Entendiendo nuestra brecha de productividad

2 de julio, 2018

Entendiendo nuestra brecha de productividad

 

Por Fernando Navajas FIEL

 

La recomendación más aceptada para elevar el crecimiento potencial es elevar el ahorro y la inversión, y hacerlo por la vía de mejoras institucionales perdurables. El problema con esta recomendación es que es tan cierta para Argentina como para cualquier otro país. Por un lado, facilita las cosas y, por el otro, las vuelve poco específicas al país en cuestión.

 

De este modo, los problemas vinculados a la relación entre la estructura productiva y el crecimiento potencial brillan por su ausencia en la agenda de estudio, investigación y políticas públicas.

 

Una parte de este vacío se debe a la posición agnóstica que el análisis económico tiene sobre la estructura productiva de cara al patrón de ventajas comparativas de la economía, es decir, su orientación al comercio exterior como determinante de la productividad. Pero otra parte del vacío proviene del desinterés por entender que hay detrás de nuestros patrones de crecimiento sectorial.

 

Hace cuarenta años visitó el país una delegación japonesa, llamada la misión Okita, que nos dejó un interrogante que en su momento bautizamos con un gran amigo como la “pregunta japonesa”. ¿A qué se va a dedicar Argentina? Esta pregunta ha quedado sin responder desde entonces y mi sensación es que no estamos haciendo los esfuerzos que semejante interrogante plantea.

 

Este esfuerzo va mucho más allá del armado circunstancial que mezcla paneles sectoriales, economía light y management. Requiere desarrollar, a partir de análisis económico aplicado y sin presiones de lobbies sectoriales, bases de datos y resultados empíricos apoyados en metodologías creíbles y que lleven a recomendaciones o políticas concretas. Hay que poner recursos en esta línea de investigación, sobre bases serias y basadas en estándares internacionales. No hay otra.

 

Entendiendo nuestra brecha de productividad

 

Desde mediados del siglo pasado, es decir hace casi 7 décadas, la Argentina tuvo un franco deterioro comparativo en materia de productividad. Desplegó una pobre tendencia de largo plazo, inferior a 0,8% anual, de la productividad laboral, para usar una medida que permite hacer comparaciones internacionales homogéneas.

 

Esto aumentó de manera significativa la brecha que separa nuestra productividad del promedio de los países de la OCDE. La figura adjunta muestra la foto de nuestra brecha por sectores (según la clasificación del PIB a costo de factores) en 2010. Allí se grafica la brecha de productividad laboral de cada sector relativo al nivel de la productividad promedio de los países de la OCDE en ese mismo sector (normalizado en la unidad). Cada sector se representa por su participación en el empleo total, es decir, que barras muy anchas como servicios gubernamentales indican que el sector público absorbe bastante empleo mientras que otros sectores como la minería no tienen ancho de columna, es decir, no absorben empleo en una magnitud significativa. En todos los sectores, salvo en el sector agropecuario y en el sector minero, hemos tenido un retroceso de nuestra brecha de productividad relativo a la OCDE. Pero el salto de estos sectores no luce ser de una magnitud suficiente como para generar crecimiento agregado, más allá de ser pilares fundamentales para nuestra productividad y generación de divisas. Esta lectura es consistente con el diagnóstico que sostiene que nunca pudimos armar una trinidad virtuosa en nuestra estructura productiva que vinculara a) crecimiento tecnológicamente dinámico; b) en sectores transables y c) con suficiente demanda de empleo urbano (léase conurbano). El camino para responder la pregunta japonesa pasa por saber, si fuera el caso que esta trinidad es inalcanzable para nosotros, cómo vamos a delinear nuestra estructura productiva en pos del bien común. No del bien sectorial.

 

Aún dentro de este dilema y de nuestro flojo desempeño en materia de productividad existieron, sin embargo, tres momentos relativamente “estelares”. Esos tres momentos, según datos bastante robustos, fueron el período 1964-1972, el período 1990-1998 y, más recientemente, el período 2003-2010. Más allá de que a algunos no les guste aceptar uno u otro período o de que se los critique por no ser sostenibles.

 

Fueron tres momentos, a su modo y en contextos diferentes, en donde la inversión se movilizó (algo menos en los ‘90, lo cual fue paradójico). Pero en especial las empresas del sector manufacturero (en particular también las medianas y pequeñas) entraron en algún tipo de entendimiento o “conocimiento común” de qué era lo que había que hacer para modernizarse, o en algún caso (los ‘90, con la apertura) evitar perecer. Hoy, en cambio, las empresas, y de nuevo en especial las medianas y pequeñas, no tienen un sentimiento común de que estemos en un momento importante. No entienden bien qué partido están jugando.

 

Frente a este panorama, los cambios recientes en el Ministerio de la Producción parecen apuntar a recrear ese conocimiento común. Es algo que luce difícil porque las condiciones del programa macroeconómico acordado con el FMI no han abordado los elementos estructurales requeridos para generar dicho ambiente. Y no luce que eso vaya a ocurrir.

 

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