¿Estamos frente un nuevo FMI?

21 de febrero, 2017

 

por Pablo Mira (*)

 

Solemos asociar al Fondo Monetario Internacional (FMI) con políticas de shock, con condicionalidades a las políticas económicas locales y con una obsesión por el ajuste fiscal. Pero, en los últimos años, el Departamento de Investigaciones del organismo, o al menos una parte de él, parece tomar distancia de la visión tradicional que caracterizó históricamente al mismo.

 

Primero fue el mea culpa respecto de su accionar en varios países. El FMI reconoció errores al propiciar la apertura irrestricta de la cuenta financiera en los países emergentes del mundo. Luego se reconocieron errores al respaldar la austeridad fiscal sostenida en los 80’s y los 90’s para países pobres. Y, más recientemente, el organismo se excusó por defender con uñas y dientes el proyecto de la eurozona y obligar a Grecia a un ajuste fiscal brutal en medio de una crisis terminal.

 

En los últimos tiempos, el cambio de orientación se ha profundizado. El organismo a cargo de Christine Lagarde se ha dedicado a estudiar temas que hasta hace poco podían considerarse sacrílegos. Repasemos algunos títulos típicos de los años recientes.

 

  • ¿Es tiempo de promover la infraestructura? Los efectos macroeconómicos de la inversión pública
  • Política fiscal y desigualdad de ingresos
  • Causas y consecuencias de la desigualdad de ingresos: una perspectiva global
  • Compartiendo los dividendos del crecimiento: análisis de la inequidad en Asia
  • Neoliberalismo, ¿sobrevendido?
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¿Quién hubiera imaginado, 20 o 30 años atrás, este giro inesperado en las investigaciones de uno de los organismos financieros más impopulares del mundo? De poco sirve preguntarnos si la razón es ideológica o simplemente refleja una búsqueda de la verdad científica por parte de los investigadores. Lo cierto es que está sucediendo.

 

El último hit progresista del Fondo lleva por título Políticas Macro-Estructurales y Desigualdad del Ingreso en Países en Desarrollo de Bajos Ingresos. El trabajo, que se centra en algunos países pobres de América Central y Africa, remarca que muchas políticas procrecimiento pueden tener efectos distributivos no triviales. Por ejemplo, se reconoce que mejor y más inversión en infraestructura puede estimular el crecimiento y también reducir la desigualdad. Otro aspecto estudiado es el efecto de las reformas financieras, que suelen exacerbar la inequidad cuando el acceso al sistema financiero se concentra en una pequeña porción de la población. Finalmente, también se advierte sobre las consecuencias de las políticas destinadas a inducir una mayor producción agrícola, que puede empeorar la distribución cuando el sector agricultor es grande y las ganancias de productividad se concentran en los sectores rurales más pudientes.

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El trabajo concluye que las medidas destinadas a fortalecer el crecimiento deben ir acompañadas por políticas que limiten los efectos distributivos adversos. Con una humildad y una apertura mental a las que hasta hace pocas décadas nos tenía desacostumbrados, el FMI admite que no hay recetas generales, y que las políticas deben aplicarse teniendo en cuenta las preferencias sociales del país de que se trate.

 

Aun cuando este artículo se refiere a los países de bajos ingresos, muchas de sus enseñanzas pueden aplicarse perfectamente a países de ingreso medio o medio- alto, grupo al que pertenece Argentina. Los estímulos a la producción agropecuaria y la liberalización financiera, por ejemplo, son políticas que se consideran favorecedoras del desarrollo, pero todos sabemos que, en el camino, sus efectos no benefician al conjunto de la sociedad de manera pareja, dando lugar a la reaparición de brechas distributivas.

(*) Economista

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