“La campaña es posible que altere la relación Nación-provincias”

5 de abril, 2018

Entrevista a Gonzalo Arias Sociólogo y consultor

 

Autor del libro “Gustar, ganar y gobernar. El ABC de la comunicación política” y consultor, Gonzalo Arias analiza en esta entrevista con El Economista la coyuntura política y traza algunas hipótesis sobre el escenario electoral de 2019. Señala las dificultades del peronismo para concretar los intentos de unidad y sostiene que Cambiemos encuentra más respuestas políticas que económicas. Además, destaca el papel clave que tendrán los gobernadores.

 

Los indicadores socioecómicos se presentan contradictorios, en tensión, con caída de la pobreza e inflación en alza. ¿Cómo procesa eso la sociedad, en términos de evaluación del presente y de expectativas?

En todos los ámbitos de la vida, las personas buscamos encontrar el sentido de lo que ocurre. La economía no es la excepción. Nunca hay que subestimar el poder de lo interpretativo; en comunicación solemos decir que la única verdad no es la realidad sino lo que la gente percibe. Es indudable que Cambiemos supo articular un discurso esperanzador, anclado siempre en un futuro mejor, no tanto en el presente, y con algunos indicadores que buscan mostrar diferencias evidentes respecto al pasado. Si bien, como señalan muchos analistas, el Gobierno aún no tiene un indicador rotundo que dé cuenta de la recuperación económica, se esfuerza por aportar pequeños datos que logran sostener las expectativas del electorado: la inversión extranjera, la visita de importantes líderes políticos y económicos del mundo (Obama, Merkel, Netanyahu, Macron, Mattarella, entre otros) o datos como el de la pobreza, que se difundió hace algunos pocos días.

 

¿Y la inflación?

Es evidente que el Gobierno tiene entre sus prioridades contener la inflación. Por un lado, lo hace con una estrategia discursiva (ya sea apelando a la “esperanza”, o culpando a la “pesada herencia”). Y, por el otro, es consciente de que, si el clima electoral comienza antes de lo previsto en el calendario formal, la economía pasa a ser un tema político más que económico. En una campaña polarizada entre un kirchnerismo cada vez más debilitado y Cambiemos, que viene de un triunfo electoral, ¿quién es más susceptible de sufrir, electoralmente hablando, las “heridas” que provoca la inflación? Si se tiene en cuenta que en algunas provincias las elecciones locales pueden realizarse en el primer trimestre de 2019, desdoblándose respecto a las nacionales, la oficialización de alianzas y candidatos estaría comenzando en noviembre o diciembre de este año.

 

¿Cuál será la estrategia de Cambiemos de ahora hasta el inicio de la campaña y cuáles cree que pueden ser sus puntos críticos?

El PRO, en particular, y Cambiemos, en general, han demostrado ser muy eficaces en tiempos de campaña. Seguramente, más que en lo que respecta a la gestión. La campaña está, en cierta forma, a la vuelta de la esquina. En este sentido, puede decirse que si 2017 fue el año en el cual el desafío simbólico de Cambiemos era ganarle a Cristina Kirchner, 2018 es el año de ganar más gobernaciones. Teniendo muy en claro dicho objetivo, los gobernadores peronistas buscan preservarse con una estrategia electoral-legal que tiene como principal arista el desdoblamiento. Carlos Verna, de La Pampa; Rosana Bertone, de Tierra del Fuego; Gustavo Bordet, de Entre Ríos; Domingo Peppo, de Chaco; Alberto Rodríguez Saá, de San Luis; y Sergio Uñac, de San Juan; todos ven que es una considerable ventaja llevar la discusión política al terreno local, bajo la idea de que “en casa se es más fuerte”.

 

A pesar de los intentos o las definiciones a favor de la unidad, el peronismo sigue fragmentado. ¿Qué terminará primando, la confluencia o la dispersión, y de qué depende que suceda cada cosa?

Aunque parezca una obviedad, la unidad es imposible si cada sector tira con todas sus fuerzas en dirección opuesta respecto a los demás. En algún punto todos tienen que ceder algo. En ese sentido, Cristina Kirchner tiene que plantearse si está lista, en términos políticos, para hacer dicho esfuerzo. En 2017, el análisis que ella y su equipo de campaña hacían era que podía prescindir de todo y de todos, y por ello evitó las internas.  Apenas se acercó a los dirigentes peronistas de la tercera sección electoral (La Matanza, Lomas de Zamora, Berazategui, Avellaneda, entre otros), en donde no necesitaba ceder nada. Por momentos parece que es la misma Cristina un obstáculo para la unión. Aunque más allá de las voluntades, como la mayoría de las disputas electorales seguramente van a ser los “porotos” los que definan una unión posible. Esto no es más que eso: una disputa electoral que se resuelve con votos, pero que, al tratarse del peronismo, parece un tsunami electoral.

 

¿Depende de lo que haga Cristina?

En 2017, Cristina creyó que ganabsola. Lo que en algún momento era su piso electoral, se transformó en un techo muy difícil de perforar: el famoso 30%. Existe la posibilidad de que, en pos de conciliar con aquellos sectores del panperonismo que no la quieren, no se presente. En este caso es posible que el exministro de economía Axel Kicillof o el actual diputado nacional Agustín Rossi encabecen alguna fórmula representándola. “El que gana lidera, y el resto acompaña” dice el principio peronista. Sin embargo, la Historia muestra que la unidad parece ser más fácil en contextos poco favorables, más cercanos a la resistencia y/o la oposición. La actitud de los que hasta hace poco tiempo eran animadores del espacio massista parecen plegarse a esto. La gran incógnita es la que proviene desde las provincias. Es decir, la estrategia de los gobernadores. Algunos de los peronistas que sobrevivieron al cimbronazo de 2015 y que aun intentan cicatrizar las heridas del 2017 están más lejos de Cristina que de Macri. En estos casos está claro que el acercamiento que muchos sostienen con el Gobierno desde 2015 puede correr por vías económicas (coparticipación, obras, etc) y gobernabilidad (leyes, asistencia de la Nación) más que ideológicas. Por ello, la campaña es otra historia, muy distinta, que puede alterar significativamente esta relación Nación- provincias.

 

¿Qué supone que hará?

Está más que claro que Cristina no es una improvisada. Puede agradar mucho o poco, pero está claro que no prescinde de la estrategia política. Su estilo, sobre todo en los últimos años de su segundo mandato, tuvo un movimiento centrípeto. Es decir, que se cerró sobre su propio espacio político, achicando el núcleo duro cada vez en menos referentes. Pareció más interesada en conducir una minoría disciplinada que en conquistar mayorías. Hoy Cristina parece estar expectante ante los movimientos en el peronismo. Su ordenamiento, sin su directa y pública intervención, le dará a ella las pautas de cuál será su lugar dentro del partido y en qué medida podrá disponer de un espacio que claramente demanda nuevos líderes, más competitivos electoralmente.

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