El panorama global se enrarece

19 de abril, 2018

 

Por Miguel Zielonka Director Asociado de Econviews

 

El vaso medio lleno. Lo positivo de la economía global hoy en día es que por primera vez desde la gran crisis del 2009 hay un crecimiento sincronizado de los principales motores de la economía: EE.UU., China, Japón, Europa y emergentes. Las previsiones del Fondo Monetario Internacional en su informe World Economic Outlook apunta a un crecimiento mundial del 3,9% en 2018. Entre los factores más importantes para ese desempeño se detallan un incremento de la inversión en los países desarrollados, continuo crecimiento en las economías emergentes de Asia, un rebote notable en la performance de los países emergentes de Europa y la recuperación de varias economías exportadoras de materias primas. Adicionalmente, las repercusiones locales e internacionales por una política fiscal más expansiva en Estados Unidos derivada de la baja de impuestos se harán sentir positivamente en el nivel de actividad.

 

Un segundo factor positivo es que el crecimiento masivo que se viene registrado especialmente desde mediados de 2016 (y al que se sumó recientemente Europa) no ha venido esta vez a la par de la inflación. Algunos hablan de una nueva normalidad de la economía donde una mayor tasa de ahorro (envejecimiento de la población y mayor peso de Asia en el PIB mundial cuyos individuos y empresas ahorran más que sus pares occidentales) permiten que el equilibrio entre ahorro e inversión se produzca a niveles de tasa de interés nominal más baja.

 

Algunos economistas (grupo en el cual me anoto personalmente) consideran que otra explicación posible para la expansión de las economías sin presiones inflacionarias son las ganancias de productividad de las que se benefician las empresas que operan internacionalmente y que se derivan del proceso de globalización.

 

Al acceder a mejores precios y calidades de producción mediante el comercio internacional, los costos bajan más rápidamente de lo que pueden subir los precios empujados por la demanda final de bienes. Eso es lo que permite a empresas como Amazon aumentar su rentabilidad sin subir los precios. La competencia a través de los canales electrónicos también ha otorgado un gran poder de negociación a los consumidores que ahora pueden comparar y no convalidar subas de precios puntuales, poniendo un límite concreto a la suba del IPC en Estados Unidos.

 

El vaso medio vacío. En las últimas semanas recrudecieron las tensiones comerciales entre EE.UU. y China. Si bien no se sabe exactamente hasta donde puede llevarnos una mayor escalada en esta incipiente guerra comercial, lo que hemos visto hasta ahora forma parte de una estrategia de negociación dura de Donald Trump que ya ha utilizado en otros asuntos: pegar primero y negociar después.

 

El mercado no se siente cómodo con ese estilo de negociación, especialmente cuando se trata un tema tan sensible como el proteccionismo, y esto hasta ahora se ha visto reflejado en un aumento notorio de la volatilidad y un recorte de las posiciones de riesgo.

 

Como en toda negociación, quién tiene más tiempo y recursos lleva las de ganar. China tiene mucho para perder en una guerra comercial frontal, ya que exporta a Estados Unidos US$ 500.000 millones y le compra solamente US$ 130.000 millones. Sin embargo, China cuenta con mucho más tiempo: tiene reservas de recursos de todo tipo y sobre todo no tiene que enfrentar más elecciones, tras la reciente reforma política de Xi Jinping, como sí tiene que hacerlo Trump este año.

 

Si la escalada proteccionista recrudece (no es el escenario más probable pero no se puede descartar de plano) deberíamos esperar una detención del proceso de globalización de la producción, menores ganancias de productividad y por ende menos resultados publicados por las compañías que cotizan en Wall Street y otros mercados de acciones.

 

Además, el efecto de subas de precios de los bienes de una vez podría retroalimentarse y transformarse en inflación si la Reserva Federal no toma una postura más agresiva (de hecho, en la minuta de la reunión de marzo agregó un párrafo en el que introduce el riesgo de represalias o de una guerra comercial como un potencial factor negativo para la economía norteamericana).

 

Finalmente, más allá de algún beneficio puntual que obtengan los trabajadores de los sectores protegidos, la mayor parte de la población de los países perderá con la introducción de aranceles y la reducción del comercio internacional ya que los consumidores accederán a productos de menor calidad y de mayor precio.

 

Una segunda amenaza que se percibe desde el arribo de Trump a la presidencia es un mayor nivel de conflictividad bélico. Por sólo dar unos ejemplos, los recientes bombardeos a Siria se suma la detonación de una bomba “A” en Afganistán y a un enfrentamiento verbal entre Estados Unidos y Corea del Norte que por suerte bajó en decibeles hace unas semanas. El riesgo geopolítico va en ascenso y son varios los países como Rusia o Turquía que también han hecho demostraciones de su poder y de su voluntad de imponer algunas posturas por la fuerza.

 

La última de las amenazas del escenario actual es que el ciclo de política monetaria contractiva iniciada por la Reserva Federal en diciembre de 2015 abandone el carril del gradualismo y por algún motivo inesperado termine siendo un fenómeno más traumático, que reste liquidez a los mercados financieros y en especial a los países emergentes.

 

En la evolución de las fuerzas que hemos comentado hasta aquí se observa como tendencia una mayor inclinación de los países al aislamiento. Desde el Brexit en adelante, populismo, proteccionismo y guerra son todas dimensiones en las que hemos observado algún tipo de deterioro. En algún momento acusaremos recibo de este panorama mundial menos favorable. Como siempre, en finanzas el timing es todo y es lo más difícil de pronosticar. Hay que mantener la calma y a la vez ejercitar la cautela. Mientras tanto, a cruzar los dedos.

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