Insertarnos maduramente

El Presidente lanzó una invitación a los empresarios para que inviertan en nuestro sector primario y expresó allí su convicción programática: desarrollar la economía y la sociedad, para él, es incrementar la explotación de nuestros recursos

 

Por Carlos Leyba 

 

El Presidente, en Davos, además de describir lo que el entiende un éxito de sus políticas (más entusiasmo que objetividad) e inventariar nuestra disponibilidad de recursos naturales, lanzó una invitación a los empresarios para que inviertan, en Argentina, a fin de, esencialmente, explotar nuestro sector primario y también participar en las obras de infraestructura.
Su visión

 

Expresó allí su convicción programática: desarrollar la economía y la sociedad, para él, es, esencialmente, incrementar las inversiones destinadas a la explotación de nuestros recursos naturales.

 

Es el mismo discurso dominante en los últimos 40 años, más allá de las declamaciones K, cuyo fracaso lo demuestra el escándalo deficitario de nuestra balanza comercial industrial y sus consecuencias de “economía para la deuda”. Ejemplo, importamos el 70% de los automotores vendidos en 2017 y del 30% restante la mayoría de las partes que los integran son importadas.

 

La visión de Macri -que es la “opción por la primarización”- , compartida por los formadores de opinión, exalta el supuesto que el progreso de Argentina de las últimas décadas del Siglo XIX y las primeras del Siglo XX, se habría basado en el desarrollo excluyente de granos y carne y que ese hubiera sido el “pensamiento único” de aquellos hombres. Importa aclararlo porque el alegato histórico, falso, se utiliza para fundamentar una propuesta de futuro equivocada. Veamos.

 

Por un lado, Carlos Pellegrini  acuñó el lema “sin industria, no hay Nación”. Esa afirmación es cantera inagotable y verdad de una vigencia extraordinaria.

 

Quizá la prueba más contundente de su vigor es que 100 años después, sin estructura industrial exportadora, no hemos constituido aún una verdadera Nación. ¿Por qué?

 

Más del 30% de los habitantes están excluidos del presente y, por ahora, condenados a un futuro igual o peor.

 

Gran parte del territorio está vacío, abandonado en enorme proporción, ahora con el riesgo de convertirse en un damero de enclaves.

 

Los que cohabitamos el territorio ocupado y que nos sentimos incluidos no sólo no tenemos un “proyecto de vida en común” sino que estamos ante el abismo de una grieta que se ensancha y que ahora “el pensamiento oficialis
ta” lo incluye al Papa Francisco.

 

Pensar la industria

 

El desarrollo industrial, obviamente, no produce mágicamente un cambio tal que por lograrlo pasemos a “ser Nación”. Pero sin desarrollo industrial, que es la transformación de esta estructura productiva, la Nación verdadera es inviable. El desarrollo industrial obliga a pensar y ejecutar un proyecto de vida en común y el de la industria es el camino de mayor potencial de inclusión social y de integración territorial. Mientras transcurrimos el camino de industrialización, avanzamos. Y el aborto forzado hace 40 años, abandono prematuro, de esa estrategia nos ha sumido en el estancamiento y la desintegración.

 

Después de Pellegrini, en el Censo 1914 la “oligarquía ganadera” decía “el censo de las industrias pone de manifiesto (…) muchos prejuicios fundados en teorías económicas utópicas, que hicieron su época, y dogmática y erróneamente aplicadas al continente americano, en virtud de las cuáles se negaron a este país aptitudes para las industrias que no fueran la recolección de materias primas que servirían para alimentar el trabajo de fábricas europeas (…) estando estos países en el primer período de civilización (…)  industrias ganadera y agrícola, según decían, debían permanecer en él por varias centurias (…). Pero aquella economía cosmopolita, que pretendió dividir a la humanidad en pueblos superiores aptos para la industria, por el hecho de poseerla, y pueblos inferiores, en evolución, por ser exclusivamente ganaderos y agrícolas, ha tenido el más formidable fracaso”.

 

Hace un siglo, la “oligarquía ganadera” tenía claro qué significaba el desarrollo de la industria y qué las ideologías de la “necesaria e inevitable especialización” que hoy predica el Presidente para invitar a los empresarios del mundo.

 

El Censo de 1914 celebraba la producción nacional del 71,3% del consumo de manufacturas. Escasa distancia tecnológica.

 

El camino reciente

 

En los últimos 40 años, al amparo de la doctrina que suscribe Macri, la distancia tecnológica se amplió. Las industrias fueron sometidas  a aperturas destempladas, atraso cambiario, ausencia de incentivos financieros y fiscales. Incentivos que sí estuvieron y están presentes en todos los países industriales.

 

Mientras hablaba Macri, se concretaba un ejemplo de lo que pueden las políticas públicas, cuando tienen continuidad y soporte competitivo adecuado, en actividades de frontera tecnológica. El INVAP, empresa estatal de Río Negro, nacida del proyecto (¿locura de la década del 50?) CONEA, acababa de ganar (otra vez) una licitación en Holanda  (compitiendo con Francia y Corea del Sur) para la construcción de un reactor científico. No es el único, pero es el ejemplo del día. Un estupendo contraste.

 

¿Hubiera podido Macri procurar un masivo arribo de empresas industriales, abarcando toda la cadena de valor hasta llegar al perfil industrial exportador? Lamentablemente, No.

 

Argentina –desde mucho antes de Macri– carece de los incentivos habituales que, para la industria, ofrecen todos los países en el proceso de desarrollo industrial. Sin zanahoria no hay industria, que es enterrar capital.

 

Los instrumentos

 

No hay incentivos financieros (¿Lebac industrial?) y no hay incentivos fiscales (¿qué renta industrial exenta?).

 

Las preguntas entre paréntesis no encierran una recomendación sino que ponen al desnudo lo que, aquí y ahora, se premia.

 

Esta visión infantil de la economía (40 años) ha provocado que el excedente (U$S 400.000 millones fuera del sistema) no se invierta en actividades productivas y que los dólares que arriban vayan o a la bicicleta financiera o a deuda tomada por los gobiernos.

 

Somos un paraíso financiero celebrado por formadores de opinión que destacan “la confianza” que la timba argentina genera en “los mercados”.

 

Nada nuevo en el discurso en Davos. El Gobierno “busca inversiones” para las actividades en que las “ventajas” son naturales y evidentes (agro, minería, sol y viento) y en las que las necesidades obligan (o justifican) a “premios concesionales” como lo son, por ejemplo, las obras de infraestructura y la explotación petrolera cuyos costos el ministro del área desconoce (sic) y cuyos precios graciosamente ha liberado. Además de las ventajas “naturales” gozamos de una superior productividad agropecuaria nacida de lo “mucho que hemos producido” (teorema de Sande) a lo largo del tiempo y de lo mucho aprendido y desarrollado de una tradición criolla de trabajo (Juan Manuel de Rosas, “Manual Para Capataces” -circa 1830- y José Hernández, “Manual Para Mayordomos -circa 1870-) y se clonó en los que llegaron después.

 

Disponemos de riquezas mineras y la obligación de explotar racionalmente, respetando el ambiente, ecología de la naturaleza (permiso científico) y la ecología social en regiones en que salir del subdesarrollo no debe serlo sólo por un período transitorio hasta que se agota el recurso.

 

Sí, pero hay que tener en cuenta la dependencia que genera una economía especializada en la naturaleza, sometida a las fluctuaciones de los precios internacionales y además el hecho –poco comentado- que el propio Banco Mundial estimó, para 2005, que nuestro “capital natural” por habitante era de U$S 10.267 mientras que el de Nueva Zelanda alcanzaba U$S 52.000, U$S 40.000 el de Australia, U$S 19.000 el de Dinamarca y el de Chile. Seguramente, entonces, faltaba sumar Vaca Muerta, el sol y el viento. Pero –aún sumando esos bienes– no somos “la potencia natural” que imaginan los “especializadores”.

 

No son pocas las razones para escapar al camino excluyente de la especialización.

 

Más allá

 

La propuesta de Macri no es original y sigue siendo la propia de “políticas sin plan” y de renuncia voluntaria e ingenua a la política industrial. Tampoco es original en esto. Lo precedió Guido Di Tella que con frivolidad menemista dijo “la mejor política industrial es no tenerla”. Los resultados, conocidos.

 

La ética política de la ausencia de plan es, como mínimo, vidriosa y no tener política industrial es “original” en el concierto de las naciones, pero suicida.

 

Últimas ideas

 

¿Por qué es imprescindible el desarrollo de la industria? Para la ortodoxia todos los sectores tienen la misma capacidad de respuesta para la salud del tejido social. Sin embargo, es incontestable que el vigor de las economías hoy desarrolladas, cualquiera haya sido la época en las que iniciaron su camino de progreso de la productividad sistémica, comenzó o se desencadenó, a partir de la industria vigorosa como consecuencia de una política pública deliberada para lograrlo. A pesar de los hechos, los organismos multilaterales, los intelectuales que proliferan detrás del discurso de las empresas multinacionales, los lobby que presionan a partir de la OMC, etcétera, sostienen  que el desarrollo del sector primario (agro y/o minería) tiene el peso suficiente para generar el progreso de la productividad sistémica y los beneficios del progreso social colectivo. No hay experiencia alguna que lo avale.

 

Macri y el PRO deberían recordar que: “La industrialización fue la fuerza impulsora del rápido crecimiento del sur de Europa durante los años 50 y 60, y en el este y el sudeste de Asia desde la década de 1960”, como escribió Dani Rodrik. Y que  “si la economía japonesa hubiera adoptado la simple doctrina del libre comercio y especializarse en industria (intensiva en mano de obra) nunca hubiera quebrado el estancamiento y pobreza asiático”, según el ciceministro del MITI nipón.

 

Y también recordar: “Es prudencia que llegados a la cumbre  se patee la escalera que nos ha servido para trepar a fin de que otros queden privados de la posibilidad de alcanzarnos. En ello radica el secreto de la teoría de Adam Smith”, como dijera Federico List en “Sistema Nacional” de 1841.

 

Si recordamos y aceptamos todo lo que pasó en el mundo, nos podemos “insertar”…maduramente. De lo contrario …

Te puede interesar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *