Negociación o confrontación

Trump declaró que estaba dispuesto a reunirse sin precondiciones, y en cualquier momento, con el presidente de Irán

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

El 30 de julio, el presidente Donald Trump declaró que estaba dispuesto a reunirse sin condicionamientos, y en cualquier momento, con Hassan Rouhani, el presidente de Irán. El Jefe de la Casa Blanca supone que negociar directamente con adversarios o enemigos, es el mejor de los atajos para resolver los conflictos y, que su nueva movida, sólo exhibe otro volcánico testimonio de la adhesión a la diplomacia personal, un método que le valió muchas críticas tras sus peculiares encuentros con el líder norcoreano, Kim Jong Un, y con el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin.

 

Fiel a sus contradictorios reflejos, poco antes Trump había sostenido que Teherán era el principal soporte del terrorismo y que el acuerdo nuclear de 2015, suscripto con ese Gobierno, había sido la peor de las alternativas para garantizar la paz en esa región del mundo. Tampoco se inhibió de aludir a un posible un enfrentamiento directo, al amenazar con acciones sin precedentes a ese país.

 

Los iraníes contestaron que resistirían cualquier intento de desestabilización.

 

La conducta del residente en la Oficina Oval podría estar encaminada a buscar una negociación desde posiciones de fuerza, comparable con la que empleó con Corea del Norte, pero ello equivale a desconocer que el poder de los ayatolas es diferente tanto por las características del poder que detentan, como por su proyección dentro de un área del planeta que convive con una aguda crisis permanente.

 

Los iraníes también respondieron que la oferta de Trump era un sueño que contradecía el temperamento que exhibiera al retirarse ilegalmente del acuerdo nuclear, reimponer las sanciones anteriores y ejercer presión sobre otros países para que no negocien con Teherán.

 

Irán tiene una larga Historia que se retrotrae al Imperio Persa. Es una Nación con una identidad nacional consolidada, que no pertenece al conjunto árabe. Y es el país chiita más importante del planeta.

 

Desde la Revolución Islámica de 1979, que representó la reorientación total de la sociedad y de su Gobierno mediante una ideología religiosa y nacionalista, volvió a ser un protagonista de la política regional. Sus actuales objetivos revisionistas en el campo de la geopolítica se extienden hasta el Líbano, tiene capacidad de desplegar con amplitud sus tropas y utiliza a distintas facciones chiitas en Iraq y protege, con la colaboración del Hezbolá, al régimen de Bashar Al-Assad en Siria. De ese modo Teherán alcanzó profundidad estratégica, pues sus efectivos se encuentran en las alturas del Golán y sólo se ven limitados por una decisión de Putin, gestionada en forma reiterada por Netanyahu y por las acciones punitivas de sus fuerzas que no aceptan la presencia iraní más allá de ciertos confines.

 

Para Teherán, los acontecimientos en Irak y Siria son centrales a la hora de enfrentar a Arabia Saudita –su principal rival regional sunita–, motivo por el que endosa las acciones de los hutíes en Yemen y a fracciones rebeldes en Bahrein.

 

Desde la Revolución Islámica y la toma de la Embajada de Estados Unidos en Teherán (durante el Gobierno de Jimmy Carter), comparte con Washington una relación turbulenta caracterizada por un antagonismo extremo y constantes enfrentamientos políticos. Al mismo tiempo es una competencia estratégica, pues Irán considera a los Estados Unidos como el principal obstáculo a su ambición de proyectarse en Medio Oriente y a consolidarse como la potencia dominante en el Golfo Pérsico. Esa situación la llevó a desarrollar su capacidad nuclear, misilística y asimétrica, con la finalidad de contrarrestar la debilidad de sus fuerzas convencionales. El líder supremo Ali Khamenei, y otras instituciones de la línea dura, como el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, se oponen a cualquier compromiso que afecte sus objetivos de seguridad nacional, lo que convirtió en obsoleto el pasado enfoque del presidente Rouhani, quien abogaba por una línea más negociadora con la comunidad internacional.

 

Es preciso recordar que, frente a la desintegración del orden regional que existió en Medio Oriente tras la Primavera Arabe y la aparición del Estado Islámico, Barack Obama no intervino en la guerra civil en Siria, por lo que de hecho dejó atrás la política de contener a Irán en lo concerniente a impedirle la posesión de armas nucleares. Esa etapa coincidió con la elección del presidente Rouhani en Irán, en junio de 2013 (quien fue reelecto en mayo de 2017), cuando éste se manifestó en favor del dialogo y de obtener el levantamiento de las sanciones económicas que afectaban profundamente a la economía del país.

 

Por otro lado, esas negociaciones fueron vistas con preocupación por Israel, Turquía, Arabia Saudita y algunos países del Golfo, que interpretaron que tal escenario lesionaba la balanza del poder regional. El Plan de Acción Conjunto y Comprensivo del 2015 para Irán fue el resultado de largas negociaciones entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania y ese país con el propósito de asegurar el carácter pacífico de su plan nuclear. Obama consideró ese plan como su legado internacional más importante y una pieza central de un proceso de distención orientado a consolidar las fuerzas reformistas y moderadas en Teherán.

 

En cambio, Trump adoptó una posición diferente. Al cuestionar y denunciar dicho acuerdo el pasado 8 de mayo (endosó la posición de Benjamin Netanyahu, que siempre lo definió como una herramienta peligrosa), anunció un plan para restablecer las sanciones bilaterales en agosto y reforzó su alianza con Arabia Saudita y algunos países del Golfo, en una búsqueda de alto riesgo para forjar la nueva contención de Irán.

 

Washington aún no parece contar con un plan de nuevas medidas para hacer frente a Teherán, con excepción de un listado de doce puntos que el secretario de Estado, Mike Pompeo, enumeró en su primer discurso en el cargo el 21 de mayo (reiterado el 22 de julio) que incluye requerimientos básicos maximalistas apoyados en sanciones y presiones, propenso a modificar la manera en que Irán trata a su pueblo, transformar sus conductas regionales y negociar un nuevo acuerdo que impida la proliferación nuclear. No está claro si la Casa Blanca pretende que los iraníes alteren sus acciones, o lograr el cambio de su régimen político (o ambas cosas a la vez).

 

Pero la situación regional se fue modificando en favor de Teherán. En Siria, Al-Assad ganó territorio debido a su apoyo –y el de Moscú–, mientras que, en Iraq, el Gobierno está condicionado por la influencia de los grupos paramilitares pro-iraníes. Paralelamente en Yemen, y a pesar de una intervención militar agresiva, los sauditas no fueron capaces de vencer a los hutíes, y el país es un desastre humanitario. En esa reciclada confrontación, la noticia es el cuestionamiento de Arabia Saudita y otros países árabes a las políticas de Catar, que incluyen su apoyo a la Hermandad Musulmana. Tal situación pide a gritos una solución diplomática desde hace más de un año, la que aún está por llegar. Eso explica porque dicho país se acerca a las políticas iraníes.

 

La conclusión de todo esto parece bastante obvia. El intento de Trump, que se basa en sanciones, no en acciones militares (pues su administración hizo clara la intención de retirar las tropas que se encuentran en Siria y próximas a las iraníes), no impidió que la semana pasada Irán comenzara nuevas maniobras navales en el Golfo, incluyendo el Estrecho de Ormuz, que es esencial para el tráfico energético de la región, lo que puede considerarse como un mensaje de dureza hacia Washington. Resta saber si Trump se apresta a recoger el guante.

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