sanz (radical) y Miguel Pichetto (peronista). Representantes de tradiciones partidarias que conjugaron la necesidad imperiosa de un acuerdo nacional de la política, los distintos intereses sociales y económicos. Notará el lector la ausencia en esa mesa de dirigentes del espacio de Ceo PRO y del kirchnerismo.

 

Quienes integran el PRO “puro”, no formados en las tradiciones políticas, como quienes militan en el kirchnerismo, que no están comprometidos con la cultura peronista, e incluyo en primera fila a Cristina Fernandez en esa falta de compromiso, profundizan la “grieta” porque escapan a la idea de acuerdo como proyecto político: no piensan la sociedad como un todo sino como los espacios de ellos y nosotros.

 

La historia enseña. Ricardo Balbin, líder de la UCR del Pueblo, en noviembre de 1970 junto a Juan Perón, dirigentes del conservadurismo y otros partidos, con clara exclusión de la guerrilla, el militarismo y el liberalismo económico, firmaron “La Hora del Pueblo” para reivindicar el derecho a la democracia.

 

Poco después, la CGT y la CGE firmaron una propuesta integral de cambio de la política económica que ingresaba a la recesión y a una inflación que llegó a 80% anual en mayo de 1973, antes de la entrega del poder al Gobierno democrático.

 

En 1972, cuando La Moncloa nose imaginaba, con la firma de las “Coincidencias Programáticas de los Partidos y las Organizaciones Sociales”, se formuló un compromiso que permitía que “el que gana gobierna y el que pierde ayuda” (Balbín). Se había gestado un consenso, porque había un ánimo de acuerdo y porque se concertó un programa pleno de precisiones.

 

Los partidos (UCR, Frente Justicialista, Partido Intransigente, Democracia Cristiana y los conservadores populares,) los dirigentes (Balbín, Perón, Oscar Alende, José Allende, Horacio Sueldo, Vicente Solano Lima), los equipos técnicos y dirigentes sindicales (José. Rucci) y empresarios (José Gelbard), todos de envergadura envidable, concretaron ese compromiso una vez recuperada la democracia: el Pacto Social de 1973 fue la consecuencia de política económica concertada y la sanción de 21 leyes votadas por unanimidad en el primer año de Gobierno hablitaron el diseño de un plan de mediano plazo formulado con el entendimiento de todos los sectores de la vida nacional, de sectores y regiones.

 

Durante el régimen militar y en el marco de la guerrilla que trataba de impedirlo, la política logró un consenso acerca de la dirección y se concertaron las medidas de estructura y de coyuntura a tomar y se formalizó un acuerdo en profundidad. Ese consenso generó poder, tal cual lo señala Carl Schmitt.

 

No necesariamente el consenso se construye desde el poder. En aquél tiempo, la dictadura y la guerrilla procuraban que el consenso no se lograra y que todos cayéramos en esa grieta de sangre.

 

Lo logramos: seis meses después de iniciado el Gobierno, Perón fue votado por más de 60% de la ciudadanía y Balbín sumó para que el 90% de los votos fuera por el consenso. Empecemos ahora.

 

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