De la adoxografía al elogio del pedal

¿Habrá que invocar nuevamente a Juan José Castelli por aquello de “si ves al futuro dile que no venga”?

 

Por Carlos Leyba

 

“Volvieron a bajar los salarios en agosto y caen las expectativas de contratación”. “Pérsico y tres Arroyos pidieron su concurso preventivo”. “Las automotrices se quejan por las pérdidas y reclaman un bono”. “Crece la preocupación en la industria del libro: creen que 2019 será peor”. “El dólar se hundió 13% en octubre y convirtió al peso en la moneda más rentable del mundo en el mes”.

 

Titulares de un matutino alineado a la política económica del Gobierno. ¿Qué tal?

 

Ayer, el dólar se aproximó al extremo inferior de la tablita cambiaria indexada al 3% mensual.

 

Una bandada de dólares se está liquidando en la plaza siguiendo el llamado de la tasa de interés en pesos que supera, por mucho, a la tasa de inflación. El presente.

 

Las expectativas. Según la encuesta de la UTDT, la inflación a un año será 40%. En la confianza de los consumidores, la UTDT señala una caída en picada desde hace un año. Se acerca de manera inquietante a los peores niveles del Siglo XXI. Las estimaciones econométricas, el Indice Líder de la misma UTDT nos dicen, con información de septiembre, que “se mantendrá la recesión de la actividad económica durante los próximos seis meses”.

 

Habrá que pasar primavera y verano. En la naturaleza, como en la economía, es tiempo de “variabilidad climática o calor en invierno”. En el otoño no hay brotes verdes y el invierno pocas horas de luz. La primavera de 2019 viene difícil.

 

Las malas nuevas no son para todos. Esta caída de la actividad presente y futura tiene la contrapartida de maravillosos negocios financieros. ¿Usted vio lo que ganan los bancos sin prestar? ¿Milagro?

 

Gustavo Bazzán, en el diario Clarín, nos dijo: “Quien vendió 1.000 dólares a $39,88 a fines de septiembre (…) y los puso en Lecap al 58 % anual en pesos (4,8% mensual) tiene ahora $ 41.170. Con el dólar a $36,98, puede comprar 1.127 dólares. Es decir que en un mes ganó 12,7% en dólares».

 

Es un escándalo derivado de una política monetaria cuyo resultado es elogiado por sus autores sin culpa.

 

Pero además es una megaimprudencia. No hay que ser ni muy sabio ni muy viejo, para advertir que después del carry trade de venida, que tiene, a la vez, la magia de bajar la cotización del dólar y generar una renta financiera de corto plazo escandalosa pagada por el BCRA, que termina en emisión monetaria contra nada, vendrá el movimiento de salida de los dólares que entraron. Al pedal le sucede inexorablemente la corrida en la dirección contraria.

 

Para frenar la corrida se acudirá al FMI por fondos y flexibilización del acuerdo. Otro no nos prestará: lo dice la tasa de riesgo país que no baja a pesar de estas “buenas noticias”.

 

Contradicciones gauchas, baja el dólar, se mantiene el riesgo país y se derrumba la economía real. El presente.

 

Deberían bajar las importaciones, pero si no aumentan drásticamente las exportaciones ¿cómo constituir un saldo positivo como garantía autónoma?

 

El tipo de cambio real en declive (nominal menos inflación menos eliminación de reembolso de impuestos menos retenciones) desalienta las exportaciones.

 

¿Cómo acumularemos dólares genuinos para equilibrar nuestro pasivo? ¿Por qué para el Gobierno ese no es un problema?

 

Guido Sandleris, en este primer mes, tuvo razón. “No compraría dólares”. Frase que se hizo cierta pero que, para comprenderla, hay que computar la tasa de interés real que Sandleris impuso.

 

La baja del dólar de estos días (el éxito de la gestión en términos PRO) es hija de la tasa de interés (y la sequía de pesos) y, a la vez, es la madre del derrape de la economía, del empleo y de la conocida e inevitable destrucción o desorganización, del capital productivo que estos procesos implican. Es lo que la tasa parió.

 

Procesos que los argentinos conocemos por la experiencia de vida. No hay milagros.

 

Es que atravesamos, una vez más, un período de reluciente adoxografía en boca de algunos economistas oficiales. Después de todo es el arte de elogiar de modo erudito las cosas inútiles.

 

En economía abundan elogios acerca de cosas que, aisladas, pueden ser buenas pero que miradas sistémicamente o por sus consecuencias, pueden ser la matriz de un desastre. Logros inútiles. “Que bueno baja el dólar”. Pero no porque haya aumentado la productividad.

 

Es porque subió la tasa de interés que, en última instancia, clausura la inversión y al hacerlo baja dinámicamente la productividad. ¿Y entonces?

 

Esto nos pasa con los relatos, discursos o gerundios, notablemente banales. La obsesión del corto plazo.

 

Los discursos oficiales (periodistas incluidos) sobre la marcha de la economía, el modelo implícito, se compadecen con el concepto de adoxografía que Arthur S. Pease identificó como el uso de “los legítimos métodos del encomio” aplicados a “no merecedores de ese halago, por ser, peligrosos o viciosos”.

 

El carry trade, para bajar la cotización del dólar, es un mal hábito (vicio) y la experiencia nos enseña que su aplicación es extremadamente peligrosa: la corrida o estampida cambiaria. Ya sabemos.

 

Pero más allá de estas especulaciones “la única verdad es la realidad” (Aristóteles, y luego Perón). Y de los $40 que generaron el cambio de política y de funcionarios; que motivaron las retenciones, adicionada a la quita de reintegros a las exportaciones y, a pesar del 6% de las inflaciones de septiembre y octubre (dos meses de inflación argentina equivalen a 3 años de inflación brasileña), el Gobierno se ufana de la caída de 13% en la cotización nominal en pesos del dólar que, sumado a la tasa de inflación del período, hace que la caída real sea del doble.

 

Un cimbronazo habida cuenta del vecino y su futuro. Veamos.

 

Entre las expectativas que alientan al gobierno está la recuperación de Brasil y el alineamiento de modelo que expresaría la presidencia Bolsonaro. Puede ser. Respecto del alineamiento ideológico Bolsonaro y su economista han hablado de privatizaciones (150 empresas estatales), procura del equilibrio fiscal (déficit de 7%), más flexibilidad laboral, apertura comercial y baja de aranceles, reforma privatizadora del régimen previsional, metas de inflación y tipo de cambio fluctuante.

 

Pero lo más relevante, respecto de nuestra relación, es que Pablo Guedes ha hablado de un tipo de cambio a 5 reales por dólar.

 

Brasil tiene una inflación de 4% y es una economía en la que el pass-through es irrelevante. Cada devaluación del real es “real”.

 

Ese nuevo tipo de cambio brasileño, con arancel cero, es letal para nuestra balanza comercial: producirá un aumento de las importaciones y una baja de las exportaciones.

 

Nuestro Gobierno, tan inconsistente a mediano y largo plazos, aspira a mantenerse en el piso inferior de la banda cambiaria, que se ajustará a la mitad de la tasa de inflación, mientras todo señala que las paritarias y las cláusulas gatillo, producirán una justa recuperación de poder de compra de lo salarios.

 

¿Qué pasará con Bolsonaro en la presidencia? Sabemos que aspira terminar con el déficit fiscal bajando deuda mediante la venta de empresas y la colocación, en el mercado, de US$ 100.000 millones a 5 reales cada uno.

 

Gran parte de su deuda es en reales. No hay anuncio de más presión tributaria. Quiere superávit primario en 2020 reduciendo subsidios empresarios e impuestos y ordenamiento fiscal

 

El déficit cuenta corriente de Brasil es 1% del PIB y si la baja de aranceles anunciada es acompañada de una devaluación, con fuerte disciplina fiscal y laboral, el saneamiento de sus cuentas externas es probable.

 

Uno de los aportantes a ese equilibrio, dado el arancel cero, seremos nosotros, y más aportaremos si continúa el carry trade y la fiesta financiera que incrementa el déficit fiscal financiero, baja el tipo de cambio y sube el déficit cuasi fiscal que financia el festival de los inversores de dólares a pesos.

 

Bolsonaro quiere desmontar la bola de nieve del endeudamiento interno (en moneda extranjera y en reales). La venta de las empresas estatales rendiría un poco menos que 20% de la deuda pública federal que es de 77% del PIB.

 

Bolsonaro usaría las reservas del BCB (US$ 380.000 millones) para secar el mercado de reales. Con el tipo de cambio a 5 reales por dólar vendería hasta US$ 100.000 millones contra bonos y títulos en manos de no residentes y fondos de especulación. Esa es la parte del leon de su proyectado ajuste fiscal.

 

Algunos de los economistas independientes, que han analizado las propuestas de Jair Bolsonaro, sostienen que el nuevo presidente conservará los ejes de la banca estatal y de Petrobras.

 

Los precios internos del petróleo seguirán a los internacionales, pero habrá instrumentos de protección de precios locales.

 

No habrá impuesto a las ganancias para menos de 5 salarios mínimos y encima de eso habrá una alícuota única de 20%. Y habrá mejoras en los programasde Bolsa Família: sostener, sin crear trabajo, se ha convertido en un paradigma regional.

 

Bajará alicuotas de importación, pero toda su apertura será con tipo de cambio alto.

 

¿Estamos a contramano, en relación a nuestro vecino y socio comercial, para nuestra economía productiva urbana?

 

Puede que la ideología económica de Bolsonaro y Guedes tenga un poderoso aire de familia con el macrismo: es una afirmación pro mercado enfocada a la apertura y a la flexibilización laboral con asistencia humanitaria.

 

Pero, más allá de las disparidades económicas de los puntos de partida (inflación, reservas, desequilibrios), una de las cuestiones centrales a futuro en la relación entre ambas naciones es la definición del modo de apertura.

 

Para M. Macri y G. Sandleris, la apertura viene con tipo de cambio real a la baja. Y para J. Bolsonaro y P. Guedes, la apertura parece que viene con tipo de cambio real a la suba.

 

¿Habrá que invocar a J.J. Castelli por aquello de “si ves al futuro dile que no venga”? O mejor hay que hacer política pensando en el futuro. Eso cura la adoxografía, enfermedad cuyo primer síntoma es el elogio del pedal. En eso estamos.

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