¿Dejando atrás otra década perdida?

Casa Rosada gestión desiguales


 

 Por Gabriel Caamaño Gómez Consultora Ledesma

 

Si se cumplen las previsiones del último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) elaborado por el BCRA, el nivel de actividad de la economía argentina redondeará un alza de 2,7% anual en 2017 y el nivel de precios al consumidor, vía IPC GBA del INDEC, acumulará un incremento entre puntas de 21%. El primero estará cerca de 0,8 puntos porcentuales por debajo de la expectativa oficial explicitada en la Ley de Presupuesto 2017 y el segundo cuatro puntos arriba del límite superior del rango objetivo (12%-17%).

 

Varios balances

 

Ergo, en los últimos dos años el crecimiento acumulado por el PIB será sólo de 0,3% y el del nivel de precios al consumidor, cercano a 70%. Peor aún, en los últimos siete años (desde 2011) la economía local acumulará un crecimiento de su nivel de actividad de sólo 1,8%. Lo que implica un retroceso acumulado para el PIB per cápita, la medida más elemental de bienestar, del 4,7%. Un desempeño claramente desencantador.

 

Pero pongámoslo en términos de largo aliento. Hablemos en términos de décadas, que es como se discuten los procesos de desarrollo. Si esas previsiones se confirman, durante los últimos diez años (desde 2007 a 2017) el PIB per capita habría acumulado un incremento de sólo 4% (0,4% promedio anual) con una volatilidad para la tasa de crecimiento anual, medida vía coeficiente de variabilidad, de más de 1.000%. En tanto, durante idéntico período el nivel de precios al consumidor habría avanzado 905,4% (26% promedio anual).

 

Siguiendo también al REM del BCRA, el Tipo de Cambio Nominal (TCN) entre el peso y el dólar estadounidense y nuestro índice de TCN Multilateral acumularían durante esos diez años ajustes de 457% y 356%, respectivamente. Aun, a pesar de lo cual, el Tipo de Cambio Real Bilateral (TCRB) entre el peso y el dólar y el multilateral redondearían retrocesos de 34,3% y 36%, respectivamente.

 

En otras palabras, en los últimos diez años hemos asistido a una combinación tal de estancamiento y volatilidad macroeconómica en términos de PIB, tipos de cambio, nivel de precios y precios relativos que desde ningún punto de vista debería sorprendernos el franco deterioro experimentado durante el mismo período por las variables sociales y el nivel de bienestar general. Es el lamentable resultado esperado.

 

Pero aún, en términos relativos hemos retrocedido a pasos agigantados pues, durante ese mismo período y de acuerdo al Fondo Monetario Internacional (FMI), el PIB mundial acumularía un alza de 38% (3,3% promedio anual), lo que dejaría el PBI per capita mundial del 2017 más de 25% por encima del correspondiente a 2007. Es decir, un ritmo de crecimiento promedio anual de 2,3%. En tanto, el PIB per capita de América Latina y el Caribe, nuestra región de pertenencia, haría lo propio en 11,1% (1,1% promedio anual)

 

Una verdadera paradoja pues semejante involución macroeconómica se registró sin que se produjera ningún desastre natural y/o conflicto bélico de magnitud comparable y durante una década donde el contexto internacional nos fue claramente favorable. Como no lo había sido en los 100 años previos.

 

En particular, si se sostienen las condiciones actuales, nuestros términos de intercambio acumularían un alza de 23,4% entre puntas de dicha década, promediando un nivel 42,3% superior al registrado durante los diez años previos y casi 37% superior al promedio de los últimos 117 años. En tanto, la tasa de interés libre de riesgo a diez años promedió durante los últimos diez años un nivel de sólo 2,6% nominal anual en dólares, frente a un promedio histórico de 5,92% y un promedio para los diez años previos de 4,86%.

 

La estrategia

 

La pregunta que se cae de madura ante semejante paradoja macroeconómica es porque seguimos insistiendo con una estrategia expansiva por el lado del frente fiscal. O, al menos, tenemos tanto miedo de propiciar una con el signo opuesto. Y subrayamos lo de expansiva pues, durante todos esos años, el gasto primario del sector público nacional creció a un ritmo mayor que el producto, convirtiendo al gasto público en el único componente de la demanda interna que creció en forma ininterrumpida y dando pie a una trayectoria sostenida de incremento del peso del sector público y de la presión tributaria. Alcanzando ambos guarismos nuevos máximos históricos hacia el final de dicha década.

 

¿Cambiamos?

 

Si hay algo que parecería que el Gobierno de Mauricio Macri no va a lograr durante sus dos primeros años, aun a pesar de los ajustes aplicados en términos de tarifas y subsidios económicos, es redondear una reducción o, al menos, una estabilización del ratio gasto primario corriente versus PIB. O una reducción del déficit fiscal, primario y financiero, sin incluir ingresos extraordinarios derivados del blanqueo.

 

Al fin y al cabo, la persistencia del sesgo expansivo del frente fiscal en el contexto de un déficit fiscal históricamente alto es la principal inconsistencia del esquema de política económica local y la razón última de por qué la estabilización macroeconómica propiciada vía ajuste monetario en soledad está mostrando problemas de eficiencia y pérdida de sustentabilidad cada vez más evidentes.

 

¿Es que acaso seguimos insistiendo con el tirón de demanda como estrategia de crecimiento y desarrollo sustentable? Aún a pesar de que los últimos diez años, nos demuestran clara y cabalmente que dicha receta está, como mínimo, agotada.

 

Los primeros cien días de Macri se concentraron en la liberalización de buena parte de las restricciones que afectaban la cuenta corriente y la cuenta capital y financiera del balance de pagos local. Si bien se avanzó más en la segunda, que en la primera, ese accionar sumado a la apuesta por la corrección de precios relativos y la inversión despertaron la expectativa de que la dinámica iba a pasar ahora por el lado de la oferta.

 

Sin embargo, lo que siguió dio por tierra con buena parte de esas expectativas y la inversión productiva, local, ni extranjera reaccionó como se esperaba. Al punto tal, que muchos ya especulan con un nuevo intento de corregir precios relativos vía ajuste del TCN luego de las elecciones legislativas de octubre. Algo que la última década también se evidencia como contraproducente.

 

Apostar por la oferta como tractor no significa desentenderse de la demanda interna, en general y del consumo privado, en particular sino, por el contrario, generar las condiciones para que el crecimiento de los dos últimos sea resultado del dinamismo de la producción local, las exportaciones y la inversión productiva. En otras palabras, se trata nada más y nada menos de qué caballo poner a tirar de la carreta. El que usamos durante los últimos años no sólo no nos llevó a ningún lado sino que además nos hizo perder el tren.

 

La agenda

 

Dejar definitivamente atrás esa nueva década perdida en términos de desarrollo es nuestro mayor desafío como país de cara a lo que vendrá. El resto es coyuntura.

 

Pero para encarar consistentemente semejante tarea debemos retomar cuanto antes la consolidación fiscal y la agenda de reformas estructurales. Las últimas no pueden dejar a un lado la reforma integral del sistema tributario, la reasignación interjurisdidcional de responsabilidades de gasto público, la modificación de la coparticipación federal de impuestos, un replanteo profundo de la regulación laboral, una discusión a fondo de la sustentabilidad del sistema previsional y los pasos aún pendientes a nivel de apertura de la cuenta corriente.



Lee también: