El G20 volvió a digerir el bloqueo de Donald Trump

4 de diciembre, 2018

Macri y Trump

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Mientras llega el balance objetivo de la reunión del G20, un proceso donde se mezcló el buen trabajo organizativo con una relación costo-beneficio que aún deberá explicarse en detalle, sus miembros se dedicaron a complacer a Donald Trump y a dejar de lado, por segundo año consecutivo, la tarea central de reflotar las decisiones sustantivas sobre los problemas más acuciantes del planeta en el ámbito del comercio, las inversiones, el desarrollo sostenible y los vericuetos del cambio climático.

 

Un episodio de singular bisoñería y la Declaración de Buenos Aires que la Cumbre del G20 adoptó el pasado 1° de diciembre ayudan a confirmar, por segundo año consecutivo, que los líderes del foro se resignaron a volcar más energía “a mantener la buena onda” entre sus miembros (leáse, Donald), que a generar las políticas destinadas a satisfacer las preocupaciones y necesidades de sus países y regiones. Este G20 ya no se parece al que permitió enfrentar las crisis subprime, energética y alimentaria que emergieran en 2007/2008, ni escucha con verdadera atención a los pioneros de la lucha contra el cambio climático.

 

La economía real no termina de hacer pie en el foro. Se la trata como materia polémica y como asunto identificable con la incorrección política. Estamos en el revival del proteccionismo, el mismo virus que diezmó la humanidad entre 1930 y 1945.

 

No es casual que desde la Cumbre de Hamburgo de 2017, las partituras y las canciones hayan cambiado. En estos días parecen triunfar sin límite los dogmas y lineamientos del Jefe de la Casa Blanca Cuando esta columna semanal ya estaba casi lista, surgieron de las entrañas de la agencia Bloomberg conclusiones de parecido tenor (Balance of Power del 2/12/2018) a las que aquí se registran.

 

Por lo pronto, parece conveniente mencionar que el Canciller Jorge Faurie y un extrovertido representante de la diplomacia surgida de los avatares de la política se apresuraron a contestar a las reacciones que produjo, el viernes último, el rudimentario comunicado de la Casa Blanca sobre la reunión tempranera de los presidentes Mauricio Macri y Trump. En pocas horas se armó ambiente de gallinero ante el uso del término depredador (que en la jerga profesional se emplea al hablar de medidas depredadoras de precios en el comercio exterior), sin que ninguno de los actores del revuelo atinaran a explicar que tal calificativo se usa habitualmente para caracterizar a las empresas que exportan a precios artificialmente bajos (dumping) con el propósito de desplazar irregularmente la competencia leal de otros países, sea ésta la que exhibe el país importador o la proveniente de terceros exportadores de los mismos productos. De esas y otras prácticas se acusa con fundamento a China y no hay motivo para sentirse avergonzados o para recular. Ello, si uno sabe de qué habla.

 

Esas prácticas y el status legal de economía de mercado que demanda China desde fines de 2016, integran la agenda de trabajo de la alianza informal ad hoc de Washington, Bruselas y Tokio contra la dudosa competencia originada en la antedicha economía socialista. Muchos miembros de la OMC, uno quiere suponer que la Argentina está dispuesta a ser uno de ellos, saben que resulta necesario actualizar los acuerdos sobre dumping, subsidios y salvaguardias (son tres acuerdos separados), ya que éste es uno de los pocos puntos con los que nuestro país exhibe intereses similares a los de la Casa Blanca, puesto que ninguna economía está ciento por ciento preparada para combatir la creatividad y las ventajas de precio que generan las dactilares reglas del capitalismo chino.

 

Esto no supone comprar los otros delirios del paquete Trump compuesto de América Primero, su torpe desdén por el multilateralismo, su alejamiento del Acuerdo de París sobre Cambio Climático o las infundadas barbaridades que dice sobre la integración regional, procesos todos que merecen aggiornarse en lugar de implosionar. De modo que hayan o no salido el punto en la antedicha conversación presidencial (lo que no hubiera sido extraño porque el tema es de identificable actualidad), sería recomendable que los voceros de nuestro país reflexionen y se tomen el trabajo de asesorarse antes de hacer esgrima verbal en estas lides. ¿Capisce?

 

Sobre la Declaración de la Cumbre hay tanto que decir, que es preferible ser breve, ya que la prensa mundial se encargó de destacar tanto las bondades de la organización del evento (si uno olvida dos o tres desencantos aeroportuarios), así como la inocuidad del texto de la Declaración aprobada. Cuando el hiperactivo Jefe de la Casa Blanca ya estaba a punto de levantar vuelo para el sur (28/11/20018), su Jefe de asesores económicos, Larry Kudlow, repitió lo que Donald en persona había dicho en julio pasado al recibir al Presidente de la Comisión de la Unión Europea en la Casa Blanca (ver mis columnas, que son aburridas pero no son pecado). En ese momento sostuvo que su gobierno estaba dispuesto a entrar en acuerdos basados en la aplicación de cero arancel de importación; cero restricciones no arancelarias y cero subsidios.

 

¿Cómo se explica, si esa es realmente la oferta Urbi et Orbi que Trump dice estar dispuesto a sostener con quien se le ponga por delante, que el mismo gobierno rechace de mala manera el compromiso de encarar la lucha contra todas las expresiones del proteccionismo en las declaraciones del G20, un principio que estuvo incorporado sin problemas hasta 2016? Y ¿cómo es posible que los vibrantes sherpas del G20 no hayan insistido en esta obvia contradicción hasta conseguir un por qué creíble y buscar la punta del ovillo del nudo a desatar?. Y ¿para qué sirve, en momentos en que los conflictos de política comercial tienen prioridad casi absoluta en la agenda internacional, el tener un Grupo de Cooperación y Diálogo de este calibre si parece dispuesto a jugar al avestruz al tratar problemas candentes de esta magnitud?

 

Que todo lo que se lograra consensuar en los dos últimos G20, y en especial en el de Buenos Aires sea (al insertar en el punto 4 de la Declaración): “También notamos los corrientes asuntos comerciales”, hace pensar que tras acordar tal concepto todos se desplomaron por el esfuerzo. ¿De modo que las guerras comerciales hoy en danza, sus efectos recesivos y la función de empleo de mano de obra, los desplazamientos irregulares de comercio, la inversión y otras severas distorsiones que ello trae aparejado, no merecen una reacción un poquitito así más constructiva?.

 

Solo dos puntos más, ya que repetir todos los slogans de la declaración sobre educación, tecnologías de última generación, cibernética, medidas anticorrupción, nutrición y seguridad alimentaria, migraciones, derechos de la mujer y del niño y muchos etcéteras desparramados sobre el texto, me inducen a pensar que la Cumbre del G20 repite a la ONU y no que sus líderes son capaces de bajar línea a todas las organizaciones del planeta, lo que uno supuso era la función política orientadora del Grupo que se proclama como el más importante marco de Diálogo y Cooperación.

 

El primero de mis puntos ilustrativos se refiere al marco sobre Seguridad Alimentaria y Nutrición, en el que en ningún momento se alude a la importancia del comercio como garantía de esos objetivos, lo que se podría haber logrado con la cita al Compromiso Cuarto de la Cumbre de FAO de noviembre de 1996 que trata, justamente, sobre el mismo tema. Y además lo hace muy bien. Siquiera habría sido necesario inventar o redactar texto propio, sólo cabía citar o copiar el párrafo relevante. Es cierto que ello podría considerarse excesivo, sobre todo para un país como la Argentina que consigue 55% de sus ingresos no retornables (exportaciones) de la producción agropecuaria o de las manufacturas agropecuarias. Estados Unidos exporta 90% de sus productos primarios y manufacturas de origen agropecuario.

 

El segundo, al párrafo 27 de la declaración, donde finalmente se habla de la pasada importancia del Sistema Multilateral de Comercio (actualmente la OMC) como motor del crecimiento, productividad, innovación, creación de empleo y desarrollo. Ahí se dice que en estos días el sistema necesita modernizarse con urgencia y no satisface tales objetivos, lo que es un buen diagnóstico al provenir de los que hace quince años que se dedican a torpedear su funcionamiento, empezando por el Sistema de Solución de Diferencias. Y aunque muchas de las críticas son justas y se pueden compartir, los pioneros de tales observaciones se limitan a quejarse y hasta ahora no se han pronunciado sobre las propuestas que vienen de la Unión Europea y un grupo de países que al menos se pusieron a pensar y a escribir y le piden a Washington que digan qué diablos desean hacer, así nos dejamos de guitarrear y hacemos algún trabajo constructivo. Lo cual sería una lástima, ya que a mí me encanta la música de guitarra. Y esto es la ínfima parte de lo que tenía que decir, pero es suficiente por esta semana.

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