La negación externa

Hoy, la situación externa nuevamente comienza a desvelar a algunos analistas, tal como ocurría en los ‘90

 

Por Pablo Mira Economista

 

En un reportaje que a la postre se hizo famoso, un periodista le expresaba al entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, su preocupación por el creciente déficit en cuenta corriente que presentaba la economía argentina a mediados de los ‘90. Cavallo respondió sin pestañear que lejos de preocuparse por el déficit externo, él se sentía entusiasmado por la fabulosa entrada de capitales que estaba experimentando el país.

 

Cavallo había echado mano del viejo truco de la contabilidad de doble entrada: todo déficit debe financiarse, y Argentina recibía en esas épocas miles de millones de dólares en préstamos para poder importar más de lo que exportaba (y también para pagar los intereses de su deuda). Parece tratarse de una cuestión semántica: o bien el país se endeuda porque no tiene otra posibilidad para cubrir su insuficiente competitividad, o bien el mundo nos concede crédito porque tiene una enorme fe en nuestro futuro. En aquella oportunidad, el tiempo parece haberle dado la razón a los preocupados.

 

Hoy la situación externa nuevamente comienza a desvelar a algunos analistas, tal como ocurría en los ‘90. Pero existe una diferencia fundamental entre ambos “modelos”: la convertibilidad era un régimen de tipo de cambio fijo, mientras que hoy el tipo de cambio es flexible. Es por eso que en la actualidad los economistas que defienden el buen funcionamiento de los mercados cambiarios suelen preguntarse por la causa de tal preocupación. Si el mecanismo automático funciona adecuadamente, cualquier faltante futuro de dólares será corregido por el movimiento cambiario correspondiente. Sin una falla concreta que impida este ajuste, todo debería ir bien. Como todos sabemos, ese ajuste requiere, para corregir el déficit actual, una devaluación “suficiente”.

 

Un efecto central del proceso de ajuste es el modo en que las empresas argentinas repagarán sus deudas. Concretamente, si hoy el sector privado toma crédito en dólares a un cambio relativamente barato, ¿cómo hará para devolver los dólares cuando éste sea más caro? La respuesta “de mercado” se basa en la presunción de racionalidad intertemporal: los agentes económicos planean eficientemente su plan de negocios considerando todas estas cuestiones.

 

Más aún, si los racionales inversores internacionales están prestando, ésta sería una señal inequívoca de que, como ellos querrán recuperar sus dólares, confían en el plan de negocios de las empresas locales. Más en general, lo que define la sustentabilidad (externa) es la devolución de las deudas (con el exterior), no el tipo de cambio flexible en sí. Todo lo que se necesita para evitar una crisis disruptiva es que se puedan pagar las deudas sin afectar el normal funcionamiento de la economía. Estamos descansando, finalmente, en el supuesto de plena racionalidad de los agentes privados.

 

Nótese que si extendemos el argumento de la racionalidad suficientemente, no se entiende la oposición de muchos analistas al déficit fiscal. Hoy el déficit está cubierto mayoritariamente por deudores externos del sector privado (y no por instituciones oficiales como el FMI). Se podría aducir que estos inversores internacionales son expertos y que deberían saber perfectamente lo que hacen. El déficit, mientras sea financiado por entidades privadas racionales del exterior, debería considerarse perfectamente sostenible.

 

Por supuesto, estoy tratando de llevar el argumento al absurdo. Que los inversores internacionales financien nuestro déficit externo no necesariamente representa una señal de sostenibilidad porque, básicamente, los mercados externos no son ni pueden ser enteramente racionales cuando se trata de evaluar la sostenibilidad de mediano plazo de una economía. Y esto vale tanto para el déficit fiscal como para el déficit en cuenta corriente. Esa es la “falla de mercado” que los defensores del mercado piden, y que debemos tener muy en cuenta para no volver a cometer errores del pasado.

 

En junio del año 2009, tres especialistas del Banco de Grecia publicaron un artículo preguntándose por la sustentabilidad externa de este país, que como todos saben estaba a punto de caer en la crisis más aguda de su historia. Usando modernas técnicas de “redes neuronales” llegaron a la incauta conclusión de que el déficit era, después de todo, sustentable (la excusa de que el déficit fiscal del país heleno “era trucho” aquí no vale, porque el déficit externo sí estaba bien medido, y éste es la suma de los déficits privado y público). Reinterpretando arbitrariamente los datos y asumiendo supuestos poco realistas, estos analistas terminaron tapando el sol con la mano. No nos autoengañemos haciendo lo mismo.

 

 

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