Lo que la devaluación nos dejó

El endeudamiento y la destrucción del capital de trabajo

Por Joel Vaisman Economista

 

Como acontece tras un huracán que pasa, luego se empiezan a evidenciar los daños. En el caso de la devaluación que llevó al dólar a superar los $25, no se podían evidenciar del todo los problemas por estar en el ojo de la tormenta.

 

Pero, con el anuncio de que Nicolás Dujovne concentrará prácticamente los poderes de un cuasi “super ministro”, como en las viejas usanzas, llevó cierto aire de respiro tanto a los agentes económicos, como a los mercados.

 

Fue, de hecho, un anuncio con el objetivo de brindar calma a todos ellos: ahora sí habría una cabeza coordinadora y una forma de reeditar al Ministerio de Economía, sin serlo en los papeles.

 

Con una aparente calma, y tras haber logrado que la tasa de Lebac llegara a una TNA de 40%, es importante ver los daños que ahora están enfrentando consumidores y productores a la vez.

 

El posible endeudamiento en los consumidores

 

En el caso de los consumidores, el análisis es más sencillo, dado que todos quienes participamos del mercado laboral lo sufrimos. Enfrentamos un atraso muy fuerte en el salario real, producto de paritarias que han quedado desfasadas, muchas negociadas en base a la supuesta meta de inflación original de 15%. Hubo una devaluación que ha empobrecido en poder adquisitivo a la población, que se enfrenta a muchos productos atados a la divisa norteamericana. Y una suba importante de tarifas y servicios privados, como la medicina prepaga.

 

Las tarifas, desde la asunción del Gobierno de Cambiemos, se han incrementado, según señala un estudio de la Universidad Nacional de Avellaneda, a un ritmo de 683% acumulado en agua, 930% en gas natural y 920% en energía eléctrica. Las prepagas, que impactan seriamente en la clase media, han subido su precio, con autorización del Ejecutivo, 81% acumulado promedio.

 

Los salarios, desde ya, lejos de haberse actualizado a ese ritmo. Tal es así que ya la gente destinaría 21% de sus ingresos laborales para pagar tarifas únicamente.

 

Sin embargo, las devaluaciones y subas bruscas tienen un efecto adicional que no se evidencia en el cortísimo plazo, que es el potencial endeudamiento de los consumidores. Ante un incremente tan veloz en el índice de precios, el consumidor tarda momentáneamente en adaptarse a su nuevo nivel de salario real, y su patrón de consumo sigue siendo el mismo. Podríamos llamarlo un “efecto tarjeta de crédito”, producto de una ilusión monetaria generada por la incertidumbre.

 

La problemática estaría en si los consumidores podrán mantener su nivel de gasto, y si podrán luego, hacer frente a las deudas contraídas. El temor de gran parte de la población, pos-2001, fue de volver a bancarizarse tras el boom de tarjetas de crédito de finales de los ‘90. Las altas tasas que se cobran para renegociar cuotas serán de una cuantía casi inimaginable, con el solo hecho de suponer que las Lebac, como un instrumento en pesos de bajo riesgo, rinden por sí mismas un 40%.

 

La parálisis momentánea en las pymes: pérdidas irrecuperables

 

En paralelo, las pymes, siempre vulnerables, enfrentan una situación de mucha incertidumbre. Cada vez que ocurren un cimbronazo cambiario, el mercado de bienes y servicios productivo (no el comercial) se paraliza.

 

Esto se debe a que varios precios, especialmente aquellos de materias primas, están atado al dólar. Nos referimos a insumos esenciales para la industria: aluminio, acero, hierro, plástico, pigmentos, repuestos para máquinas, etcétera.

 

Es una verdadera destrucción del capital de trabajo. ¿Qué es el capital de trabajo? Podríamos describirlo como los fondos que una firma inmoviliza para poder mantener la operatoria de la empresa, sin obtener ningún rendimiento a cambio. Las firmas tienen una “caja chica” para tener liquidez para situaciones diarias, otorgan créditos a sus clientes y mantienen stocks de inventarios como parte de sus políticas comerciales. Y al mismo tiempo, son financiadas por sus proveedores con plazo para cancelar sus facturas.

 

Una devaluación se lleva por delante al capital de trabajo. Los proveedores reducen los días para financiar, producto de la incertidumbre. Los créditos por venta, la contraparte, se pulveriza, dado que la factura fue emitida a un determinado monto, que muchas veces, al cobrarse, no alcanza para cubrir el costo del producto si se tiene que fabricar de cero.

 

Lo que termina sucediendo es que se genera una situación de parálisis, que puede durar semanas. No se emiten facturas, sino remitos. No hay precio, hasta que los principales vendedores de materia prima decidan que están dispuestos a comercializar a un determinado valor, reactivándose así la cadena.

 

Son días de pérdidas irrecuperables para las empresas como las pymes. Para ello, tratan entonces de recomponerse mediante líneas de crédito para capital de trabajo. Nuevamente, que las Lebac rindan 40% no ayuda en nada a las tasas activas para préstamos.

 

Para que esta situación no enfríe la actividad económica, eventualmente será necesaria una rebaja en tasas de interés para líneas de financiamiento, y una recomposición en los ingresos. Pese a las necesidades de reducción del déficit fiscal, se abre una nueva meta en paralelo: evitar el efecto de una parálisis inmediata en la economía, producto de la incertidumbre de hoy (en las pymes) y de un potencial endeudamiento que impida gasto futuro (para los consumidores).

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