Da lo mismo ser un burro que un gran profesor

22 de enero, 2019

 

Por Jorge Riaboi Diplomatico y Periodista

 

La primera quincena del año trajo consigo un aluvión de inesperados analistas y expositores de política internacional. Como en muchos casos esta enjundia no coincide con mi limitado conocimiento o valoración de los hechos, me gustaría compartir mi propia lectura. Uno de esos aportes provino del embajador argentino en Pekín, Diego Guelar, quien sostuvo que nació el Grupo de los 2 (el G2) con la misión de ser el faro luminoso para resolver las disidencias entre los gobiernos de China y los Estados Unidos. Henry Kissinger había dicho, meses atrás, que ese formato puede ser lógico para desarrollar una agenda más modesta y funcional. El ex secretario de Estado alegaba que tal espacio (que, les recuerdo, no es el único aprobado con igual finalidad) puede servir si afianza un diálogo orientado a frenar los sucesivos conflictos o amenazas de conflicto geoestratégicos, sin demandar acciones de realismo mágico ni el utópico sacrificio de objetivos nacionales. Tal cosa dejaría colgada del pincel las disputas tecnológicas y comerciales que perforan la mente del estratega de la Casa Blanca.

 

El segundo de estos destapes, se refiere a los dichos de un joven funcionario de la Organización Económica de Cooperación y Desarrollo (la OCDE), Jens Arnold, quien decidió bajarle línea a Argentina acerca de como se debería manejar la apertura de su economía y con qué ímpetu le convendría descartar el Mercosur.

 

Tales brotes de originalidad no son novedosos. Hace más de ochenta años, Enrique Santos Discépolo calificaba a la sociedad argentina como un habitáculo en el que “…daba lo mismo ser un burro que un gran profesor” (Cambalache). Con las nuevas tecnologías surgió la verdad instantánea de las redes sociales, la proliferación de improvisados ensayistas y un creciente número de editores periodísticos que no pierden el tiempo en ligar la libertad de opinión con la responsabilidad de pensar. De esta forma resulta natural y confortable amamantar el “me gusta” o “no me gusta” de la doctrina Facebook y apostar con alivio a la canonización del rebuzno.

 

Así llegamos al pasado 13 de enero, día en que Arnold pontificó sobre temas que no parece dominar integralmente. Por lo pronto, sería genial que la OCDE haga un mayor esfuerzo por entender, no sólo leer en detalle, la periódica revisión de políticas comerciales (TPR’s en su sigla inglesa) que se ejecuta periódicamente en la OMC, un ejercicio bastante más digno que el originado por el club de las “buenas prácticas” bajo la premisa central del hagan lo que yo digo, más no lo que yo hago (como ex representante en las actividades de ambos foros, me siento relativamente equipado para comparar notas).

 

Además, le recomendaría varias lecturas. Ver a fondo los TPR’s preparados por la Secretaría de la OMC de cada uno los miembros plenos y tradicionales de la OCDE (concretamente, y como aperitivo, los vinculados con los países centrales del Viejo Continente, más Estados Unidos y Japón) y se pregunte con qué autoridad ética, profesional y política esos miembros, y la Secretaría, auditan las prácticas absurdas que suele tener la Argentina. Mi punto es claro: aunque la política comercial de mi país es un completo desastre, cualquiera de mis colegas entrenados pueden mirar de frente a cada Miembro de la OCDE y decir, como en el cuento apócrifo de Caperucita Roja, “pero mirá quien habla”.

 

También a la gente de la Rue Pascal le convendría saber en detalle por qué dos de los temas que frenaron la Asociación Transatlántica entre Estados Unidos y la UE fueron el proteccionismo regulatorio (ese que Arnold menciona en el reportaje periodístico como un impedimento para racionalizar el mercado argentino) y los diferentes niveles de protección arancelaria; ello se refleja en el papel que desempeñan los tabúes y políticas existentes en materia de subsidios agrícolas, standards ambientales, laborales, climáticos, sanitarios y obstáculos técnicos (TBT); de paso no le haría daño familiarizarse con las reales causas del estado de conflicto en el foro sobre cambio climático, donde los miembros desarrollados reconocen abiertamente que sus reservas políticas al Acuerdo se deben al interés de evitar la relocalización de inversiones y los desplazamientos amañados de exportación (lo que en Cambio Climático se conoce como el “leakage”).

 

Además me permitiría sugerirle que lea las condiciones de integración nacional y las reglas de origen regional fijadas en el USMCA/T-MEC (el nuevo NAFTA) para gozar de los beneficios de acceso al mercado regional (sin olvidar, al mismo tiempo, de indagar por qué, en simultáneo o paralelo, resulta polémico incluir a la industria automotriz en las actuales negociaciones bilaterales entre Washington y Bruselas sobre el tema); yo tampoco me privaría de hablar con Angel Gurría.

 

Le convendría repetir todas estas investigaciones con los amigos de Japón, Corea y Vietnam sin pasar por alto a las autoridades chinas, que dedican gran parte del día a ignorar las reglas de la OMC.

 

Va de suyo que estoy de acuerdo en que Argentina necesita exportar e importar más, mucho más. Al respecto le sugiero que antes de continuar hablando sin fundamento, se pregunte cuál era el nivel de integración de la industria automotriz original de nuestro país, que en una época superó el 90 % y averigüe en qué nivel de integración estamos ahora y en donde compramos las partes y los insumos de los bienes terminados que se ensamblan en nuestro territorio aduanero. Argentina tuvo un déficit en su reciente balanza de comercio industrial (2017) de 3 a 1, el que se cubrió con abastecimiento importado.

 

Por otra parte, el grado de apertura comercial de la Argentina es más amplio que el de Estados Unidos y sería bueno comparar cifras con ciertas naciones europeas sin computar como comercio exterior el comercio intracomunitario.

 

A título de complemento le sugeriría revisar los hechos a la luz de las reglas de la política comercial vigente y se pregunte si el rebuzno mercantilista que hoy predomina en Washington y en varias fuerzas políticas del Viejo Continente, deber ser la medida del comercio justo, eficiente y recíproco que pregona el amigo Donald Trump, el que con toda seguridad es un paradigma de liderazgo en materia de las “buenas prácticas” que pregona la organización que a usted le paga el sueldo. Y una última pregunta: ¿tiene autoridad la Secretaría de la OCDE para aconsejar el desmantelamiento del Mercosur como usted lo hizo en su declaración periodística? ¿Estaría dispuesto a hacer lo mismo con la Unión Europea o con el acuerdo USMCA/T-MEC que acaban de suscribir los miembros tradicionales de esa organización llamados Estados Unidos, Canadá y México?

 

Demos vuelta la página para hablar un poquito más “del G2” (sic). Lo primero que le sugeriría al embajador Guelar, es leer el texto de la Declaración del G20 que intentó comentar. Si mira los párrafos 20 y 21, notará que el supuesto consenso que él pondera, sólo fue orientado a repetir el abismal disenso que hay en materia de Cambio Climático. La Declaración grupal sólo logró consenso tras dejar fuera los conflictos centrales de la política global, como las guerras comerciales o las declaraciones principistas sobre el rechazo a toda forma de proteccionismo. Obviamente, ningún analista informado supone que el G20 es hoy un sostén político del modelo de liberalización económica (ver mis columnas sobre el CIGI).

 

La llamada guerra comercial con China, no sólo tiene el nombre de tal, sino que ganó ese rótulo debido a que surgió de la aplicación de medidas unilaterales e ilegales amparadas por la Sección 301 de la Ley de Comercio de Estados Unidos de 1974 y la Sección 232, referida a aspectos de Seguridad Nacional, de la Ley de Comercio de 1962. En conjunto, esas decisiones afectan, en este momento, a exportaciones por más de US$ 250.000 millones anuales y lo único que se pactó es no llevar, por ahora, del 10% al 25% los aranceles concernidos. Eso no es una amenaza de guerra, sino un coffee-break entre dos batallas del conflicto. Al redactar esta nota, China estaba ofreciendo aumentar sus importaciones por un valor combinado de 1.000.000 millones de dólares en seis años, llevando su actual superávit anual de US$ 323.000 millones a cero en el 2024. Me pregunto y le pregunto, ¿cómo quedarán las reglas de la OMC si Pekín arregla con Estados Unidos al margen de las reglas del Sistema Multilateral de Comercio, que es lo que ambos vienen haciendo hasta ahora y si estas decisiones se digitan a medida? Le aseguro que esas no son buenas noticias para Brasil, Argentina y los restantes “crédulos” de esa organización.

 

Cualquier partición del G20, debería responder al concepto de masa crítica y ser congruente con las alianzas políticas de ambos gobiernos. Los que se sientan alrededor de la mesa del primero de esos foros son bastante representativos de esa masa, mientras el tinglado de dos interlocutores tendrá legalidad, valor político e importancia estratégica, si resulta útil para firmar y cumplir una paz comercial viable. Tampoco me queda claro a qué se refiere Guelar con su actual adhesión a los valores occidentales. ¿Los orientales Japón, Corea del Sur, Singapur, India, Australia y Nueva Zelanda son o no parte de la familia occidental? ¿Israel, Jordania y Marruecos califican o no para entrar en ese club de campo? ¿Es Trump el emblema de los valores occidentales y del orden económico liberal? Si esto último fuera cierto, rogaría que me paren el mundo, porque quiero bajar (Quino).

 

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