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Los laberintos del crecimiento a largo plazo


21 de marzo, 2017

Mundo conectado globalización

 

E n una famosa y brillante obra, William Easterly, un experto en temas de desarrollo, describió las aventuras y desventuras de los economistas en la (elusiva) búsqueda de los factores que hacen crecer a los países. Allí, Easterly describe una tras otra las decepciones de las diferentes teorías aplicadas para lograr el catching up, es decir, que los países más pobres logren alcanzar el nivel de desarrollo de los más ricos. Durante la posguerra, gran parte del mundo experimentó lo que parecía una ola indetenible de crecimiento. Tanto economías desarrolladas como subdesarrolladas se expandían a tasas elevadísimas, dando lugar a una verdadera era de oro del crecimiento. Desde mediados de los ‘70, sin embargo, el crecimiento sostenido se tornó más dificultoso, y entre los ‘80 y el fin de milenio los países desarrollados crecieron en promedio más que los no desarrollados, incrementando la brecha de nivel de vida entre ambos. En parte, los 2000 revivieron la llama de la recuperación en varios países emergentes, empujados por la demanda de China, pero el sueño duró poco. Desde la crisis de 2007/2009, los caminos del crecimiento sostenido se han vuelto más y más brumosos. Europa, especialmente la periférica, no logra despegar; Estados Unidos crece “para adentro”; China desacelera y Brasil, líder del continente sudamericano, vive la mayor recesión de su historia.

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Hoy las fórmulas teóricas que se creían infalibles ya no funcionan. Financiamiento por parte de organismos internacionales, mejora de las instituciones, establecimiento de máximos de deuda, aplicación de políticas macro sustentables, apertura de la economía, eliminación de los déficit fiscales, y su contraria, generación de déficit fiscales sostenidos. Ninguna de estas políticas ha probado ser generalizable en la práctica, y todo apunta a que lo único que puede hacerse desde la política económica es evitar las crisis. Los detalles de implementación de estas supuestas políticas exitosas para el desarrollo tampoco han sido demasiado estudiados, de modo que en estas cuestiones estamos poco menos que ciegos.

 

Este estado de situación no es el mejor para Argentina. A los problemas autoinflingidos, debemos sumar un estado intelectual de perplejidad sobre qué hacer para retomar el sendero del desarrollo, y que afecta a casi todos los países del mundo. Para ser más precisos, tomemos por ejemplo el problema que tiene nuestro país con la determinación del tipo de cambio real. Suponiendo que es deseable contar con un tipo de cambio real elevado, un dilema típico que enfrenta Argentina es que ante una devaluación nominal los precios reaccionan exageradamente, erosionando las ganancias de competitividad. Es posible que la devaluación real solo pueda lograrse una vez que la economía esté estabilizada, y esto puede demorar un tiempo.

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Pero asumamos que resolvemos este dilema y alcanzamos el nivel de tipo de cambio que la teoría sugiere como el más adecuado. ¿Es esta la receta definitiva para crecer? La respuesta es que no estamos para nada seguros. El tipo de cambio competitivo opera más como un inhibidor de los riesgos de una crisis cambiaria que como la llave para el éxito económico. Si bien hay países que lograron el catching up ayudados por un tipo de cambio competitivo, éstos llevaron adelante también una gran variedad de políticas sectoriales, educativas y sociales, por lo que una moneda competitiva bien puede ser una condición necesaria, pero no suficiente, para la expansión sostenida.

 

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