La nebulosa geopolítica asiática de Donald Trump

28 de enero, 2019

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

El pasado 18 de enero, la Casa Blanca anunció que el presidente Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un se reunirán por segunda vez, en lugar a determinar, a fines de febrero. El primer encuentro bilateral se había realizado en Singapur el 18 de junio pasado. La decisión de encarar este nuevo diálogo pareció surgir del contacto que sostuvieron en la Casa Blanca el propio Trump y el principal negociador especializado de ese régimen, Kim Yong Chol, los que consideraron las acciones que se propone llevar a cabo el gobierno de Corea del Norte con la finalidad de abandonar su plan nuclear. Hasta ahora el régimen de Piongyang no satisfizo el pedido estadounidense de informar acerca de los pasos concretos que ese gobierno tiene en mente para terminar sus programas nucleares y misilísticos. Los expertos coinciden en que, hasta el momento, los únicos progresos detectados se limitan al plano de lo simbólico y propagandístico.

 

Aunque todos admiten que la negociación parece la mejor de las opciones, estos antecedentes arrojan, a juicio de los observadores, importantes dudas. Estos se preguntan acerca de la utilidad real de hacer una nueva cumbre, al ver que el único resultado de la anterior fue la clausura de una zona de pruebas nucleares y misilísticas que probablemente ya no era de utilidad para la parte coreana. Lo cierto es que, de su lado, Kim no detuvo el desarrollo de material fisionable ni de la tecnología misilística, actividad en la que sólo optó por acumular tales desarrollos sin hace pruebas de campo de los aludidos materiales bélicos.

 

Ante ello, es obvio que el habitante de la Oficina Oval quedó malparado y flojo de excusas. Sobre todo porque tras Singapur dijo, en varias oportunidades, que su gobierno tenía confianza en que se podrá alcanzar una negociación exitosa y tras cartón se apresuró a suspender los ejercicios militares de su país con Corea del Sur y a declarar que Corea del Norte ya no representaba una amenaza nuclear, una concesión gigantesca ante la evolución tangible de los hechos.

 

Al inventariar esa realidad, más la tendencia presidencial a decidir sin tener en cuenta los intereses estratégicos de su país ni de sus aliados (como ocurrió en el caso de Siria y con el despecho hacia la OTAN), esta segunda cumbre podría llevar a que Kim trate de obtener la suspensión de las sanciones vigentes; el retiro de las tropas y del armamento estadounidense de la Península coreana o una declaración formal del fin de la Guerra con Corea del Norte, un conflicto que permanece oficialmente irresuelto, sin que Estados Unidos tenga cómo justificar esta clase de decisiones. Con el agregado de que ello se materialice cuando aún no está claro si el régimen autoritario de Pionyang se halla listo para comprometerse a desguazar sus arsenales y habilitar un confiable sistema de verificación de tal proceso, del que ese régimen depende para aferrarse a las riendas del poder.

 

Al ponderar semejante escenario, cabe recordar que pasados gobiernos estadounidenses fracasaron en los intentos de negociar con Corea de Norte, como pasó con el acuerdo que el presidente Bill Clinton negoció en 1994, el que perdió vigencia sin pena ni gloria en 2001 al llegar George Bush (Jr.) a la Casa Blanca.

 

Si bien ahora la situación regional tiene muchas aristas y actores nuevos, como lo demostró la declaración realizada en septiembre de 2018 por Kim y el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, un diálogo que significó el imprevisto acercamiento político y el incremento en la cooperación entre ambas coreas, lo que se materializó en el ámbito de la modernización económica y la infraestructura del país, nada permita asegurar que igual progreso se verifique en los vínculos de carácter global con terceros.

 

Ello no cambia el hecho de que, sin un acuerdo con Estados Unidos, el equilibrio geoestratégico en la península no podrá avanzar mucho, lo que no equivale a decir que China (que es el principal socio económicocomercial de Corea del Norte) pueda ser ninguneada. El planeta necesita que China continúe haciendo presión constructiva sobre Piongyang para que su Gobierno negocie, algo que en este momento también se halla condicionado por el enfrentamiento comercial de Pekín con Washington. En el corriente mes de enero, Kim visitó nuevamente China y es posible que haya conversado con el presidente Xi Jinping acerca de los objetivos que desea alcanzar en su relación con los Estados Unidos.

 

Al mismo tiempo, las acciones no ortodoxas del jefe de la Casa Blanca contrastan con otras decisiones de la Administración de ese país, como lo es la aprobación de la denominada “Asia Reassurance Initiative Act” (ARIA), un proyecto derivado de las audiencias mantenidas por el Senado en 2017 y 2018, cuyo texto refleja el entendimiento estadounidense de que en estos días existe una región geopolítica que se extiende desde India al Pacífico, lo que comprende a las relaciones con Nueva Delhi, la desnuclearización de la península coreana y los vínculos militares con Australia y Nueva Zelanda. Esta ley, demanda que el Jefe de la Casa Blanca desarrolle una estrategia diplomática orientada a trabajar con sus aliados para asegurar la libertad de navegación en esa región, y el incremento de las autorizaciones de gasto por 1.500 millones de dólares, ya que esa asignación presupuestaria expira en 2023.

 

Sugestivamente, el último 15 de enero la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) dio a conocer su evaluación del poder chino, describiendo sus objetivos militares y de defensa, estrategia y previsibles intenciones, como así también su estructura, organización y capacidad de las fuerzas armadas y de la base industrial del país, la que por su número es la más importante del mundo con 3 millones de soldados y un presupuesto que alcanza al 1.4% del PBI. Al presentar este documento el director de la agencia, Teniente General Robert Ashley, afirmó que la modernización del poder militar de Pekín se expandió notablemente. En estos días la fuerza terrestre que estaba encargada de la protección territorial y periférica de Pekín, ya es un recurso expedicionario muy ágil y capaz de proyectar la política exterior de China como parte de una diplomacia militar y operativa de alcance mundial.

 

Ese nuevo dato aumenta el riesgo de que las intenciones chinas, en especial su relación con Taiwán, que es una de las prioridades sobre las que Xi Jinping tiene el dedo en el renglón, genere el riesgo cierto de que Pekín se proponga someter a la isla en una acción militar. Como se sabe, éste es solo uno de los puntos de posible fricción con Washington, como también lo es el Mar del Sur de la China. Para el Gobierno de Xi, Taiwán es un problema interno y sus militares harán lo necesario para intentar la reunificación nacional, su soberanía y su integridad territorial, mientras que Estados Unidos sigue comprometido con su defensa y es el principal proveedor de armamentos con ese propósito (US$ 15.000 millones desde 2010). Tales hechos indican que los problemas entre las dos grandes potencias no son sólo comerciales, situación que nadie, la Argentina incluida, debería olvidar. Sobre todo al medir por dónde pasan sus acciones de inserción global en el mundo.

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