Los diálogos estratégicos que salpicaron la reunión del G20

4 de diciembre, 2018

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Ninguna lectura de las reuniones anuales del G20 es completa si se omiten los insumos que fueron surgiendo de cada uno de los diálogos de carácter bilateral. La de Buenos Aires no se apartó de tal premisa.

 

El más reciente esfuerzo de gobernanza global se desarrolló cuando existe un escenario de fondo en el que las fuerzas del neonacionalismo tienden a ser muy potentes, cunde la bacteria del autoritarismo y aumentan las rivalidades geopolíticas. Aunque el foro se las arregló para acordar por consenso su rutinaria “Declaración de Los Líderes”, nadie parece listo para reivindicar, con exultantes manifestaciones de orgullo, el producto de esta nueva gestión. La cumbre también fue el tinglado de otros desarrollos políticos significativos, entre los que sobresalió el singular guión de las relaciones de Estados Unidos con China y la Federación Rusa. Veamos dos hechos.

 

Como es público, el 24 de noviembre, guardacostas rusos se apoderaron de tres buques ucranianos y sus respectivas tripulaciones, los que navegaban desde el puerto de Odessa, en el Mar Negro, al de Mariupol en el Mar de Azov, decisión táctica que parece inspirada en la anexión rusa de la antedicha península, la que se había materializado en 2014. Estos hechos tuvieron lugar en el Estrecho de Kerch, el que se halla ubicado entre Crimea y la costa rusa, donde Moscú acaba de terminar la construcción de un puente de 19 kilómetros de largo que une ambos puntos geográficos, lo que tuvo el efecto de restringir la navegación a los buques ucranianos que se dirigen a los puertos de esa nacionalidad en el Mar de Azov, motivo por el que Kiev acusó a Moscú de bloquear su tráfico marítimo y de desestabilizar al país.

 

Tales episodios se unen a los enfrentamientos en el este y sur de Ucrania, donde los separatistas buscan crear “la Nueva Rusia” en las regiones de Donetsk y Luhansk, apoyados por acciones de guerra rusas “híbridas o ambiguas” en su favor, las que fueron concebidas para quebrar el estatus quo. Hasta ahora los intentos de mediación de los gobiernos de Alemania y Francia ante Ucrania y Rusia no dieron resultado, a pesar de que estas gestiones se basaron en el contenido de dos Acuerdos suscriptos en Minsk (Bielorrusia). Tras el diálogo concretado en el marco del G20, surgieron las bases para realizar nuevas rondas de negociaciones sin que la UE y la OTAN tomen en cuenta la solicitud de sanciones contra Rusia que originó el Gobierno de Kiev.

 

En cambio, la Cumbre del G20 no resultó un buen momento para que el Jefe de la Casa Blanca se reuniera con el presidente Vladimir V. Putin, lo que llevó al primero de los nombrados a utilizar como excusa el incidente ucraniano para suspender la reunión bilateral que se pactara anticipadamente. Donald Trump vio que un nuevo acercamiento con la Federación Rusa tras los debates sobre la intervención del Kremlin en las elecciones de 2016 se vio drásticamente impulsado por uno de sus antiguos abogados, Michael Cohen, quien decidió reconocer el haber mentido al Congreso acerca de los proyectos inmobiliarios de su ex Jefe en Moscú, un proyecto que se concibió cuando ya existía la candidatura presidencial en marcha, a pesar de que Trump siempre negó haber tenido algún interés comercial en ese país. Esta situación se une a otras revelaciones y críticas a su proceder surgidas de políticos (inclusive republicanos) y de los medios de comunicación, en los que se habla del posible regalo o promesa de regalo de un gigantesco departamento en el centro de Moscú para el titular del Kremlin.

 

Estos factores dieron por tierra con las declaraciones de ambos presidentes, ya que los diversos problemas políticos que se fueron encadenando motivaron el regreso a la era de enfrentamiento bilateral. Entre esos elementos cabe mencionar el retiro estadounidense del Tratado de Armas Nucleares de Mediano Alcance (suscripto en 1987) y las disputas oficiales sobre Siria y Ucrania. En realidad, Estados Unidos y Rusia nunca pudieron superar las diferencias creadas por sus diferentes sistemas de Gobierno; ni tampoco las divergencia de intereses, narrativas y perspectivas (como así también las de sus aliados, representados en la arquitectura de seguridad europea) las que son en extremo contradictorias entre sí. Uno de los aspectos que se suele soslayar, es que Putin desconoce el principio de igualdad soberana de los Estados y está visiblemente a favor de un orden jerárquico internacional que favorezca a su país.

 

Durante la cena de trabajo que mantuvieron en Buenos Aires, tras concluir la Cumbre del G20, los presidentes Trump y Xi Jinping, decidieron bajar los decibles de su enfrentamiento comercial (guerra comercial) apelando a una tregua de 90 días, lapso en el que Estados Unidos se comprometió a no aplicar nuevos aranceles de importación a los productos chinos (ya que, a partir de enero, estaba previsto incrementarlos del 10% al 25% sobre una canasta de importaciones de US$ 200.000 millones y estaba en el aire la posibilidad de ampliar tal cobertura a más productos) y su contraparte china aceptó aumentar la compra de productos norteamericanos. De todas maneras, la relevante decisión temporaria no aleja definitivamente el riesgo de un gravísimo conflicto. No es la primera vez que se pactan estas treguas o planes bilaterales tampoco que se incumplen rigurosamente. Ambos países tienen legalidades y prácticas muy divergentes en materia de acceso a los mercados, propiedad intelectual y muchas otras expresiones de la política comercial. Además, a Washington le preocupa el desarrollo tecnológico chino que pone en peligro su actual primacía, la que se está desvaneciendo a pasos acelerados.

 

Para algunos analistas, lo que acaba de suceder responde a la anárquica táctica de negociación del Jefe de la Casa Blanca, ya demostrada en el caso de Corea del Norte. Ellos alegan que el incremento del 20% en el presupuesto de defensa de los países europeos; la revisión del Nafta (actual Usmca o T-Mec si el nuevo tratado se ratifica en Washington, Ottawa y Ciudad de México), y en la contención del precio del petróleo por parte de algunos de los países del Golfo, la que consistiría en mantener una retórica muy agresiva para luego negociar una solución transaccional, son elementos de política electoral y de tácticas que Trump considera muy astutas.

 

Además, tales enfoques son parte del “América Primero”. Otro factor a tener en cuenta es que Estados Unidos tiene una economía en expansión y pleno empleo, de modo que la posibilidad de que los aranceles aplicados a los productos chinos puedan originar el aumento de la producción doméstica en reemplazo de esas importaciones, está lejos de verificarse. Tal movida aumentaría los costos al consumidor norteamericano, algo largamente previsto y anticipado por miles de economistas estadounidenses. De esta forma, la tregua sólo permitiría saber cuánto está dispuesta a ceder cada una de las partes, cuestión que tiene gran importancia para la República Argentina, cuyo Gobierno asumió y sigue asumiendo voluminosos compromisos con cada uno de estos contendientes.

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