Ahora Trump cree posible “modernizar” el NAFTA

Si bien Pompeo y otros suponen que a fines de agosto o principios de setiembre podría concluirse la “moderna” versión del NAFTA, no todos silban la misma melodía

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Si bien el secretario de Estado, Mike Pompeo, y otros miembros del gabinete de Donald Trump suponen que a fines de agosto o principios de setiembre podría concluirse la “moderna” versión del Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio (TLCAN en castellano, NAFTA en inglés), no todos los que están frente al micrófono silban la misma melodía o cantan la misma letra.

 

Siquiera hay versión uniforme acerca de cuando se podría formalizar un texto de esa naturaleza ya que, mientras el Jefe de la Casa Blanca insinuó que prefiere hacerlo después de las elecciones parlamentarias de noviembre, su negociador comercial, el embajador Robert Lighthizer (titular del USTR), pide que lo dejen acelerar los tiempos negociadores de este complejo paquete.

 

Pero las diferencias regulatorias y de enfoque que subsisten con México y Canadá no son literarias. El sólo hecho de que Washington se muestre tentado a dejar a un lado el esquema trilateral en los trabajos inmediatos, los que volverían a involucrar a los ministros o secretarios en los próximos días, ya que ahora surgió la compulsión de negociar dos textos bilaterales con distintos insumos y exigencias específicas, los que se fusionarían (¿?) al final del camino, induce a recordar tres cosas. Primero, que ese enfoque sólo reproduce la gimnasia empleada en el Acuerdo Transpacífico del que Trump salió solito y sin motivo apenas se sentó en la Oficina Oval, de lo que ahora dice estar arrepentido. Segundo, la idea de poner contra la pared a cada socio por separado para sacarle la carne hasta el hueso, es una táctica bastante añeja en los forcejeos entre una potencia hegemónica y un país con menor capacidad negociadora, por lo que suena a valiente que el gobierno mexicano tienda a aceptar el reto (tanto el negociador de la actual gestión, el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo Villareal, como el negociador de la gestión entrante, doctor Jesús Seade Helú), aunque con menor entusiasmo el gobierno de Ottawa. La clase dirigente de México suele ser bastante rigurosa y seria al manejar y aplicar el
concepto de políticas de Estado.

 

Hasta donde se sabe, el anárquico y cambiante planteo de la Casa Blanca se encamina a dibujar reglas “modernas” para forzar un sustancial aumento de la producción estadounidense, con la evidente finalidad de dejar de comprar muchos de los insumos y bienes terminados que hoy esa economía importa de sus dos socios comerciales del NAFTA o de terceros países, sin medir los efectos inflacionarios (obvia inflación de costos), recesivos y depredadores para la economía y la calidad de vida del consumidor. Tal enfoque está muy lejos de entusiasmar a las empresas líderes o a las pyme inteligentes, entre ellas las grandes firmas automotrices y productoras de insumos y partes, ya que para ellos el actual escenario venía funcionando bien. Resulta claro que se trata de una receta torpe y casera para reducir el amplio déficit estructural de comercio exterior estadounidense, apelando a recursos de proteccionismo reglamentario y mercantilista, esa que Trump dice combatir cuando la aplican a la economía de mercado socialista los chinos (y otros asiáticos) y a la socialdemócrata los europeos. Ciertos nudos de esa espinosa cuestión se refieren a cómo tratar el gigantesco y antedicho sector automotriz y aspectos políticamente sensibles del sector agrícola. En ese plano Trump no se atrevió a sugerir en el NAFTA, con equivalente audacia de jugador de póquer, la propuesta que lanzó en la última reunión del G7 (cero aranceles, cero subsidios y cero restricciones no arancelarias).

 

Para no complicar el relato, en esta columna vamos a olvidar, por ahora, los ensordecedores ruidos de la guerra comercial iniciada formalmente el 6 de julio pasado que comprende a los aumentos de aranceles aplicables al acero, el aluminio y al primer paquete de importaciones originadas en China, a lo que Pekín acaba de responder, sin perder la calma, golpe por golpe. Igual medicina ejecutaron los aliados y socios comerciales de Washington que fueron castigados por el delito de tener saldo favorable en el comercio con Estados Unidos, entre otros la UE, Japón, India, México y Canadá (que siempre fue leal a Washington y siquiera tiene un superávit crónico y decente en el comercio bilateral). Trump hace alardes infantiles con la posibilidad de elevar aún más el paquete de restricciones hasta los US$ 550.000 millones, cosa que fue adelantada en columnas anteriores.

 

El jefe de Negociadores del NAFTA designado por el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el doctor Jesús Seade Helú, fue el primer director general adjunto por América Latina que tuvo el ex GATT (y de los primeros años de la actual OMC), un hombre que también deambuló por el Fondo Monetario y el Banco Mundial. Jesús empezó su estada en Ginebra como Jefe de la Misión de su país ante el GATT. Por lo que dicen los tambores de la selva, AMLO sostuvo un diálogo de una media hora con Donald, con quien, como suelen hacer los Presidentes sexenales, destacó el deseo del futuro gobierno de continuar y mejorar las relaciones con Estados Unidos, incluyendo lo actuado por su antecesor Peña Nieto (el actual Presidente) en el caso de NAFTA y explorar otros proyectos conjuntos para aquietar los problemas migratorios. Destacó que el detalle de esos proyectos deberían ser analizados y procesados por sus respectivos negociadores, lo que forma parte de la habitual educación y prudencia mexicana (AMLO no fue ajeno a las seculares escuelas del PRI).

 

Según me informaran amigos comunes, y expusiera en una excelente reflexión el ex embajador de México en Washington, Arturo Sarukhán (ver Brookings Brief del 7/7/2018), sería conveniente que el Jefe de la Casa Blanca entendiera que para AMLO México Primero tiende a ser una consigna tan valiosa como para él America First y sería dañino no entender a tiempo que ese asuntito del respeto recíproco tendría que ser una premisa de la buena convivencia. Y lo que a juicio de este columnista todos deberían entender es, con una mirada global, lo que supondría un mundo con más de 200 naciones clamando “mi país primero” a la hora de regular el comercio, el crecimiento, el clima, la pobreza y la paz mundial.

 

Las cosas sobre las que insiste el titular del USTR y no parecen aceptables para los socios del NAFTA, lo que incluiría a Seade, es insertar en el nuevo acuerdo una cláusula quinquenal de terminación automática salvo decisión en contrario (ver mis columnas anteriores), algo que significa un absurdo desaliento para inversores de capital fijo. Parece que, con acierto, Seade llamó a esto “acuerdo de transición”. Por ello no sería dable esperar que AMLO apruebe lo que no aceptó Peña Nieto ni sería lógico imaginar que tal estupidez sea aceptada por un interlocutor racional. La realidad dirá donde termina este cuento. Algo similar sucede con las características de un futuro mecanismo inversor, Estado de Solución de Diferencias y con las normas sobre standars laborales que empujan los lobistas de la AFL-CIO.

 

El mismo razonamiento cabe a las medidas destinadas a igualar, con el uso de medidas de comando y control, las condiciones que deben regir la sana competencia regional. Por ejemplo, la noción de obligar a la existencia de un salario mínimo equivalente en las industrias automotrices de los tres mercados, lo que sería una burrada en términos de precios relativos y en términos de paz social. O levantar hasta la incompetencia con terceras regiones el nivel nacional y regional de integración obligatorio para gozar de las preferencias del NAFTA. Cualquier economista entiende que los salarios deben guardar proporción con la productividad y la capacidad objetiva de cada sector empresario, no de los caprichos políticos de un poder de turno nacional o extranjero. Este juego se llama localización de inversiones.

 

Por el lado canadiense, en ámbitos legislativos y lobistas empresarios de Estados Unidos se pide destronar el sistema de gerenciamiento de la oferta agrícola (supply management) que aplica Canadá a los lácteos, las aves y lo huevos. En esos y otros aspectos, los muchachos del Norte son bastante traviesos pero ofrecieron cuotas comercialmente viables, como lo hicieron en la Asociación Transpacífica. Sería un grave error quebrar la gradual adaptación del proceso.

 

Finalmente, hasta las apretadas negociadoras deben tener un límite si uno quiere un acuerdo positivo y duradero. La sola idea de incluir el sector automotriz en una investigación de la Sección 232 de la Ley de Comercio de 1962 (Seguridad Nacional) es otra barata, ilegal e insolente provocación. Como dijo el CEO de una gran automotriz estadounidense: no recuerdo episodio alguno en el que un Ford Fiesta haya sido utilizado en una operación bélica. Amenazar con un arancel del 25% a la importación de autos y autopartes (en camiones ese nivel ya se viene aplicando en forma habitual), es apostar a que venga, a vuelta de correo (o de twitts), una represalia superior a los US$ 300.000 millones. Todos estos replanteos llevarán a perder, no a ganar puestos de trabajo (las automotrices hablan de una merma mínima de 195.000 vacantes).

 

A los que me preguntan si puedo hacer un pronóstico, les contesto que sí. Por ahora mi pronóstico es reservado.

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