La nebulosa identidad de Europa en el futuro orden internacional

Los europeos empiezan a preguntarse, con bastante inquietud y retraso, qué papel tendrán en el mundo

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Los europeos empiezan a reconocer, con bastante inquietud y retraso, la crisis de liderazgo e identidad que tiende a opacar su influencia en el nuevo orden global. Recién ahora el Viejo Continente se pregunta cual será el papel que le cabe en un escenario que sólo escucha con atención las opiniones, los gestos y la acción que originan Estados Unidos y China. Por ello Bruselas trata de multiplicar las iniciativas y los enfoques destinados a conseguir una mayor participación en el diseño de las características fundamentales del Orden que emerge y las estrategias encaminadas a defender sus propios intereses, los que hoy no están tan claros. Sobre todo porque Europa se orienta a defender con gran pasión sus principios en lugar de indicar hacia donde quiere llegar con sus propuestas.

 

Desde 2014 el pensamiento de la Unión Europea (UE) está muy condicionado por las dos crisis externas y simultáneas que acaparan su atención estratégica, ya que ambas no parecen tener solución inmediata ni fácil contención. La primera, surge de las acciones rusas en el sur de Ucrania, y del hecho de saber que el presidente Putin considera al Viejo Continente y a la OTAN como amenazas directas y geoestratégicas a su poder. El Jefe del Kremlin objetó de manera inequívoca la expansión de esos poderes sobre varios países de Europa Central y los tres Estados Bálticos, y no conforme con ello desplegó acciones concretas que, llegado el caso, podrían alcanzar a otros escenarios regionales. Es difícil imaginar que Bruselas se halle lista para hacer frente a esta clase de amenazas.

 

El segundo obstáculo es la descontrolada migración que viene de Africa y Oriente Medio, como los contingentes que huyen de los conflictos radicados en Libia, Siria, Iraq, Afganistán y otros países. Estos desplazamientos no tienen miras de cesar si no terminan las guerras civiles y otras disputas que los originan, lo cual es particularmente grave porque son poblaciones que se agregan a los migrantes económicos de otras nacionalidades.

 

Testimonio de ello es que el viernes 7 de septiembre el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, dijo que en la actualidad está en juego el futuro de Libia y que si la UE no jugaba un papel en esa conflagración, el futuro de ese país puede quedar en manos de otros Estados. Tal panorama es de especial seriedad, por cuanto la ausencia de un Gobierno estable en ese país, el que hoy está a la deriva, haría mucho más difícil administrar y amortiguar las corrientes migratorias que se dirigen hacia el continente europeo.

 

La situación el ese Continente también empeoró por los conceptos erráticos del presidente Donald Trump, cuyo tenor revierte la expectativa de contar con el tradicional respaldo de Washington hacia la alianza del Atlántico Norte con las naciones de Europa. En el campo comercial, el Jefe de la Casa Blanca equiparó a la UE con China y adoptó las medidas que dieron a luz al conflicto en el que hizo entrar con fórceps a esa región, la que se vio desbordada por los acontecimientos, a la guerra comercial lanzada con los aranceles del aluminio y el acero impuestos por Washington. Esa realidad explica porque la Canciller Angela Merkel afirmó, meses atrás, que Alemania y Europa debían tomar sus destinos en sus propias manos.

 

El pensamiento alemán fue descripto por Joschka Fisher (en momentos en que era ministro de Relaciones Exteriores y fundador del Partido Verde), quien sostuvo que las acciones del presidente de los Estados Unidos pueden tener como resultado la obvia pérdida de la posición dominante de Occidente en el mundo, debido a que se están acelerando los desequilibrios en el balance de poder, por lo que los antiguos rectores del Atlántico Norte van a quedar en una situación de debilidad relativa al concretarse el desplazamiento económico y tecnológico que permitirá a China alcanzar el liderazgo del poder geopolítico. Por otra parte, Fisher también predijo que Europa debe temer por su futuro debido a tres desarrollos: la actitud ambivalente de Trump ante el principio de defensa mutua de la OTAN; sus constantes acciones orientadas a debilitar el papel de la OMC, en la que descansa la prosperidad europea y la importancia que cabe al desarrollo tecnológico en áreas como la digitalización y la inteligencia artificial, hecho que amenaza con afectar las jerarquías e influencia de cada región estratégica en el control del conocimiento. A su juicio, la UE debería reclamar por su soberanía completa y recuperar su lugar como un poder autónomo en la escena global, sobre la base de un frente unido y un nuevo entendimiento entre la UE y todos sus miembros.

 

Pero la UE recién en los últimos días decidió enfrentar las consecuencias aún no definidas del Brexit con la mirada puesta en lograr soluciones de consenso, las que requieren un gran trabajo de coordinación con los Estados Miembros que seguirán en la UE. En paralelo, salta a la vista el notable avance de las ideas populistas y ultranacionalistas de los Miembros más recientes de la Unión (como sucede con los movimientos políticos que ya ostentan esas ideas o están por llegar al poder en Rumania, Polonia y Hungría), cuyos objetivos centrales son contrarios a la inmigración, a los refugiados, a los derechos humanos, a las instituciones de la UE, a las políticas de integración y a la globalización, demostrando que la división entre izquierdas y derechas, está siendo superada por un enfrentamiento entre valores distintos, dada la preferencia por el nativismo y las soluciones nacionales para los problemas del continente.

 

En esencia, es una puja entre los nacionalistas antiliberales que enfrentan a los liberales europeístas.

 

Otro problema europeo es que sus dos países centrales, Francia y Alemania, hasta ahora no han podido liderar el desarrollo de una política efectiva de seguridad y defensa común, respecto de la que Berlín tiene una posición más restrictiva por razones históricas, mientras el presidente Emmanuel Macron, cuya situación nacional se debilita, es prácticamente el único que evidencia interés de enrolarse en operaciones ofensivas en el extranjero. Para la UE, la base institucional de esas acciones surge del Tratado de Lisboa y forma parte de la llamada Coordinación Estructurada Permanente de Defensa (PESCO, por sus siglas en inglés), que es un convenio suscripto por 25 Estados europeos, cuyo objetivo es prepararse adecuadamente para hacer frente a las nuevas amenazas –híbridas, cibernéticas, jihadistas y otros grupos o asuntos de alta dificultad– y lograr una mayor operatividad de sus fuerzas así como para desarrollar la industria de defensa, en un proceso que tiene mucho camino que recorrer y depende del Fondo Europeo de Defensa creado en 2017.

 

El concepto central que permite entender los recientes esfuerzos en esa materia reside, desde que terminara la Guerra Fría, en dedicar la inversión al desarrollo económico y disminuir notablemente los gastos en materia de defensa, un enfoque que motivara el conocido reclamo del presidente Trump a los demás miembros del OTAN, instándolos enérgicamente a incrementar esos gastos hasta alcanzar 2% de su PNB anual.

 

A pesar de la retórica del primer mandatario estadounidense, el compromiso norteamericano con la seguridad europea continúa, si bien la presencia militar de Estados Unidos en Europa pasó de 315.000 hombres en la época de la Guerra Fría a sólo 65.000 efectivos en la actualidad. Semejante tendencia se modificó en los últimos tiempos debido a la intervención rusa en Ucrania, conflicto que puso en marcha lo que se denomina la “Iniciativa de Disuasión Europea” (EDI), con un presupuesto cercano a los US$ 5.000 millones, por el que Washington otorga ayuda militar a los aliados en la OTAN de Lituania, Letonia, Estonia, Polonia, Rumania y Bulgaria, una cooperación militar sustancial con Ucrania, y una rotación temporal de tropas norteamericanas en el flanco este de esa Organización, que es el más frágil ante un eventual ataque ruso. Ello resulta un ejemplo más moderno de los que indican que las acciones de los Estados Unidos se sostienen, no obstante los dichos circunstanciales de la Casa Blanca, en base un criterio de continuidad. Después de todo Washington aún dispone del mayor presupuesto militar del mundo y no parece dispuesto a descuidar los intereses estratégicos de su gran proyección internacional.

 

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