¿Qué podemos esperar en 2016?

8 de febrero, 2016

(Columna de Matías Carugati, economista jefe de Management & Fit)

A pocos meses de las elecciones, la política económica tuvo un giro importante, buscando resolver los desequilibrios acumulados en la etapa anterior. Devaluación, endurecimiento monetario y consolidación fiscal son tres patas de una estrategia destinada a mejorar los fundamentos macroeconómicos. ¿Estamos hablando de Argentina? Sí, pero también de la experiencia poselectoral típica en América Latina. Aún con las particularidades de nuestro caso, la historia refleja que no somos tan diferentes.

El punto de partida consiste en leer las acciones del Gobierno a través de la economía política. El Estado está en manos de un partido que busca maximizar el bienestar social (aplicando, dentro de las posibilidades, sus políticas preferidas) pero que también intenta mantenerse en el poder. Por eso, cuando el calendario se aproxima a las elecciones la política económica se relaja, buscando mejorar las probabilidades de reelección. El resultado no siempre es positivo para el gobernante de turno, tal como ejemplifica el caso argentino, pero lo que importa es que así como se intenta empujar la economía antes de los comicios, luego se pagan los costos. No hay almuerzos gratis.

En abril del año pasado utilizamos este punto de vista para conjeturar el escenario poselectoral. Lo que entonces era una posibilidad hoy es una certeza. Argentina, al igual que el caso promedio de América Latina (obtenido mediante un análisis exploratorio de 75 elecciones entre 1980 y 2014 para once economías relevantes de la región), comienza la etapa poselectoral con una devaluación, suba de las tasas de interés y ajuste fiscal.

Nuevamente resulta oportuno aprovechar la evidencia regional para formar expectativas respecto al futuro cercano. Concretamente, nos interesa responder a dos preguntas: (1) ¿Cuánto tiempo tarda en completarse el ajuste poselectoral? y (2) ¿Qué resultados podemos esperar?

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En el caso promedio, el ajuste no dura más de un año. La devaluación (real y en términos multilaterales) comienza dentro del trimestre posterior a la elección y toca un techo en el trimestre siguiente. En cuanto al frente monetario, la tasa de interés se incrementa antes de las elecciones (acaso para contener las presiones cambiarias, ya que también se observa pérdida de reservas), llega a un máximo al mes siguiente de los comicios y luego comienza a descender. En materia fiscal, el deterioro del resultado primario se revierte completamente un año después de las elecciones.

La devaluación (y la expectativa de que ocurra) se hace sentir sobre el nivel de precios. La tasa de inflación comienza a acelerarse inmediatamente después de los comicios hasta llegar a un pico a los cinco meses de conocido el resultado electoral. A partir de ahí, comienza a ceder, al punto tal que un año después de las elecciones la inflación se encuentra en un nivel inferior.

También se verifica un impacto negativo sobre el nivel de actividad. En el caso típico, el crecimiento antes de las elecciones (4%) se reduce 1,5 puntos. La desaceleración es temporaria ya que la actividad se resiente durante tres trimestres y luego comienza a recuperarse. De todas formas, se observa un sacrificio de casi 6% del PIB puesto que el crecimiento, una vez realizado el ajuste, no recupera el terreno perdido. Es interesante notar que la reacción difiere cuando analizamos las elecciones cuyo resultado fue un cambio de gobierno (como en el caso actual). En estas situaciones se parte de un ritmo de crecimiento algo menor y la desaceleración poselectoral durante el primer año es igual a la del caso promedio, pero en el segundo año la economía se expande a un ritmo más dinámico. Esto hace que el costo medido en términos del PIB sea inferior al promedio y podría hasta terminar siendo nulo si se extendiera el horizonte de tiempo.

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Resumiendo, la evidencia apunta a que el cambio de la política económica traería una recesión breve y una aceleración de la inflación seguida por una estabilización exitosa.

Los resultados son coherentes e intuitivos pero, para no pecar de optimistas, caben unos últimos comentarios. Primero, en nuestro análisis no distinguimos los ajustes desordenados de los encarados por el propio Gobierno. Uno tendería a pensar que estos últimos son menos costosos. Segundo, el punto de partida del caso actual es peor que el promedio regional, con lo cual el ajuste podría ser más profundo y prolongado, al igual que sus consecuencias. Tercero, al promediar elecciones en distintos años, no se distingue el impacto de la situación internacional sobre los resultados observados. Finalmente, en el caso típico los desequilibrios acumulados en la etapa preelectoral se resuelven, pero no hay que olvidarse que se trata de un promedio. Como tal, esconde sonoros éxitos y rotundos fracasos. Al ser superficial, nuestro análisis ofrece un pronóstico impreciso. Como tal, debería tomarse con cautela aunque, a grandes rasgos, sabemos hacia dónde nos dirigimos. No es poca cosa.

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