Postales del analfabetismo financiero

Hoy, el falso plan de ahorro

 

Por Ezequiel Baum (*)

 

“Empecé a ganar bien, no sabía qué hacer con la plata y me metí en un plan para un cero kilómetro. Igual lo hice como inversión para vender el auto después. Ahora me subió la cuota por segunda vez y me quiero matar”.

 

Este valiente testimonio fue de una participante de uno de los cursos de introducción a las inversiones que di hace un par de años. Fue en una multinacional fabricante de productos químicos que me había contratado para integrar mis capacitaciones a su plan de beneficios de Recursos Humanos.

 

El enojo y la frustración eran evidentes. Pero no fue un caso aislado. Durante estos años fui recolectando experiencias similares, que me llevaron a dedicarle un capítulo entero de “Ordená tu Economía”, el libro de finanzas personales que publiqué a fines del 2016.

 

Hay un error de base en pensar en un vehículo como una inversión. No está destinado a generar una renta, pierde valor con el paso del tiempo y es una fuente de gastos frecuentes y extraordinarios (sobre todo imprevistos) a cambio de cierta comodidad. Pero más allá de eso, aceptando las ganas o necesidad de tener un vehículo y asumiendo que no es una inversión, la disyuntiva entre usado versus cero kilómetro no se puede pasar por alto. La pérdida de valor en ambos casos con el uso y el paso del tiempo es concreta, a pesar de que la inflación no ayuda a ver que, a precios constantes, todos los autos valen menos que hace un año (salvo que sean clásicos). De todas formas, aun cuando nuevos y usados pierden valor, la magnitud de la desvalorización de un auto nuevo a los pocos kilómetros de haberlo usado da para pensar si la decisión de esa compra más que racional es emocional (el olor a nuevo, la envidia de los vecinos, etcétera). Es cierto que un auto usado suele requerir mayor mantenimiento, pero los gastos asociados a patentes y seguro le ponen un piso de gastos mucho mayor al comprador de un 0 km.

 

Ahora bien, suponiendo que ya es un hecho que se necesita un auto y que el deseo es que sea a estrenar asumiendo los gastos más altos, llegamos el punto central de esta columna: la forma de pago.

 

El plan de ahorro es básicamente una vaquita multitudinaria organizada por una concesionaria. Los autos no los venden directamente los fabricantes: se arman redes de representantes que son empresas independientes de las terminales y se ocupan de la venta y el trato con el comprador. Esa “vaquita” consiste, básicamente, en que la concesionaria reciba mensualmente y durante casi siete años una cuota de cada uno de los que participa del plan. En Argentina, los datos de la Asociación de Fabricantes (Adefa) indican que llevamos acumuladas, a julio, unas 470.000 unidades vendidas a través de concesionarias, de las que unas 360.000 son autos. No hay datos precisos de cuantos se venden a través del plan de ahorro pero, con que sólo el 10% haya financiado la compra de su vehículo de esta manera, nos permite suponer que hay al menos 36.000 analfabetos financieros.

 

¿Por qué? Por no tener las herramientas o la conducta para tomar mejores decisiones con el dinero. Muchas personas logran disciplinar sus finanzas cuando asumen un compromiso del pago de una cuota. Al sacarse dinero de circulación y canalizarlo en el valor de un vehículo, mantienen la ficción del ahorro porque si tienen la plata, se la terminan gastando. No saben ahorrar acumulando dinero o sienten culpa.

 

Esto tiene varios problemas, pero uno que es muy importante: parte de las cuotas que pagan para “ahorrar en un auto” se va a financiar gastos y comisiones. Con lo cual, sólo ahorran lo que se identifica como “cuota pura”. Para ser claros: no todo lo que ahorran lo ahorran, una parte se pierde como un gasto administrativo o financiero. Esto representa de entrada una desventaja respecto a pagarse las cuotas a uno mismo guardando la plata. Ese mismo dinero que se obligan a dárselo a una concesionaria, mes a mes, durante siete años, podrían ahorrarlo por sus propios medios. En dólares, en plazos fijos UVA para mantener el valor y ganar un interés real o en un fondo común de inversión en acciones que, en cuatro años, tiene muchísimas probabilidades de aumentar varias veces más que el dólar o los precios. Es una estrategia que rendiría mucho más y permitiría alcanzar el valor del 0 km mucho antes. No sólo hay una pérdida de eficiencia en el plan de ahorro porque sólo la parte de la cuota pura paga su partecita mensual del auto. También hay un costo de oportunidad por no poner a trabajar el dinero que uno podría ahorrar en su totalidad si todos los meses se autopagara una cuota.

 

Ahora bien, si se espera hasta que se junta todo el dinero no es posible acceder antes al cero kilómetro. Es una de las ventajas que ofrecen los planes de ahorro, la licitación, que consiste en pagar bastante más dinero que el de la cuota mensual y ser elegido para retirar el auto antes y seguir pagando. O, en los casos que el plan de ahorro tenga incorporada la modalidad del sorteo, tener suerte para poder adjudicarse el auto antes de terminar de pagarlo.

 

Hay otra diferencia importante: en un escenario complicado, dejar de ahorrar no tiene consecuencias. Pero dejar de pagar la cuota de un plan de ahorro, sí. No es poco frecuente escuchar casos en los cuales las cuotas aumentan en función del valor del auto (o cambian el modelo porque quedó discontinuado y el nuevo vale mucho más) y en algunos casos se vuelve imposible pagarlas. Las alternativas ahí son pocas y malas. La más común es vender el plan (y la promesa del auto) a algún interesado que quiera pagar lo que falta, sabiendo que no es algo tan atractivo como un departamento ni con tanto mercado de reventa como un bono del Estado. En general el que compra, lo hace sabiendo que le está dando salida a un “ahorcado” y lo hace a cambio de un descuento importante en el valor acumulado hasta el momento. La otra opción es mantener ese dinero parado hasta el vencimiento del plan y recuperar lo aportado, neto de gastos, comisiones y penalidades, con el monto actualizado en función del valor del auto.

 

Dejando a un lado las situaciones catastróficas y el hecho de que es importante hacer números (combustible, seguro, patente, etcétera) para medir el impacto de empezar a mantener un auto antes de adjudicarlo, hay una cuestión no menor que no siempre está del todo clara. Al recibir el auto, lo que sucede es que se gestiona un préstamo prendario, con el vehículo en garantía. O sea que de entrada el ahorrista no sólo es un “falso ahorrista”, a partir de ese momento se convierte en deudor. Que no sólo ya no ahorra, sino que está devolviendo un préstamo y, como toda deuda, tiene intereses. O sea que parte del dinero no va al valor del auto, si no a pagar el costo financiero de poder disfrutar por anticipado de un auto que todavía no se terminó de pagar.

 

Siguiendo esta lógica de la ansiedad por tener el auto antes, nada impide ahorrar 30% (pesos más, pesos menos) del valor del auto 0 km que se desea y, el resto, directamente financiarlo con un préstamo prendario a través del banco en el que ya se tiene cuenta o del banco con el que la concesionaria tenga acuerdo. Al final del día se van a seguir pagando intereses, pero la estrategia de combinar ahorro genuino puesto a trabajar durante un tiempo con un préstamo prendario con el banco que de las mejores condiciones (tasas más bajas y/o bonificaciones, por ejemplo) es mucho más razonable que la propuesta de un plan de ahorro.

 

La realidad es que el plan de ahorro es la mejor forma que encontraron los fabricantes y las concesionarias para que los consumidores sean los que financian la venta, a diferencia de otros mercados donde es el vendedor el que financia al comprador.

 

Así como algunos aprenden a manejar con sus padres o amigos y luego la práctica hace el resto y otros toman cursos de manejo, con el dinero ocurre parecido. La diferencia es que a veces los padres y los amigos no saben mucho sobre finanzas y no es fácil encontrar donde enseñen a manejar las finanzas, aunque cada vez hay más cursos y contenidos disponibles para aprender. Es importante tomar conciencia de los errores que podemos cometer con nuestras finanzas que, si bien no pueden tener consecuencias tan graves como los errores al volante, pueden generarnos varios dolores de cabeza.

 

(*) Economista especializado en educación financiera, autor de Ordená tu Economía y fundador de Trainer Financiero

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