Los desbalances globales, hoy

La globalización plantea muchas potenciales ventajas, pero debe entenderse que por cada ventaja, aparecen nuevos riesgos.

 

Por Pablo Mira Docente e Investigador de la UBA

 

La segunda parte de la década de los 2000 marcó un rápido incremento de los llamados “desequilibrios globales”. El término refiere al ensanchamiento de los déficits en cuenta corriente de algunos países y regiones frente a otros. En el ojo de la tormenta de 2007/2009, el déficit de cuenta corriente de Estados Unidos representaba nada menos que el 3% del PIB mundial. Del lado de los superávits, diez años atrás los principales acreedores del mundo eran los países exportadores de petróleo, China y Alemania.

 

El desequilibrio global es una variable para seguir de cerca porque refleja la acumulación de deudas entre naciones. Cuando estas deudas aumentan rápidamente, traen consigo riesgos para el funcionamiento macroeconómico mundial. Una obligación que se torna insostenible obliga a los gobiernos a devaluar abruptamente su moneda, con efectos de corto plazo traumáticos. Cuando la corrección es muy severa, se pueden observar salidas de capital muy rápidas de algunos países emergentes, que pueden dar lugar a crisis financieras. Los socios de estos países, a su vez, suelen sufrir el “contagio” de la devaluación vecina, induciendo depreciaciones propias. A la larga, estos países terminan corrigiendo sus déficits por la vía de un gasto y un nivel de actividad menores.

 

Pero este tipo de ajuste no es el que típicamente se observan en los países desarrollados. La crisis de 2007-2009, originada en Estados Unidos por la explosión de su burbuja inmobiliaria, no resultó en una devaluación del dólar, y en realidad lo que paradójicamente sucedió es que los capitales volaron hacia ese país, promoviendo un mayor interés por la moneda americana. Pero el mundo sí sufrió una caída brusca del producto y eso aminoró los desequilibrios globales… por poco tiempo.

 

Tras la caída de la actividad mundial en 2009, el paquete de rescate coordinado de 2010 permitió una rápida recuperación, y con ella una recurrencia de las deudas mundiales. Aunque el nivel de los desequilibrios en términos del PIB no alcanzó los valores de 2007, hoy en día siguen siendo superiores a los que se observaban, por ejemplo, en la década de los ‘90.

 

La novedad fue el cambio de actores. Estados Unidos redujo su exposición bruscamente a la mitad a partir de 2009, pero ganaron lugar los mercados emergentes, entre los que sobresalen Brasil, India, México, Sudáfrica, y por supuesto Argentina. Del lado de los acreedores, la caída del precio del petróleo limó completamente el superávit de los exportadores de crudo, y China redujo parcialmente su resultado positivo como consecuencia del mayor gasto interno. Los “tigres asiáticos”, representados por Hong Kong, Corea del Sur y Singapur entre otros, también exhiben hoy superávit elevados. El único país europeo que permanece con un superávit alto y sostenido es Alemania, que mantiene acreencias que equivalen prácticamente al 1% del PIB mundial.

 

La disposición actual de la cuenta corriente global es relevante en lo económico, pero también en lo político. Por ejemplo, si Donald Trump desea reducir su déficit en cuenta corriente, Alemania, China o los tigres deberán observar una reducción correspondiente de su superávit. Pero dado que Estados Unidos no parece dispuesto a ceder en su gasto, y que la herramienta cambiaria no es un instrumento directo de la política monetaria norteamericana, Trump intenta cercenar el déficit mediante la imposición de aranceles y otras políticas comerciales.

 

Recientemente, una encuesta a un panel de cincuenta economistas famosos realizada por la Escuela de Negocios de la Universidad of Chicago Booth arrojó que, debido a que las cadenas de suministro mundiales están mucho más desarrolladas en la actualidad, los aranceles de importación probablemente terminen siendo bastante más costosos de lo que hubieran sido hace veinticinco años (estrictamente, ningún experto estuvo en desacuerdo con esta afirmación). A lo que habría que sumarle una potencial guerra de medidas proteccionistas como respuesta a las políticas de Estados Unidos.

 

La globalización plantea muchas potenciales ventajas, pero debe entenderse que por cada ventaja, aparecen nuevos riesgos. En Europa los desequilibrios persisten y han puesto en riesgo, ante la imposibilidad de contar con moneda propia, a los países periféricos con déficits sostenidos. Y en Estados Unidos, el político más poderoso de la Tierra está listo para encarar, si es necesario, una guerra comercial con los países superavitarios. Ninguna de estas es una buena noticia para las aspiraciones de crecimiento de los países en desarrollo, y mucho menos de Argentina.

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