Un nuevo tiempo en la política regional y global

25 de enero, 2019

latinoamerica mapa

 

Por Julio Burdman Politólogo

 

La cronología de los hechos fue más o menos así. El 4 de enero pasado, 13 de los 14 estados latinoamericanos que integran el Grupo de Lima —un grupo ad hoc de países creado en 2017 en el marco de la OEA para seguir la situación venezolana— decidieron no reconocer el nuevo mandato presidencial de Nicolás Maduro. Consideraron que las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018 fueron ilegítimas y “poco creíbles”. Paraguay, el más “antichavista” del Grupo —se opuso en su momento a la incorporación de Venezuela al Mercosur y su Senado nunca aprobó la Unasur— directamente decidió romper relaciones diplomáticas con Venezuela, cerrando su embajada allí y repatriando a todo su personal diplomático. Los países de la Unión Europea tampoco reconocieron las elecciones venezolanas. Estábamos a pocos días de la asunción del segundo mandato de Maduro, prevista para el 10 de enero.

 

Un día después de la operación diplomática, el 5 de enero, Juan Guaidó —un diputado del Estado de Vargas que lideraba la bancada mayoritaria— era elegido por la Asamblea Nacional como su presidente. Recuérdese que la Asamblea está dominada por la oposición desde 2016, tras las elecciones legislativas en las que la Mesa de Unidad Democrática derrotó al frente electoral que responde a Maduro. Y que está en un conflicto institucional abierto con el Presidente, quien en un exceso de creatividad convocó a una Asamblea Constituyente, la que se autoinvistió con facultades legislativas. Una suerte de Legislativo paralelo. La Asamblea quedó virtualmente anulada por esta manipulación.

 

El día de la asunción de Maduro, el 10, se pudo ver el vacío regional. Solo los presidentes de Cuba, Bolivia y El Salvador estuvieron presentes, mientras que otros países —como México, Uruguay, Nicaragua y varios países caribeños- enviaron funcionarios de segunda línea. Argentina y el resto de los trece países que no reconocen al gobierno de Maduro no enviaron a ningún representante a la ceremonia, y en muchos casos agregaron en sus comunicados— incluyendo a Washington- que sí reconocían a la Asamblea Nacional como la institución legítima del estado venezolano.

 

El 11 de enero la Asamblea Nacional confirma su desconocimiento de Maduro, lo que equivale a declarar una acefalía, y su flamante presidente, Guaidó, anunció que iba a convocar a nuevas elecciones presidenciales. Se lanzó —desde su oficina de prensa— un comunicado que anunciaba que se preparaba para asumir la presidencia interina hasta la elección de un nuevo presidente; Maduro es declarado como un usurpador. Luis Almagro, secretario de la OEA, se adelanta y lo reconoce como presidente legítimo del país.

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El 13 de enero, en un episodio confuso, Guaidó habría sido detenido ilegalmente por agentes de inteligencia al servicio del Ejecutivo. Su familia lanzó un comunicado y obtuvo otra catarata de comunicados diplomáticos de apoyo. Habría sido liberado “minutos después”. El Gobierno de Maduro negó todo. Ese mismo día, Guaidó declara públicamente que la cadena de mando militar “ya se habría roto”. Tras varios días de tensión, el 21 de enero un grupo de unos 40 militares se declaran en rebeldía y convocan a desconocer a Maduro. Fueron detenidos poco después.

 

El 23 de enero, en un “cabildo abierto”, Guaidó se autoproclamó “Presidente Encargado” y asumió. Una gran cantidad de países del mundo, la Argentina incluida, lo reconoció como mandatario. Estados Unidos dio el puntapié inicial; luego, con el correr de las horas, fueron sumándose los gobiernos del Grupo de Lima. Su vicepresidente, Mike Pence, difunde rápidamente en YouTube un video —en inglés y español— de apoyo a Guaidó. Una de las primeras acciones de Guaidó fue enviar una carta a Pence en agradecimiento, y solicitando el envío de ayuda humanitaria.

 

Todo este proceso fue acompañado por manifestaciones en las calles, de apoyo a Maduro y a Guaidó. Maduro declaró la ilegalidad de la investidura de Guaidó, habló de golpe con apoyo internacional, rompió relaciones diplomáticas con Estados Unidos y dijo que no pensaba ceder. Obtuvo apoyos internacionales, lo que señala la dimensión global que ha ido adquiriendo el conflicto político e institucional en Venezuela. Hasta ahora no se ha producido el quiebre en la cadena de mando militar que anunció Guaidó; las fuerzas armadas siguen respondiendo a Maduro, a Diosdado Cabello y a Vladimir Padrino López, el ministro de Defensa.

 

Aunque indudablemente esta es una cuestión venezolana, lo que ocurre es inseparable de la trama internacional. Estados Unidos, Brasil (o, mejor dicho, Bolsonaro, porque parece que no todo su gobierno concuerda con esto) y Colombia están impulsando y avalando a Guaidó y esperan que la situación se defina a su favor. De una u otra forma. La hipótesis del quiebre militar sería desastrosa; la de una intervención internacional, aún peor. Maduro está aislado y es el timonel de una descomunal crisis socioeconómica, pero aún puede movilizar apoyos y los recursos de poder de su lado. Sacarlo del juego no saldrá gratis.

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Para los países como Argentina, que acompañaron todo este proceso de espiralización, se les plantean varios interrogantes. ¿Es correcto tomar partido? En principio, se nos plantea un problema de doble standard. ¿Vamos a emitir juicio sobre la legitimidad de todos los gobiernos del mundo? No será sencillo, porque buena parte de los estados con los que tenemos relaciones diplomáticas y comerciales carece de regímenes democráticos ideales.

 

Pero lo preocupante del camino seguido es el contexto general. Se produce en un momento en que hay un retroceso de las iniciativas regionalistas, y que la retórica conflictiva se está inflamando. La Unasur está anulada y el Mercosur fue puesto en cuestión por el nuevo gobierno brasileño. Estos proyectos regionales, más allá de sus resultados comerciales y de desarrollo, han sido herramientas de pacificación y resolución de conflictos regionales. América del Sur fue una zona bastante pacífica, y ello lo debemos -en alguna medida, al menos- al clima de confianza regional. Ahora estamos en un clima de retórica belicista. Que se apodera de varios de los nuevos gobiernos conservadores de la región. Brasil y Colombia, para empezar.

 

Tomar partido nos expone a ser parte de un potencial conflicto. De derivaciones impredecibles. Los países de la región se han embarcado en un inusual intervencionismo democrático sin las capacidades (políticas, económicas, militares) de afrontarlo. Macri ha hecho de la cuestión venezolana una marca de política exterior desde que asumió. Pero durante la gestión Malcorra, apostamos con protagonismo regional —junto a México— a la mediación, la moderación y los paños fríos. Ahora nos hemos embarcado en una posición mucho más dura, De todos modos, Macri no parecía tener muchas opciones: Estados Unidos y Brasil -nuestros aliados políticos- ya habían decidido.

 

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