“Es heredero del más destacado linaje intelectual del derecho”



 

Patricio Nazareno es abogado y politólogo, con una maestría en la Universidad de Yale y un doctorado en curso en la misma casa de estudios norteamericana. Además, es profesor de derecho constitucional en la Universidad de San Andres, lugar donde hasta hace poco Carlos Rosenkrantz, ministro de la Corte Suprema de Justicia a partir de hoy, fue rector. “Fue mi profesor hace tiempo y después me tocó interactuar mucho con él académicamente –hemos mantenido posiciones enfrentadas muchas veces (si no la mayoría)– y no me siento incómodo si digo que es claramente brillante”, señala Nazareno en una entrevista con El Economista.

 

¿Cuál es el perfil de Carlos Rosenkrantz y qué significa que asuma en la Corte Suprema?

Rosenkrantz es, ante todo, un académico del derecho de una trayectoria descatadísima. Esto suele ser relacionado con su doctorado en la Universidad de Yale, a finales de los ochenta, y con su permanente participación en ámbitos académicos de producción y discusión del mejor nivel mundial, a partir de su posición de profesor visitante regular en la facultad de derecho de la Universidad de Nueva York, que lo mantuvo en interacción con los mejores filósofos del derecho y teóricos constitucionalistas. Pero más allá de esto, desde mi punto de vista, Rosenkrantz es heredero del más destacado linaje intelectual que la academia jurídica argentina produjo desde la segunda mitad del Siglo XX.

 

¿Cuál sería ese linaje?

Profesores como Ambrosio Gioja, Carlos Alchourrón, Eugenio Bulygin, Genaro Carrió, Ernesto Garzón Valdés, Carlos Nino, entre varios más, lograron una producción académica de un nivel tan alto que por primera vez los ojos del mundo se interesaron por la literatura jurídica argentina. Esas dos generaciones tuvieron, además —y a pesar de haber debido trabajar bajo la persecución política de la Revolución Argentina, la Triple-A y el Proceso de Reorganización Nacional—, la valentía y la visión necesarias para nutrir una prole que les sucediera, lo que implicaba reclutar a jóvenes talentosos, inspirarlos, y generarles las mejores condiciones para que se desarrollasen intelectualmente. Uno de los más importantes hacedores a este respecto fue el eximio profesor Nino, de quien tantas figuras actuales de la academia legal han sido discípulas, Rosenkrantz entre los primeros y más relevantes. Esta “escuela” ya le ha aportado dos grandes jueces a la Corte Suprema, Genaro Carrió (1983-85) y Jorge Bacqué (1985-90), y es interesante que un cuarto de siglo después otro jurista con el mismo ADN (en lo intelectual) llegue también a ocupar un sitial en el estrado mayor de la nación.

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¿Qué tipo de juez cree que va a ser Rosenkrantz?

Eso es bastante difícil de contestar. Es casi un clisé decir que esos cargos tan importantes son sensibles a la impronta que les da cada nuevo titular, pero también la oficina moldea a la persona. Y no es fácil pronosticar algo tan complejo a partir de la información con la que uno cuenta: Rosenkrantz no ha sido juez; sino académico, abogado liberal y ha tenido importantes responsabilidades en gestión universitaria. Este perfil es alentador por una razón en particular: es una verdad histórica comprobable que los más destacados jueces que han honrado a nuestra Corte Suprema han sido generalmente académicos de fuste. Si bien ha habido notables excepciones (como Enrique Petracchi o Carmen Argibay, recientemente), en la semblanza de la abrumadora mayoría de nuestros grandes jueces lo académico es una dimensión central, de lo que también hay importantes contraejemplos. Me gusta aventurar que la razón de ello es que una de las cualidades más deseadas en un buen juez es su potencia intelectual y su capacidad de pensamiento crítico; y Rosenkrantz las tiene en abundancia.

 

¿Cuáles son esas cualidades?

Rosenkrantz fue mi profesor hace tiempo y después me tocó interactuar mucho con él académicamente -donde hemos mantenido posiciones enfrentadas muchas veces (si no la mayoría)- y no me siento incómodo si digo que es claramente brillante. Sobresale del conjunto principalmente por poseer una inteligencia privilegiada, que se manifiesta en una asombrosa capacidad de comprensión de argumentos complejos en un rango de versatilidad muy amplio (desde planteos jurídicos en ocasiones de litigio, hasta densas propuestas de filosofía moral), en conjunto con una singular perspicacia para identificar problemas que pocos advierten y todavía menos pueden resolver.

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¿Cuáles cree que han sido sus contribuciones?

Sus contribuciones académicas suelen tener dos sellos distintivos: esa fineza conceptual y una osadía muy poco común por explorar y defender posiciones incómodas, contraintuitivas—tiene un temple, casi diría un sesgo, iconoclástico. Pero, a mi modo de ver, su principal virtud es que valora la discusión académica por lo que aporta en sí misma, como un medio para explorar un problema, para entenderlo mejor, para encontrar la mejor respuesta posible. Rosenkrantz nunca interviene en un debate desde el púlpito de su estatura académica, ni teme exponerse a perder en algún argumento: es un participante más; calificado, por cierto, pero en función de lo que dice, no de quién es.

 

¿Qué es lo mejor que esperaría de Rosenkrantz como juez?

Ser juez de la Corte Suprema es complicado. La sociedad y el sistema político llevan al tribunal cuestiones muy importantes que uno está obligado a decidir, pero al mismo tiempo te dejan con escasa legitimidad política para decidirlas: la gente no te eligió, con lo que tu legitimidad democrática es nula, y para peor tu puesto es casi vitalicio, lo que se tiene bajas credenciales republicanas. En ese contexto tan complejo, ¿qué tipo de persona sería un buen juez? Claramente ser muy inteligente es una condición deseable, pero esto es así para casi cualquier trabajo. Creo que un juez debe ser consciente de que no está allí para imponer su criterio a rajatabla, como si se tratase de un iluminado a quien la sociedad ha encumbrado como oráculo, sino para poner todo de sí y emplear todos los recursos para encontrar la mejor solución posible a estos problemas. Eso es lo más que la sociedad puede esperar de alguien en esa posición. Y me gustaría pensar que la forma de encarar problemas académicos que he apreciado de parte de Rosenkrantz, como modalidad de trabajo, es un rasgo que podría hacer de él un gran juez.

 






Diario EL ECONOMISTA

jueves 14 de noviembre, 2019
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