Recep Erdogan, el hombre fuerte sigue en el poder

Se prevé que acentúe su perfil autoritario y la búsqueda del control absoluto. Todo indica que profundizará el guión nacionalista y los códigos del Islam político

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

El 24 de junio se realizaron, en Turquía, las elecciones presidenciales y parlamentarias que decidiera anticipar el actual Gobierno, cuyo líder se había propuesto evitar que el acto comicial llegara tras haberse instalado en el país un escenario de visible deterioro de la situación económica. Como se esperaba, la votación resultó muy favorable para el presidente Recep Tayyip Erdogan (es la décimotercera elección que gana desde que fuera electo primer ministro en 2003) y esa jugada le permitió consolidar sus posiciones de mando, al transformarse en un mandatario que ejerce, al mismo tiempo, la Jefatura del Gobierno y del Estado.

 

Tras el discutido referendo del 16 de abril de 2017, mediante el que se había eliminado el puesto de primer ministro y condicionado los poderes del Parlamento y de la Justicia, Erdogan obtuvo en la mencionada elección el 52.6 % de los votos, en tanto su principal oponente, el líder de tendencia socialdemócrata Muharrem Ince, del Partido Republicano del Pueblo (CHP), sólo pudo conseguir el 30.6%. Esos números hicieron posible eludir la segunda vuelta electoral. Muchos analistas prevén que, en su nuevo mandato de cinco años, Erdogan acentúe su perfil autoritario y la búsqueda del absoluto control del país. Todo indica que profundizará el guión nacionalista y los códigos del islam político. Nada de esto es muy novedoso, por cuanto desde la época del Imperio Otomano Turquía siempre se caracterizó por Gobiernos muy poderosos.

 

El resultado de las elecciones nació de la alianza que forjó el partido de Erdogan, de centro derecha y llamado Justicia y Desarrollo (o AKP, fundado en 2001 para reemplazar a otros proscriptos por su carácter antisecular), con el partido ultranacionalista y de derecha Movimiento de Acción Nacionalista (MHP). Ese pacto electoral hizo posible ganar tanto las votaciones presidenciales como las parlamentarias, en las cuales ambos consiguieron mayoría legislativa, mientras la oposición se mantuvo atomizada y representada por cuatro partidos de otras tendencias. Entre ellos, el pro-kurdo Democrático del Pueblo (HDP) que por fin logró superar el umbral del 10%, a pesar de que su líder, Selahattin Demirtas, compitió desde la prisión. Ese estado de cosas proviene de la hostilidad del gobierno hacia los kurdos, la que se agudizó sensiblemente en el último trienio.

 

La elección también demostró, una vez más, que existe en Turquía una sociedad polarizada y en crisis, dividida por mitades entre las facciones leales a Erdogan y sus oponentes (seculares, liberales y kurdos, entre otros), lo que es consecuencia de que el Presidente está empeñado en modificar las características del país y reescribir la historia. De ese modo quedaría atrás la República diseñada por el coronel Kemal Ataturk, pues Erdogan intenta crear una nueva Turquía sobre la base de una profunda revolución cultural, el fortalecimiento del Estado y la transformación de sus instituciones democráticas, apoyándose en personas de sólidas creencias religiosas, las bajas clases medias urbanas, los comerciantes de la Anatolia y la clase rural, que son los beneficiarios directos de las políticas de su Gobierno, en un proceso que se fortaleció desde 2007 debido a la que hasta ahora fue una economía en expansión, grandes inversiones en infraestructura y la expansión educativa.

 

Nada novedoso: desde el Imperio Otomano, Turquía siempre se caracterizó por gobiernos muy poderosos

 

El golpe fallido de julio de 2016 le permitió a Erdogan declarar un Estado de Emergencia, el que ya se prorrogó siete veces hasta el presente, y consolidar su poder mediante la exclusión de miles de personas de las instituciones estatales y de las fuerzas armadas, la prisión y el enjuiciamiento de muchas otras, incluido en ello a un gran número de periodistas. Ante ello sus oponentes alegan que las recientes elecciones no fueron totalmente libres, puesto que los comicios estuvieron rodeados de un clima de temor y condicionamiento de la libertad de expresión.

 

Pero el nuevo factor condicionante se vincula con la finalización del amplio ciclo de prosperidad económica, lo que obliga a revisar un modelo de política que, al igual que en otras latitudes, se basó en la expansión del consumo y en el desarrollo de grandes obras públicas con voluminosos aportes de capital extranjero, un proceso que dejó atrás la inversión industrial. Es el mismo tipo de país que ensayaron Argentina, Brasil y Sudáfrica, donde se registraron problemas similares de vulnerabilidad y permeabilidad respecto de la modificación de las variables económicas internacionales, pues durante 2018 la lira turca se depreció el 20% frente al dólar estadounidense, debido a que el déficit del Presupuesto es alto, la inflación se descontrola y los inversores están buscando otros horizontes.

 

Para entender la política exterior de Turquía siempre es necesario recordar que es una potencia regional y su ubicación geográfica es muy significativa al constituir el vínculo esencial entre Europa y Asia, a pesar de que su historia incluye persistentes agresiones de muchas de las grandes potencias regionales expansivas que se sucedieron durante años, lo cual acentúa la pasión nacionalista que prima en ciertas acciones y grupos sociales. Desde los comienzos de su Gobierno, Erdogan trató de construir una relación significativa con sus vecinos musulmanes, presentándose como un modelo a seguir, ciclo que debió interrumpirse en 2011 debido a los conflictos y la inestabilidad de la zona.

 

Sus decisiones fueron igualmente afectadas por la situación de Siria, al fracasar su apoyo a la Hermandad Musulmana y al fortalecerse los kurdos sirios. Paralelamente, Ankara no pudo eludir las situaciones creadas en norte del Africa, al consolidarse los grandes movimientos jihadistas y al fortalecerse los kurdos sirios, a quienes consideran como un problema esencial para su propia estabilidad interna.

 

Erdogan tampoco consiguió mantenerse indiferente al fracasado golpe militar de 2016, el que tuvo el efecto de mejorar las relaciones de Turquía con la Federación Rusa y con Irán, y de debilitar sus vínculos con Estados Unidos y con la Unión Europea, situación que muy posiblemente se mantenga sin grandes cambios. Un caso muy elocuente es la posible adquisición turca del sistema ruso de defensa antiaéreo S-400, medida que podría dar lugar a sanciones por parte de Washington, mientras existen dudas legislativas acerca de la veracidad de un contrato de adquisición de aviones F-35 que habría realizado Ankara, a pesar de que para Estados Unidos los consensos políticos con Turquía son considerados esenciales.

 

El fortalecimiento de los partidos nacionalistas turcos puede tener el efecto de generar mayores problemas para lograr un arreglo interno con los kurdos y todo ello estimular una mayor presencia militar de Ankara en el norte de Siria e Iraq, donde mantiene cierto control territorial. También puede afectar las relaciones con la UE, con la se hallan estructuralmente estancadas las negociaciones para el perfeccionamiento del proyecto de Unión Aduanera. A ese cuadro se suma el creciente y persistente tema de los refugiados persiste, a pesar del Acuerdo entre Bruselas y el gobierno de Ankara de 2016, el que permite a esta última obtener una ayuda económica sustancial a cambio de detener a una corriente de refugiados que podrían llegar a Europa en un momento en que el Viejo Continente no lograr consenso acerca de qué hacer con ellos.

 

En síntesis, mientras el hombre fuerte continúa en el poder y su ejemplo puede hallar imitadores en otros movimientos nacionalistas esparcidos por el mundo, las estructuras democráticas tradicionales no tienen antídoto a muchas de estas problemáticas situaciones.

 

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