La guerra comercial ya comenzó

Trump sigue obsesionado con fortalecer, a toda costa, el liderazgo económico y militar de EE.UU.

 

Por Héctor Rubini Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL

 

La calma en los mercados cambiarios y los buenos indicadores de la economía han reforzado en el Gobierno de Donald Trump la percepción de que EE.UU. ahora sí está en el rumbo correcto. La expansión fiscal vía obra pública y baja de impuestos, con proteccionismo y restricciones a la inmigración son los ejes centrales de una política complementada con el abandono del expansionismo monetario de la gestión de Barack Obama. Los datos del segundo trimestre con un crecimiento interanual del PIB de 4,1% y el del consumo privado de 4%, han alegrado a la Casa Blanca. Ahora deberá demostrar si podrá sostener de manera permanente esas tasas de crecimiento, algo que en el largo plazo al menos es harto dudoso, dado que las tasas de interés se espera que vayan subiendo al menos en los próximos 18 meses.

 

El ingreso de capitales y la demanda de bonos del Tesoro refuerzan esa expectativa, junto a la apreciación del dólar respecto del resto de las monedas. Esto podría afectar a los números de comercio exterior, pero en ese campo la administración Trump se sigue moviendo de manera activa, acorde a la agenda de política comercial anunciada el año pasado.

 

La prioridad sigue siendo la protección de empresas y consumidores locales, y la búsqueda de soluciones con terceros países sigue la misma estrategia desde el inicio de su gestión: aplicar unilateralmente barreras arancelarias o paraarancelarias (fundamentalmente contra China, Unión Europea, Corea del Sur, México y Canadá) para forzarlos a negociar de manera bilateral (y en cierta desventaja) con EE.UU. El “enemigo principal” es la República Popular China, y ya podríamos decir que estamos en la profundización del gradual inicio de una guerra comercial de duración y consecuencias todavía inciertas.

 

El pasado 6 de julio, la Casa Blanca había aplicado un arancel de 10% sobre 818 posiciones arancelarias de importaciones desde China por U$S 34.000 millones, y unos días antes, el 19 de junio el presidente Trump había amenazado con aplicar uno de 10% sobre importaciones de ese país (unas 6.000 posiciones arancelarias) por otros U$S 200.000 millones, probablemente para fines de septiembre. Tampoco descartó extenderlo a importaciones desde China por otros U$S 200.000 millones. Varios observadores esperan que ello ocurra antes de las elecciones de medio término de noviembre. Además, el viernes 3 de agosto el presidente Trump anunció que el arancel sobre las 6.000 posiciones mencionadas será de a 25%, y no de 10%, como había sostenido el 19 de junio.

 

China replicó el mismo el mismo día anunciando que gravará importaciones desde EE.UU. con aranceles sobre 5.207 posiciones (unos U$S 60.000 millones) entre 5% y 25%, sin especificar la fecha. Sin embargo, anteayer el Departamento de Comercio anunció que extendió el arancel de 25% del 6 de julio a otras 279 posiciones arancelarias provenientes de la República Popular China (U$S 16.000 millones) a partir del 23 de agosto. A partir de esa fecha entonces serían 1.097 posiciones las que pagarán un arancel de 25% (suman un total de U$S 50.000 millones).

 

La respuesta de Pekín no se hizo esperar: ayer anunció que también a partir del 23 de agosto cobrará un arancel de 25% sobre importaciones desde EE.UU. por U$S 16.000 millones, incluyendo, entre otros, bicicletas, gas oil, fuel oil, otros derivados de petróleo, productos de acero, equipamiento médico, automóviles, harina de pescado, desechos de la industria del papel y otros. El mismo entrará en vigencia también a partir del jueves 23 de agosto. De esa forma la lista de posiciones que pagan los nuevos aranceles pasó de 114 en junio a 333. Además, el gobierno chino elaboró la semana pasada una lista de importaciones de EE.UU. por otros U$S 60.000 millones que estarán sujetas a nuevos aranceles en caso de que la Casa Blanca siga avanzando según lo anunciado.

 

La suma de importaciones estadounidenses desde China con gravámenes ya aplicados o a aplicar hacia fin de año alcanzaría aproximadamente a los U$S 460.000 millones, esto es el 91% de las importaciones de bienes desde ese país en 2017. El gobierno chino, a su vez, ya aplicó, o tiene en estudio, aranceles sobre un total de importaciones desde EE.UU. por algo más de U$S 110.000 millones, el 85% del total importado en 2017.

 

Dado el monto inferior de compras de China a EE.UU., lo más probable es que Pekín continúe respondiendo con restricciones no arancelarias y penalidades específicas a los inversores estadounidenses en territorio chino. Esto conduciría, a más tardar el próximo año a varias compañías estadounidenses a modificar sus cadenas y redes de abastecimiento, y a empezar a irse de China hacia otras plazas, probablemente con mayores costos laborales y no laborales. Su impacto sobre el comercio y la economía mundial dependerá también de las medidas proteccionistas que adopte EE.UU. respecto de otros países, y esto entra en un terreno de total incertidumbre.

 

Para Trump el proteccionismo comercial es parte de su política de defensa. Ya cuenta con la aprobación del Congreso del nivel récord de gasto de defensa para este año. U$S 716.300 millones, y el mes pasado flexibilizó las normas de aprobación oficial de ventas de armas a los gobiernos de la Unión Europea. ¿Seguirá a la guerra comercial, una serie de maniobras y acciones militares fuera de EE.UU.? ¿Intervendrá el país del Norte en conflictos bélicos, o contribuirá a provocarlos, para sostener la producción y exportación de la industria armamentista local? Todo es posible, al menos con Trump, un presidente que sigue obsesionado con fortalecer a toda costa el liderazgo económico y militar de EE.UU. en el mundo.

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