Las ideas del Grupo Ottawa para resucitar a la OMC

Trece ministros examinaron la propuesta de Canadá para fortalecer y modernizar la OMC y emitieron una austera y breve declaración

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Al término de su primera ronda de deliberaciones el pasado 25 de octubre, los trece ministros de pensamiento similar que se autodefinen como representantes de “la franja del medio” y examinaron la propuesta del Gobierno de Canadá para fortalecer y modernizar la Organización Mundial de Comercio (OMC), emitieron una austera y breve declaración. En ella sólo reformularon el modo y el orden de presentar las tres prioridades que debe contemplar el salvataje propuesto en el documento original de Ottawa (ver mi columna del 23 de octubre), lo que para los participantes de tal cónclave sería el punto de partida del ciclo sanador.

 

Como suele pasar, el producto que dejó satisfechos a los miembros de la reunión no apabulló al periodismo mundial ni generó actividad sísmica El anfitrión del ejercicio, el ministro de Comercio, Jim Carr, destacó que en los próximos tiempos informará de lo tratado a los restantes miembros de la OMC, entre ellos, a sus colegas de Estados Unidos y China, los que no fueron invitados a la inicial tormenta de ideas. En ningún momento se aludió a la noción de educar al G20, el principal foro de cooperación internacional que hasta el 1° de diciembre preside Argentina. Esto último es notable por cuanto, según el funcionario canadiense, una gran parte de las naciones en desarrollo necesitan ser esclarecidas acerca de lo que está pasando y entender las opciones válidas para garantizar la futura vida de esa organización.

 

Desde el vamos llamó la atención que un cónclave de esta magnitud se realizara en la última semana de octubre. Todos sabían que tal fecha no dejaba conocer los enfoques de política comercial que habrán de surgir del resultado de las elecciones legislativas estadounidenses previstas del 6 de noviembre ni las ideas que adoptará el nuevo Gobierno de México que asumirá el 1° de diciembre y menos el tipo de giro copernicano que habría de llegar tres días después del cónclave tras realizarse la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil. O sea que dos de las trece delegaciones invitadas fueron a Ottawa con el espíritu del pato rengo (lame-duck) o con los límites de los que sólo pueden escuchar más que opinar. Quizás esos y otros “accidentes técnicos” sirvan para explicar los motivos que llevaron a preanunciar una segunda reunión del grupo en enero de 2019.

 

La declaración en si tiene carilla y media, reitera obviedades principistas y da como válida una falaz premisa que antaño era el leit motiv del mundo en desarrollo y hoy es asumida como propia por el jefe de la Casa Blanca y sus apóstoles, así como por otros gobiernos que asoman a distintas variantes de populismo y mercantilismo aislacionista, al enarbolar la lógica en la que son las grandes naciones desarrolladas las que proclaman que “los beneficios del comercio no siempre fueron equitativamente distribuidos”, sin explicar las características, el origen real o los tangibles fundamentos de esa inequidad.

 

Uno se pregunta a qué fin útil sirve hablar de las tensiones comerciales y no de la visible guerra comercial que inició Estados Unidos y está nutrida por los enfoques aplicados por China y sus aliados, uno de cuyos frutos es la crisis de sobreproducción industrial que incluye al acero y al aluminio, a la que el Grupo de Ottawa no mencionó en sus expresiones públicas. Por suerte, al concebirse estas líneas vuelve a mencionarse la posibilidad de que haya acuerdo entre los líderes de Washington y Beijing (el que se sellaría en la cumbre del G20 de Buenos Aires) para desmantelar el escenario destructor de comercio que amenazaba con estallar en enero próximo, lo que supondría una implosión económica de niveles catastróficos (ver informes del FMI, la OCDE y la Oficina de Presupuesto del Congreso de Estados Unidos). Descartar ese estallido cuando están de por medio personalidades como las de Donald Trump y Xi Jinping, sería una verdadera imprudencia.

 

Quizás progreso en esta clase de debates sería precisar si la inequidad o la injusticia de las reglas multilaterales proviene de errores, vacíos o insuficiencias de los compromisos y enfoques existentes; o si éstas surgen de la incompetencia exportadora de ciertos miembros de esa organización para aprovechar las oportunidades que brinda el sistema global de liberalización del comercio, o aún si tales alegatos de daño pueden imputarse, en gran medida, al mal cumplimiento de los compromisos adquiridos por quienes usaron y usan a destajo los derechos y ventajas que brinda la OMC y escatiman, postergan o desvían las obligaciones que contrajeron con los demás Miembros del Sistema. También habría progreso si se alcanza una reformulación conceptual adecuada sobre la nueva dimensión del desarrollo. Suena a chiste que Singapur, Corea del Sur, China y otros países de parecido calibre aspiren a recibir trato especial y diferenciado, el que debería tener vínculo con la capacidad de competir, no sólo con los diagnósticos de pobreza aplicable a cada sociedad, debate para el que la OMC no está especialmente equipada ni es su razón de ser.

 

Las distintas propuestas de crear una OMC de varias velocidades que alientan los grupos impulsores de la reforma no habrán de cerrar ninguna de las incógnitas conocidas hasta que se explique seriamente por qué no fueron aprobados el acuerdo sobre la eliminación de los subsidios a la pesca, no avanzó el nuevo proyecto de Acuerdo plurilateral sobre el Comercio de Servicios (TISA) ni el Acuerdo sobre Bienes Ambientales (EGA), en tanto se suponía que los mencionados eran casos testigo que podían salir adelante con la mera voluntad política y entusiasmo de los que se presentan a sí mismos como la actual vanguardia del sistema. Aunque la obvia respuesta es que no hubo suficiente masa crítica, el asunto es un “tantito así” más complejo.

 

El Grupo Ottawa dice poco y mal, cuando al definir la prioridad de su Declaración se limita a reiterar la necesidad de normalizar el mecanismo de Solución de Diferencias de la OMC y de reponer de inmediato el plantel del Organo de Apelación (OA). Hoy valor agregado en este plano es sugerir el como, el cuando y sobre qué bases resultará posible hallar un rápido consenso sobre el tema. Lo demás es oratoria de “happy hour”. Las quejas de Estados Unidos sobre la tendencia legislativa del OA y a escaparse de la fuente original de su mandato y de las reglas aprobadas es seria y cierta. Es la parte que no debería ser desoída, dentro de la conducta inexcusablemente saboteadora que adoptó Washington. La declaración es inocua cuando afirma que los miembros del grupo están listos para trabajar, como si fuera lógico esperar otra cosa.

 

La segunda prioridad de la declaración, reactivar y remozar la agenda de las negociaciones, exige hacer una propuesta específica de temas de agenda (sin olvidar los compromisos de arrastre que figuran en la “built in agenda” de los acuerdos exisLtentes), fijar una temporalidad conocida para las negociaciones y determinar en qué casillero (multilateral o plurilateral) cae cada tema, así como cuáles son los requisitos de masa crítica para considerar que un trato está listo para ser Acuerdo. Reactivar el Sistema es asumir y aplicar el compromiso de delivery, no limitarse a hacer declaraciones sobre las responsabilidades que convendría asumir un día de estos.

 

La tercera prioridad, pone énfasis en la tarea de monitorear el cumplimiento de las obligaciones, lo que sólo requiere llevar a la práctica y mejorar la aplicación (enforcement) de las normas existentes. Todos los órganos de la OMC tienen reglas y plazos establecidos sobre transparencia, los que son de cumplimiento exigible. Se trata de una obligación legal que nació en 1947 con el viejo Artículo X del GATT y en muchas otras disposiciones relevantes. El sistema sólo debe poner contra la pared a los morosos y dejar de conversar. El default no debe ser sólo una figura del endeudamiento financiero, sin ser aplicable a quienes no cumplen sus obligaciones de acceso al mercado y trampean las reglas del sistema. Esas obligaciones son verificables y deben ser siempre legal y comercialmente viables.

 

Con toda seguridad, la próxima reunión del Grupo Ottawa absorberá y llevará a la práctica muchas y sin duda mejores versiones de las precedentes ideas. El grupo también debería prever que puede ser útil recordar una enseñanza. Es hora de armar con estos y otros insumos algo parecido, no igual, a lo que fuera el Proyecto de Acta Final (Draft Final Act) que concibió Arthur Dunkel en la Ronda Uruguay (la última exitosa) y ser creativos, no feudales, a la ahora de modernizar los mecanismos de consenso. Volver a la Ronda Tokio, como proponen algunos, no sólo sería retroceder cuarenta años, sino seguir coqueteando con las medias verdades y la eterna lujuria proteccionista de las economías hegemónicas.

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