La guerra comercial no redujo el déficit de EE.UU. con China

Los slogans mercantilistas y patoteros de Trump no eran ni son viables para atacar el verdadero origen del problema

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Los que creemos entender la importancia de regir el comercio mundial con reglas sanas y de aplicación generalizada, hicimos notar a tiempo que los slogans mercantilistas y las maniobras patoteras de Donald Trump para resolver el gigantesco déficit de intercambio de Estados Unidos no eran ni son viables para atacar el verdadero origen del problema. Sólo inducen a evocar la impotencia, los trágicos disparates económicos y los conflictos de los que en los años ‘30 hicieron estallar la Segunda Guerra Mundial. Con la diferencia de que las batallas de estos días se libran en teatros políticos saturados de problemas más complejos, donde se combinan elevados riesgos nucleares con imprevisibles focos de demencia terrorista. También sostuvimos que tarde o temprano esta clase de decisiones llevan a socavar el liderazgo de Washington, lo que resta de la coexistencia global y el desarrollo sostenible de un planeta que respira proteccionismo por los cuatro costados. Inclusive el propio y ascendente proteccionismo de Estados Unidos. Y lo que hace cuatro años, o aún a principios de 2018, era un pronóstico educado, es hoy la noticia relevante.

 

Lo primero que uno debe computar, es que las guerras y guerritas comerciales que está desatando la Casa Blanca para equilibrar las cuentas de su comercio, es parte de una terapia tan chanta que aún no hizo mella en su gigantesco déficit global ni en su déficit bilateral con China, desequilibrios que vienen creciendo mes a mes.

 

Según una columna de David Dollar, recogida por Brookings Institution y publicada originalmente el pasado 16 de agosto en The Hill (cuyo título es “En tanto la guerra comercial empeora, el déficit comercial aumenta”), en el mes de julio las exportaciones chinas se expandieron en 12,2% respecto de igual período del año anterior, muy por encima de lo que esperaban los analistas más escuchados. Al mismo tiempo, el pronóstico de crecimiento que acaba de emitir el FMI, prevé un crecimiento de China del 6,6%, una cifra que también excede el nivel estimado en una anterior proyección anual. Estos datos se oponen a la visión imperante en ese país asiático, cuyas autoridades empezaron 2018 tratando de bajar el excesivo aumento del crédito y haciendo grandes esfuerzos por reducir el papel de la banca paralela con el objetivo de fortalecer a las entidades más serias, en un razonable esfuerzo de control de daño.

 

Simultáneamente, la masa de inversión en China se comportó con ansiedad, puesto que los capitales todavía no saben cómo mensurar el efecto de las restricciones comerciales de Estados Unidos sobre la actividad económica. La Bolsa de Shanghai se ubicó 24% abajo del nivel que exhibía en enero último. La moneda china se devaluó sin aparentes manipulaciones oficiales en por lo menos 8%, lo que incide en el crecimiento de su competitividad global. Ante semejante incertidumbre nadie se atreve a pronosticar con ojo clínico lo que saldrá del nuevo encuentro de los viceministros de comercio de China y Estados Unidos planeado para fin de agosto, quienes se proponen desactivar la presente guerra comercial. Dos conatos previos que parecían alentadores, no llegaron a buen puerto. En fuentes parlamentarias atribuyen estas vacilaciones al deseo de la Casa Blanca de probar que el enojo de Trump no es pasajero o ficticio. Testimonio de ello es que, tras las andanadas iniciales de restricción comercial, que sirvieron para castigar US$ 50.000 millones de comercio por lado, Washington quiere apostar a otro paquete de restricciones de US$ 200.000 millones adicionales, al que Pekín replicaría con uno propio de US$ 60.000 millones (un nivel más exiguo debido a que las exportaciones estadounidenses a China no dan margen para afectar valores más elevados).

 

Mientras tanto, al terminar el primer semestre del corriente año, el déficit comercial de Estados Unidos había aumentado en 7 % respecto a igual período de 2017, en un contexto en el que el superávit de China se expandió en 9% y el de Europa en 16%. Al redactarse esta columna, los analistas asiáticos no esperaban cambios radicales en esta tendencia, ya que se afianza la idea de que el proteccionismo estadounidense no tendrá, a corto plazo, un impacto mucho más significativo en la economía de ese país. Adicionalmente se especula con que la eventual reducción de importaciones chinas será acompañada por una paralela reducción de las exportaciones de los Estados Unidos, por cuanto casi todos los países afectados por medidas unilaterales y restrictivas de Washington están aplicando represalias equivalentes y simétricas. Además se supone que los insumos estadounidenses que hasta el momento vienen de China, serán buscados en naciones asiáticas no contaminadas por la cuarentena arancelaria, ya que esos suministros son necesarios para preservar el actual nivel de competitividad.

 

El lector debería tener en cuenta que, si bien el objetivo central de la Casa Blanca era y es disciplinar a China, otros garrotazos comerciales de la estrategia Trump fueron en dirección de sus aliados políticos y socios comerciales de otras regiones, como México y Canadá, miembros “fraternales” del Acuerdo de Libre Comercio Norteamericano (conocido por su sigla inglesa Nafta). Uno de los productos involucrados en ese jueguito, fue el aumento de los aranceles a la importación de acero, el que subió al 25% con la cobertura de la Sección 232 de la Ley de Comercio de 1962, cuyo texto se vincula con posibles amenazas a la Seguridad Nacional estadounidense. Sobre el particular, la Fundación Cato enfatizó que, durante una interpelación efectuada en el Congreso al titular de la Oficina Comercial, el embajador Robert Lighthizer, éste eludió explicar por qué Canadá era considerado como un riesgo a la seguridad para Washington, cuando la mayor parte del acero que importa Estados Unidos proviene de ese mercado. Tampoco aclaró por qué, un mercado que absorbe 51% de las exportaciones totales de acero estadounidense puede ser visto como riesgo para la Seguridad Nacional, sin contar que el otro socio del Nafta, México, absorbe 38% del total. O sea que, en conjunto, los dos destinatarios sospechosos compran casi 90% del acero que exporta Estados Unidos, lo que implica fortalecer el desarrollo industrial de gente muy pero muy peligrosa. El que haya tomado más de dos margaritas puede dar fe de que esa acusación no es descabellada.

 

Y, ¿se esperan muchas concesiones de Pekín durante la próxima reunión de agosto de los viceministros? Sobre el particular, Dollar sostiene que el Gobierno chino propondrá la misma clase de ideas que resultaron mágicas en el caso del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, el pasado 25 de julio.

 

El representante de Pekín anunciará compras significativas, y de alto impacto periodístico, en materia de productos agrícolas y energéticos, lo que no difiere mucho de lo que ya sucede cotidianamente en el intercambio establecido. Los únicos que deberían preocuparse por semejante propuesta son los competidores de Brasil, Argentina y otros proveedores significativos, ya que estas decisiones son de algún modo digitadas por el gobierno chino y suponen otro contratiempo a la hora de soñar con la vuelta de nuestra “lluvia de divisas”.

 

También se proponen mencionar la apertura, ya acordada, del mercado automotriz y los servicios financieros. Cabe acotar que en el segundo de esos mercados se registra una participación extranjera inferior a 2%.

 

Se haría una vaga alusión a la voluntad china de mejorar el nivel de respeto a los derechos de propiedad intelectual y a evitar la forzada transferencia tecnológica en el caso de los inversores extranjeros.
¿Será esto suficiente para revertir la guerra comercial? Sólo Dios, Trump y los beneficiarios de sus tweets nocturnos pueden responder a semejante pregunta.

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