La productividad y los salarios en el Gigante Asiático

4 de diciembre, 2018

La productividad y los salarios en el Gigante Asiático

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

Con la agitación del G20, el mundo pasó por alto un hecho histórico. Los salarios reales del sector manufacturero de China ya superan con cierta holgura los del promedio de América Latina.

 

De ser un país olvidado, destruido y sin futuro hasta hace apenas 50 años, hoy China es por lejos la economía que más creció en las últimas décadas.

 

El único país de la región que todavía tiene mejores salarios es Chile, mientras que tanto Brasil como Argentina quedaron atrás, y será muy difícil que en las próximas décadas logren modificar esta situación. Además, los salarios chinos representan aproximadamente 70% de los ingresos laborales de los países medianos de la eurozona. Un caso particularmente triste es el de Portugal. En los últimos diez años, la diferencia de salarios horarios medidos en términos constantes con China pasó de ser cinco veces mayores en el país ibérico a superar hoy los salarios orientales en apenas 25%.

 

Así, China es la gran excepción en un mundo en el que los países de ingreso medio se encuentran en una trampa de crecimiento de la cual cada vez les cuesta más salir. Cabe preguntarse cuáles son las consecuencias de esta novedosa situación para el futuro de la economía global. Concretamente, uno se pregunta si es posible que esta suba salarial tan pronunciada en medio de la ausencia de crecimiento global haga a China menos competitiva y deje algún espacio a otros países para que compitan con menor desventaja frente a Gigante Asiático.

 

Lamentablemente, esta hipótesis debe ser descartada de plano. China en las últimas décadas no solo aumentó sus salarios reales, sino además su productividad. Es más, los ingresos laborales no siguieron mano a mano el ritmo de la productividad, lo que significa que China es ahora más y no menos competitiva que en el pasado. Esta mayor competitividad se fue ramificando y cada vez vemos en productos más extraños la etiqueta “Made in China”. Como gusta decir un colega, la respuesta a la pregunta sobre en qué se especializa China es “en todo”, y la ironía se vuelve cada vez más certera y realista.

 

Extendiendo un poco el concepto, podemos apostar que no existen casos de países cuyo proceso de desarrollo los haya llevado a perder competitividad y, con ella, un lugar productivo en la cadena global. Esto es así no solo porque en los últimos 50 años los salarios no crecen tan rápido como la productividad, sino además porque los procesos productivos novedosos suelen involucrar ganancias de escala tanto estáticas como dinámicas que crean círculos virtuosos de productividad y especialización. Eso sí, no es lo mismo especializarse en actividades con potenciales ramificaciones tecnológicas y posibilidades de “aprender haciendo” que en otras que no tienen estas conexiones.

 

El problema es que, desde luego, desarrollar esta lógica productiva no es sencillo. Requiere apoyo mutuo entre el Estado y los mercados privados, junto con una imprescindible estabilidad macroeconómica que permita organizarse adecuadamente para llevar a cabo semejante proyecto de país. Dicho lo cual habremos convencido al lector de los lejos que está Argentina de tener su lugar en el mundo, y de recuperar algún día una tasa de crecimiento destacable, sostenida y duradera que le permita reacomodarse y no perder su lugar en el G20.

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