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¿Funciona el “ajuste fiscal expansivo”?


12 de febrero, 2016



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Un hecho que llama mucho la atención es la enorme brecha de opinión que existe acerca las consecuencias económicas de determinadas políticas entre los economistas académicos y el público general. Una investigación estima que las diferencias entre ambos grupos alcanza el 35%, y lo más sorprendente es que las disparidades son mayores en aquellos temas en los que los académicos consideran que hay mayor consenso [1].

Si bien es difícil establecer qué está consensuado y qué no, la teoría macroeconómica principal vigente hasta la crisis internacional de 2009 consideraba (1) que las recesiones eran cosa del pasado y (2) que, en el caso de una recesión provocada por una crisis de deuda, debe inducirse un ajuste fiscal para sortearla. La afirmación (1) quedó en ridículo con la gran recesión que soportó el planeta a fines de la década pasada, pero la afirmación (2) continúa siendo, para muchos, la solución adecuada a una recesión, sobre todo cuando su origen es una crisis de endeudamiento.

El dilema en estas circunstancias es claro. La economía debe mucho, de modo que los consumidores no gastan y los empresarios no invierten, ya que ambos desean desendeudarse. El gobierno, que en muchos países ya tenía una deuda elevada antes de la crisis, ve incrementar su exposición porque la recesión ralea la recaudación de impuestos, y porque el costo de los intereses se elevan. La solución ortodoxa ante esta disyuntiva es aplicar un ajuste fiscal con el objetivo de reducir la deuda pública y recrear la confianza de los inversores. Estas fueron las políticas aplicadas en las economías periféricas de Europa y en Brasil hace pocos años, dos enclaves sustantivos de la economía mundial.

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El resultado, sin embargo, no fue el esperado. La contracción fiscal redujo aun más la demanda, dando lugar a un círculo vicioso en las expectativas de consumidores e inversores, revisadas continuamente hacia abajo. El nivel de deuda tampoco acusó demasiados cambios, debido a que el ajuste público se volvió parcialmente en contra de las cuentas públicas por la caída de la recaudación en un contexto recesivo. Finalmente, como sucede en toda crisis, el desempleo se disparó y los indicadores sociales empeoraron con rapidez.

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Por supuesto, el hecho de que el ajuste fiscal “expansivo” no funcione no significa que la política opuesta sea efectiva en todos los casos. Además, el espacio con que cuentan algunos gobiernos para expandir el gasto público puede ser limitado. Pero lo que debe evitarse a toda costa es caer en dinámicas perversas que transformen el ajuste inicial en una crisis sin salida.

La situación comentada ilustra indirectamente las alternativas de la situación argentina presente. Es cierto que a la economía le ha costado crecer en los últimos cuatro años pero la razón, esta vez, dista de tener que ver con una crisis de deuda. Por lo tanto, si la respuesta al quedo en la actividad se concentra únicamente en recortar el déficit fiscal, corremos el riesgo de crear las condiciones para un ralentamiento aun mayor de la actividad económica y, consecuentemente, de la situación social.

[1] Ver Sapienza y Zingales (2014), http://goo.gl/Xdqoet.

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