La economía colaborativa cambió la fisonomía de las ciudades chinas

La economía colaborativa se encuentra en plena ebullción en el Gigante asiático y ya ha alcanzado un valor de US$ 680.000 millones en 2017

 

Por Alan Abadía Sociólogo

 

En los ultimos años, la economía de China se ha visto revolucionada por el llamado consumo colaborativo. En las ciudades del Gigante Asiático prácticamente todo lo que está en la calle puede usarse de forma compartida: viajar en auto con otros usuarios, alquilar bicicletas o vehículos eléctricos en la vía pública, baterias externas para celulares en el metro, hasta paraguas por doce horas por unos pocos centavos de dólar. El desarrollo de un modelo de negocios en el que mediante una plataforma digital se encuentran vendedores y compradores de manera instantánea ha modificado radicalmente el paisaje de las principales urbes chinas así como la vida cotidiana de su clase media. El surgimiento de incontables startups que quieren subirse a la fiebre de la sharing economy y la desesperación de los inversores por financiarlas aún cuando su rentabilidad es muy incierta han llevado al gigante asiástico a contar ya con 31 “unicornios” (compañías privadas valuadas en más de US$ 1.000 millones, así denominadas por su rareza) en el sector.

 

El más grande de ellos es Didi Chuxing, la plataforma de servicios de transporte fundada en 2012 en Pekín que logró desterrar nada menos que a Uber del territorio chino absorbiendo sus operaciones en 2016. Hoy su valor gira en torno a los US$ 56.000 millones, opera en 400 ciudades y tiene 300 millones de usuarios. Li Jianhua, director de desarrollo de la compañía, destacó recientemente que el servicio de viajes compartidos de Didi contribuyó en China a la reducción de 1,44 millones de toneladas de emisiones de carbono, ahorrando 62 millones de viajes. En este sentido, y en linea con la ambiciosa política ambiental que lleva adelante el gobierno chino, la empresa ya está incorporando autos eléctricos en sus servicios.

 

Lo cierto es que la economía colaborativa se encuentra en plena ebullción en el Gigante asiático. Ya ha alcanzado un valor de US$ 680.000 millones en 2017 y según estimaciones oficiales crecerá a un ritmo del 30% anual hasta representar un 10% del PIB en 2020. Aunque no faltan quienes alertan sobre una posible burbuja que puede tarde o temprano estallar, esta forma de consumo (mal llamado colaborativo, en tanto no hay colaboración entre usuarios sino reducción de costos mediante la utilización eficaz de recursos) ha calado en la sociedad china de manera mucho más intensa que en cualquier otro lugar del mundo. Basta recordar las resistencias que genera Uber cada vez que inicia operaciones en un nuevo territorio.

 

La clave para entender esta revolución hay que buscarla en la combinación de cuatro factores.

 

El rápido desarrollo económico y la consolidación de una clase media urbana. Hoy China cuenta con más de cien ciudades de más de un millón de habitantes, número que se presume será duplicado en los próximos diez años. Después de 30 años de crecimiento ininterrumpido, y con el actual viraje de la economía hacia un modelo impulsado por el consumo interno, se ha consolidado una robusta clase media con gran capacidad de consumo, y que es la principal desti
nataria de la economía colaborativa.

 

La expansión de la tecnología móvil y el uso extendido de aplicaciones de pago online. Según datos oficiales, 772 millones de chinos accedieron a internet en 2017 y el 97,5% lo hizo a través de teléfonos móviles. De estos últimos, 527 millones utilizaron regularmente aplicaciones de pago como Wechat Wallet o Alipay (propiedad de los gigantes Tencent y Alibaba respectivamente), que permiten a las plataformas de la economía colaborativa recibir pagos en dinero virtual de manera instantánea.

 

Apoyo gubernamental para el desarrollo del sector. El gobierno chino ha declarado a la economía colaborativa o gongxiang jingji como como un sector prioritario en tanto promueve el consumo eficaz de recursos, clave en áreas como el transporte urbano. En julio de 2017 publicó una serie de directrices para garantizar su crecimiento de una forma “prudente y ordenada”. Con este objetivo en la mira, declaró la necesidad de avanzar sobre la clara definición de derechos y responsabilidades de las empresas, estableció el otorgamiento de beneficios impositivos para asegurar su competitividad y se comprometió a alentar activamente la expansión de las empresas innovadoras del sector hacia el mercado internacional.

 

Confianza y participación de los consumidores chinos. La explosión de la sharing economy debe mucho al entusiasmo con la que fue recibida por los consumidores chinos y a la confianza que le profesan. Un reciente estudio de Lloyds reveló que el 68% considera sus beneficios superiores a sus riesgos, mientras que la mayoría de consumidores ingleses y norteamericanos todavía creen lo opuesto.

 

Sin embargo, en las últimas semanas el asesinato de una azafata mientras viajaba en un auto solicitado a traves de Didi en Zhengzhou (Henan) volvió a encender las alarmas sobre el costado oscuro de esta revolución. El sospechoso del asesinato es el hijo de un conductor registrado, quien robó el auto a su padre, recogió a la pasajera según lo pactado y la apuñaló. La empresa asumió total responsabilidad sobre el hecho en tanto se detectó que el sistema de reconocimiento facial con el que la plataforma cuenta desde 2016 no funcionó correctamente, y suspendió momentaneamenete su servicio de ride-hitching –en el que viajeros que van en la misma dirección comparten un vehículo–.

 

Si bien no hay dudas de que la economía colaborativa llegó para quedarse, el gran desafío para el Gobierno del país asiático parece estar en encontrar los marcos regulatorios adecuados para garantizar la provisión de servicios de calidad limitando riesgos para consumidores y empresas, algo en lo que ya está concentrando no pocos esfuerzos

 

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