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Los peligros de la dolarización

27 de septiembre, 2018

Dólar hoy sube

 

Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

Con la reciente crisis cambiaria, una de las más fuertes de los últimos años, reaparecieron las propuestas de dolarización de la economía. Los reclamos destilan sensaciones de impotencia y desesperanza, acompañadas de un imperativo moral. Asistiendo a un fracaso tras otro (aun de sus propias recomendaciones), algunos analistas se dieron por vencidos y concluyeron que este país “no tiene futuro”, y que es necesario sancionar con rigor y de manera definitiva a una economía que acumula décadas de mala administración. La dolarización es el castigo divino de los fundamentalistas de mercado.

 

Afortunadamente, los defensores de la dolarización son pocos (prácticamente siempre los mismos), y parece haber un consenso entre el resto de los economistas de que esta es una mala idea. Y la verdad que más allá de posturas nacionalistas, existen razones macroeconómicas bastante justificadas para no llevar a cabo este proyecto.

 

La mayoría de los beneficios y los costos de la dolarización se han explicado con bastante precisión en otros lados, así que los repasaremos rápidamente. Las ventajas más citadas son (I) los menores costos de transacción (ya no son necesarias las casas de cambios); (II) la baja inflación; y (III) la autolimitación de los déficit fiscales. Los principales costos incluyen (a) perder el señoriaje; (b) resignar las políticas monetaria, cambiaria y fiscal; (c) una tendencia a la pérdida de competitividad; y (d) la imposibilidad de salir del esquema.

 

Como se ve, lo que para algunos son ventajas para otros son desventajas. No disponer de la política monetaria puede ser una bendición si siempre se cometen errores, pero puede ser una restricción innecesaria si las autoridades actúan con criterio. Dado que la economía está lejos de ser una ciencia exacta, es extraño que se afirme con tanta liviandad que es necesario prescindir de esa herramienta de política para siempre porque los errores han superado con creces a los aciertos. Lo que es indudable es que la dolarización traerá estabilidad de precios. Pero la estabilidad de precios no es un fin en sí mismo, sino un medio para tomar mejores decisiones, para estimular la inversión, y para crecer más. Pero la inflación tiene efectos asimétricos: cuando es alta y volátil la economía sufre pero cuando es inflación baja y estable no asegura de inmediato una tasa de crecimiento elevada.

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Los riesgos principales de la dolarización son tres. El primero es su irreversibilidad, o al menos su alto costo de reversibilidad. Al momento de dolarizar no se perjudica a nadie (salvo que el tipo de cambio elegido esté muy desalineado y afecte los contratos). Pero si luego de funcionar un tiempo con dolarización se desea salir del sistema, la situación es muy diferente, porque la razón principal para desdolarizar es que la economía necesita una devaluación de su (aún inexistente) moneda. O sea que el público verá cómo sus dólares se cambian por una moneda local nueva, pero a un valor injusto. Esta es una de las razones por las que Ecuador, dolarizado desde 2000, no salió del esquema aun con un gobierno que no lo aprobaba. El costo político es simplemente demasiado alto.

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El segundo peligro es la tendencia a la apreciación cambiaria. Estados Unidos es un país muy distinto a uno en desarrollo. Cuando hay una crisis, incluso en su propio país, la economía se llena de capitales que aprecian su moneda. EE.UU. pierde algo de competitividad, pero esto no lo afecta porque su déficit externo es infinitamente financiable. Los países atrasados en cambio tienen dificultades mayúsculas para financiarse, y un shock de apreciación puede acarrear ajustes externos muy violentos.

 

Pero el riesgo mayor es, como suele suceder, la tentación de llevar adelante políticas con resultados positivos en el corto plazo y negativos en el largo. La convertibilidad fue tan dañina porque entusiasmó tanto durante los primeros años, generando un crecimiento elevado con estabilidad de precios. Esta situación implicó una marcada subestimación del riesgo externo y terminó mal. El euro fue otro espejito de colores que benefició a muchos países periféricos de Europa al principio, hasta que la crisis de 2009 terminó con el sueño de “alemanizarse” por unos cuantos años, quizás décadas.

 

La dolarización no solo es una mala idea desde el punto de vista de un análisis costo-beneficio tradicional. Es además un canto de sirena peligroso que puede estrellar la embarcación de la economía contra el muelle más cercano. Atemos al palo mayor a los adoradores de la música sombría de la dolarización, y permanezcamos nosotros con tapones en los oídos, para llegar a buen puerto.

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